Pero ese mismo gobierno, siempre en uso de sus
prerrogativas, permite “cerrar legalmente”
televisiones privadas para proteger los intereses de
los grandes del sector que necesitan fusionarse a
fin de compensar el descenso de la publicidad
ocasionado por la crisis y la caída de la audiencia
provocada por el rechazo de los ciudadanos ante la
orgía de la telebasura. Por fas o por nefas, el
Estado establece su equidistante” carta de ajuste” a
demanda de la “obediencia debida”. Las élites
gobernantes y sus poderosos patrocinadores ganan,
los ciudadanos que les han elegido pierden. Es la
dimensión de la ley como bandera de conveniencia.
¿Pero debe importarnos el cierre de las privadas ?
Surgieron en la etapa felipista, forzando la
normativa legal de entonces, con la justificación
estelar de ampliar el pluralismo informativo. Nacían
las televisiones privadas, extensiones de los grupos
de poder político-económicos en un marco donde sólo
existían parcos canales públicos, al servicio del
gobierno central, en el caso del TV1 y TV2, y de los
de las comunidades, en el de las autonómicas. Y
ahora que vienen mal dadas, tras ponerse de acuerdo
PP y PSOE en desbloquear los limites accionariales
de los paquetes extranjeros y quitar a las públicas
estatales el recurso publicitario, se repliegan en
fusiones estratégicas de a dos para capear la crisis
y no hacerse la competencia por el cada vez más
comprometido share. Con lo que tenemos a la
televisión de las mamachichos y líder de los
programas basura, la berlusconiana Telecinco, casada
con la muy zapateríl y profesional Cuatro, del Grupo
Prisa (Belén Esteban con Gabilondo), y la Sexta del
ex trotskista multimillonario Roures amancebada con
la ultraderechista Antena 3 del propietario de La
Razón (el Gran Wyoming con la caverna). Claro que
las tres casas editoriales de estos holdings
–Planeta, Mondadori y Santillana- están juntas en un
sólo cártel para explotar la Plataforma Digital del
libro electrónico, el meganegocio que viene.
Pero en esta ocasión no se oído a ningún Jeremías
denunciando el empobrecimiento “democrático” que esa
concentración televisiva auspiciada por los poderes
públicos supone para la libertad de expresión. Al
oligopolio de las públicas gubernamentales,
auténticos órganos de propaganda y sectarismo al
servicio de la nomenclatura en el poder, se suma
ahora el de las dos privadas resultantes del obsceno
ayuntamiento entre supuestos adversarios
ideológicos…y sin embargo amigos. Con la preocupante
derivada de que el consenso alcanzado en las cadenas
(de montaje de opinión pública) se transmitirá a los
restantes medios de comunicación, radios y diarios,
que controlan los grupos implicados. Todo ello, no
sólo con un evidente coste sobre el pluralismo
informativo (suponiendo que a eso se pueda llamar
“pluralismo”) que a ningún partido político parece
importar, sino con un inmediato y brutal recorte de
plantilla entre los trabajadores de las emisoras
afectadas. Brotes verdes donde los haya.
Por lo demás, el modelo que han seguido mamachichos
y gabilondos para la “reordenación” del mapa
televisivo es idéntico al utilizado por el sistema
financiero del que dependen económica y
financieramente y al que distinguen con su
obediencia debida. Con la única diferencia de que en
el caso del parné ha sido la gran banca la que ha
crecido a costa de absorber a las cajas de ahorro
(tienen obra social) en situación crítica por su
cleptómana política de créditos a promotores
inmobiliarios y amigos de la casa. Con lo que se
puede decir, sumadas ambas concentraciones, que es
el semio-capitalismo español el que se recicla para
refundarse, aún a costa de mostrar que la pluralidad
en la oferta de la industria del infoentretenimiento
no es más que un simulacro para tener entretenida a
la gente con el espantapájaros de un aparente
contraste de opiniones. En realidad, con las
fusiones en marcha, lo que ha nacido es un cartel
televisivo sometido al bipartidismo político
imperante, con dos grandes pulpitos de manipulación
de masas, uno en la órbita del PSOE y otro del PP (CCOO
y UGT son satélites de este holograma cognitivo).
El reparto, sin embargo, no ha sido fácil. Antes ha
tenido que correr mucha tinta extorsionadora, en
forma de incesantes revelaciones sobre el caso
Gürtel y destapes en pelota picada de la troupe de
“il cavaliere”. Hasta conseguir sentar a los capos
de cada familia en la mesa del armisticio y del
reparto. Un proceso que quedó sellado cuando se
logró ubicar al ex gerente del FMI Rodrigo Rato al
frente de Cajamadrid, la cuarta entidad financiera
de el país, y luego éste puso a su vera al ex
ministro socialista Virgilio Zapatero, rector de la
universidad de Alcalá, para entre ambos ya poder
completar el aguinaldo dando entrada en el
órgano-maná de la entidad a los “monaguillos” de la
parte contratante y a los liberados de los partidos
y sindicatos mayoritarios.
En la “carta de ajuste” de las privadas, como en la
“operación rescate” de la banca se ha seguido el
mismo modelo “Robín Hood al revés” (robar a los
pobres para dárselo a los ricos) con ayuda del
aparato del Estado (y no sólo del gobierno, porque
se necesita el nihil obstat del partido de la
oposición para sacar las leyes que aseguren su
éxito) : los recursos públicos se han puesto al
servicio de los beneficios privados mediante medidas
legales (que no legítimas) aprobadas por esos mismos
poderes públicos que dicen representar el interés
general. Si en el caso del sistema financiero el
sustancioso vaivén se hizo además para salvar a los
que habían cebado la crisis, en el tema de las
televisiones la dinámica no ha sido muy diferente,
mutatis mutandis. La fórmula mágica siempre es la
misma : que la crisis la paguen los perjudicados
para lucro de sus promotores.
Por eso cuando el mercado se da la vuelta y la tasa
de beneficios se invierte, jamás se actúa
“ajustando” la oferta a la menor demanda bajando
precios del producto. Al contrario, se mantienen
estos, subvencionándolos (automóvil), avalando
(dinero público para la banca), cambiando
unilateralmente las reglas del juego (Pacto de
Estabilidad en el caso de las ayudas estatales y
desregulación en el asunto de las televisiones
privadas en abierto), o presionando a la baja sobre
los costes laborales (reformas en derechos sociales,
congelación salarial, EREs, etc.) y los salarios
(por debajo de la media de la Unión Europea). Así,
siempre con la ayuda del Estado y los gobiernos, se
consigue el bochornoso espectáculo de que “la crisis
la paguen sus víctimas”, que nuestro dinero público
no se convierta en créditos al por menor o que las
casas bajen sus precios cuando el mercado
inmobiliario se ha desplomado y está a buen recaudo
en los balances manipulados de la banca a la espera
de mejores ocasiones para seguir con la orgía del
ladrillo.
Todo este loco proceso tiene un método, que en el
caso de la “carta de ajuste” arranca de la primera
legislatura. Primero se constituyo un “comité de
sabios”, entre los que se encontraba gente de buena
fe como el filósofo Emilio Lledó, para emitir un
informe que sirviera de referencia a un supuesto
proyecto de una televisión de servicio público y de
calidad. Luego se utilizó este trabajo académico
para justificar un generoso ERE contra el personal
del Ente, por eso del sobredimensionamiento de la
plantilla. Más tarde, ya “saneada” laboralmente la
emisora estatal, se aprobó una ley para controlar la
supuesta doble financiación en el medio público (vía
presupuesto y publicidad), lo que en sustancia
significaba quitar la financiación publicitaria para
dársela sólo a las privadas. Y finalmente se remató
la faena nombrando al más que octogenario ex
ministro de defensa de UCD, Alberto Oliart, al
frente de TVE. Y ahora, cuando aún y todo la Primera
Cadena mantiene el liderazgo de los Informativos, se
da luz verde a la concentración de la privadas en
una suerte de oligopolio entre demócratas de toda la
vida que va de Martín Villa (Grupo Prisa) a Alberto
Oliart (RTVE) pasando por el denostado Berlusconi.
Llegados a este punto, la pregunta sería por qué
debe preocuparnos la concentración de las
televisiones privadas si son mayoritariamente
telebasura con diferentes condimentos. La respuesta
parte de un ejerció de pragmatismo, o sea del
reconocimiento de que esos nuevos púlpitos son hoy
por hoy los primeros creadores de opinión pública
para justificar los atropellos que el poder tiene
programado para culminar su proyecto hegemónico.
Recordemos la cobertura sobre las supuestas armas de
destrucción masiva para justificar el ataque a Irak,
y de cómo la mayoría estadística del pueblo
norteamericano aprobó aquel crimen de Estado gracias
al potencial manipulador de los mass media. Podría y
debería ser de otra forma. Que los medios fueran
fuentes reales de información veraz (derecho
reconocido en el artículo 20 de la Constitución,
huero como tantos otros) capaces de contribuir a
crear conciencia de ciudadanía para actuar en
democracia. Pero no es así. Por eso la concentración
ahonda el peligro ya existente.
El cártel de las privadas (máxima expresión del
proteccionismo y de la in-competencia de mercado) en
marcha puede hacer fúnebremente monocorde los
mensajes en orden a la necesaria servidumbre
voluntaria y amenaza con inundar el espacio
cognitivo de loas a la energía nuclear y discursos
relativizando el peligro del calentamiento
climático, como nuevas estrategias de explotación.
Sería la institucionalización banal de la neolengua.
De “la falsa palabra” que decía Armand Robín en un
estudio ya clásico sobre la retórica del
totalitarismo soviético en la radio, una “dominación
cerebral” basada en que “al haber desaparecido los
hechos en beneficio de la propaganda, es la
propaganda la que se convierte en el hecho”.
¿Actuara el Tribunal de Defensa de la Competencia
ante esta concentración que reduce a la mitad el
espectro informativo en el sector de las
televisiones privadas ? ¿Revertirán los canales
opados sus licencias originales a la Administración
para que pueda ofertarlas a nuevos inversores
dispuestos a avanzar en la pluralidad ? Nada como
este rigodón de toma el dinero y corre para explicar
la profundidad y compenetración del cartel formado
entre partidos-medios de comunicación y garitos de
la pasta. De suyo, el repliegue de las televisiones
no es más que su refundación estratégica, en
sintonía con la propia refundación acometida con
éxito por el sistema financiero del que las emisoras
privadas son voz, espejo, sombra y púlpito.
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