Deterioro salarial y distribución de la renta
Nacho Álvarez
Diagonal
8
de Febrero de 2010
El estallido de la crisis ha desencadenado un debate público sobre la necesidad
de un cambio de modelo productivo en la economía española. Tanto el Gobierno –a
través del proyecto de Ley de Economía Sostenible– como la patronal y las
grandes centrales sindicales han hecho públicas sus posiciones al respecto. Sin
embargo, hay un elemento que sigue sin estar en el centro del debate: la
necesidad de que el cambio en el modelo productivo se ancle a un nuevo patrón de
distribución de la renta y la riqueza.
Durante los últimos 15 años, el Producto Interior Bruto
(PIB) español ha crecido más de un 60%. Sin embargo, los
beneficios de dicho crecimiento han sido repartidos de
forma sumamente desigual. Mientras que las rentas del
capital experimentaban un crecimiento extraordinario
durante estos años, las rentas de los hogares
asalariados han permanecido prácticamente estancadas.
Según datos del Barómetro Social de España, entre 1999 y
2007 los beneficios empresariales experimentaron un
crecimiento (en términos reales, una vez descontada la
inflación) de casi el 50%. El valor de las acciones y
demás activos financieros aumentó un 90%, y el
patrimonio inmobiliario se revalorizó un 125%
aproximadamente. Durante este periodo el salario medio
apenas creció un 1%, la pensión media un 18% y la
prestación media por desempleo un 4%.
Mayor desigualdad
Como consecuencia de todo ello, el peso que los salarios
tienen en la renta nacional no ha hecho sino disminuir
durante la última década, pasando del 60% al 55%.
Paralelamente, el ratio entre el patrimonio medio del
25% de hogares más ricos y del 25% de hogares más pobres
pasó de 33,4 en 2002 a 41,0 en 2005. Este aumento
refleja el incremento de la desigualdad entre
asalariados y hogares cuyas rentas provienen en mayor
medida de activos financieros e inmobiliarios.
¿Cómo entender entonces que, en este contexto de
regresión social, el consumo privado haya actuado como
uno de los motores del crecimiento? Debido a que el
sostenimiento de los elevados ritmos de consumo se ha
asentado en un fuerte nivel de endeudamiento, así como
en una sostenida reducción del ahorro medio por hogar.
Pero también la deuda de los hogares esconde realidades
muy diversas: mientras que para el 40% de hogares de
menores ingresos la carga anual de esta deuda como
porcentaje de su renta es superior al 30%, para el 20%
de hogares más ricos apenas es del 10%. Es decir, que la
clase trabajadora ha experimentado el endeudamiento y el
desahorro como una imposición –fruto de la regresión
salarial– para sostener su nivel de consumo (en
particular, el acceso a la vivienda).
Además, la enorme creación de empleos entre 1996 y 2008
(con más de 500.000 empleos netos al año) no ha frenado
este vendaval de redistribución regresiva. La causa ha
sido la continua pérdida de derechos laborales y la
fuerte extensión de la precariedad. La masiva
proliferación de los contratos temporales, así como la
fuerte rotación en el puesto de trabajo, el progresivo
abaratamiento del despido y, en definitiva, la
desreglamentación del mercado laboral, han conllevado
crecientes dificultades de reivindicación y negociación
sindical y, con ello, un generalizado deterioro
salarial.
La llegada de la crisis ha evidenciado el fracaso
económico y social de este modelo productivo y
distributivo. Pero esto no ha impedido que sus efectos
golpeasen con mucha mayor intensidad a los hogares
asalariados que a las rentas del capital: se ha impuesto
la congelación salarial y se han perdido 1,4 millones de
puestos de trabajo entre 2008-2009; mientras tanto, la
bolsa española se ha revalorizado un 75% entre marzo y
diciembre de 2009. Este proceso de privatización de los
beneficios y socialización de las pérdidas no revierte
–al contrario, intensifica– el patrón de distribución de
la riqueza de estos últimos años.
Un verdadero cambio de modelo productivo exigiría un
nuevo patrón de distribución de la renta y la riqueza,
que introdujese un giro de 180 grados en la tendencia de
regresión social de estas últimas décadas. El resto son
meros brindis al sol que no se traducirán en una mejora
sustancial de las condiciones de vida de la mayoría
social.
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Nacho
Álvarez es Investigador del Departamento de Economía
Aplicada I, UCM.
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