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Luces
encendidas, mentes apagadas.
Rafael
Torres
Diarios del
Sigño XXI
27 de enero de
2010
Cuando no hay debate profundo y sereno, hay bronca, y el
asunto de las nucleares y sus detritus indesmayables y
peligrosísimos no iba a sustraerse a esa inclinación
patria por la bronca superficial, sino antes al
contrario. Además, habiendo dinero y alcaldes por medio,
la bronca ya no se circunscribe a detractores y
partidarios de lo nuclear, sus honras y sus pompas, sino
que se dirime en un todos contra todos en el que, como
es habitual, los partidos marcan la pauta de lo
incongruente. El gobierno, por su parte, atiza el fuego
prometiendo el oro y el moro a las aldeas que se dejen
convertir en basurales, y se frota las manos ante uno de
los efectos del guirigay que más conviene a sus
intereses electorales, el del agrio forcejeo en las
alturas del PP entre Arenas y Cospedal a cuenta de lo de
Yebra.
Las centrales nucleares producen una
energía bestial para satisfacer un consumo eléctrico
bestial. Es decir; irracional. Sólo para alimentar las
luces que dejamos encendidas estúpidamente por la noche
se necesita la producción de unas cuantas de esas
centrales, con cuyas excrecencias, luego, no sabemos qué
hacer. Con la mitad de la población y no digamos de
industria, España llega a consumir el doble de
electricidad que Alemania, pero en vez de considerar la
conveniencia de acabar de una vez con ese derroche en un
debate serio y abierto que persiga el bien general de la
nación y de las generaciones futuras, dejamos a los
alcaldes que decidan sobre el único dilema que ellos
ven: pillar o no pillar la millonada que se les ofrece
por convertir en cementerio de residuos eternos su
término municipal. Los alcaldes, claro, y quienes
participan de su híspida y dineraria visión de las
cosas, como si la resurrección del campo, de los
pueblos, pudiera llegar de la mano de la
miserabilización de sus tierras. Pan para hoy y hambre
para mañana, aunque, eso sí, con todas las luces
fungiendo insultantemente en la noche.
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