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Cementerios nucleares, movilizaciones ciudadanas y
composición político-cultural de los movimientos
sociales resistentes.
Salvador López Arnal
UCR
28 de Enero de
2010
Lo apuntó con acierto el médico antinuclear,
especializado en toxicología, farmacología,
radiobiología y neurobiología, Eduard Rodríguez Farré
[1]:
[…] Aún en el hipotético caso de
que la técnica de la transmutación llegase a funcionar
en un futuro, por el momento no previsible, no lograría
hacer desaparecer del todo los residuos radiactivos, por
lo que el problema permanecería, con distintas
dimensiones, y no evitaría la discusión sobre la
necesidad de tener que construir un cementerio nuclear.
Recientemente, Carlos Bravo, responsable de la campaña
de energía de Greenpeace, ha declarado que en materia de
residuos radiactivos no hay panaceas ni varitas mágicas.
“Hacemos un llamamiento a la responsabilidad de quienes
tratan de confundir a la opinión pública con soluciones
mágicas en materia de residuos radiactivos". Yo estoy
totalmente de acuerdo con él.
Ante esta situación, no es extraño que no haya consenso
social ni político para resolver este problema. Esto
explica, como decíamos, el fracaso de los sucesivos
planes de la Empresa Nacional de Residuos Radiactivos (ENRESA)
de implantar un cementerio nuclear de residuos de alta
actividad en España, el conocido como ATC (Almacén
Temporal Centralizado). Para mí, el verdadero consenso
pasa por establecer previamente un calendario de cierre
de las centrales nucleares.
No hay consenso social ni político.
Afortunadamente. La ciudadanía de muchos pueblos y
ciudades de España ha vuelto a ponerse en pie y ha
señalado claramente sus posiciones y deseos: no a la
instalación de cementerios nucleares, ni siquiera
intentando comprar voluntades, contando nuevamente
cuentos sin cuento ni moral a la población y explotando
sin piedad momentos de crisis, de dificultades e incluso
de desesperanza.
Jordi Siré [2] ha narrado magníficamente la
manifestación del domingo 24 de enero en Ascó, una
movilización que ha contado con la presencia de Andreu
Carranza, reconocido escritor (El que l'herbolària
sap. Barcelona: Planeta, 2002; L'hivern
del Tigre. Barcelona: Planeta, 2004, y La
impremta Babel. Barcelona: Columna, 2009) e hijo de
Joan Carranza, el primer alcalde democrático de Ascó.
Joan Carranza tuvo que abandonar del pueblo con su
familia por oponerse a la central atómica. “La
persecución de que fue objeto por las eléctricas y el
propio ayuntamiento cuando ya no era alcalde acabó con
su vida", cree Andreu Carranza. La historia fue la
siguiente:
Joan Carranza era el sastre de Ascó al final del
franquismo. Llegó entonces al pueblo tarraconense un
hombre que empezó a comprar terrenos. El caciquismo
franquista expandió un rumor interesado: una fábrica de
chocolate. Cuajó inicialmente. Pero pronto se supo la
verdad: las obras atómicas comenzaron sin permisos
legales.
Joan Carranza se movilizó con la ayuda del párroco
local, mossèn Miquel
[…] quien cada año conmemoraba el lanzamiento de las
bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki con un vía
crucis que acababa lanzando coronas de flores al Ebro
delante mismo de la planta.
La sala parroquial fue el primer lugar de encuentro de
los ciudadanos antinucleares que leyeron en Triunfo,
la inolvidable revista antifranquista,. las advertencias
de físicos y científicos comprometidos. Eran otros
tiempos. Sin duda.
Joan Carranza y el sacerdote insumiso crearon una
asociación para presentarse a las elecciones. Triunfaron
con mayoría holgada. Las fuerzas vivas del pueblo no se
lo perdonaron. Fue en 1979 su victoria electoral, dos
años después llegó el 23-F. Personas del pueblo de o
conducidas por la extrema derecha salieron de sus casas
con escopetas para liquidar a la familia Carranza,
quienes tuvieron que esconderse por las habitaciones de
su casa con escopetas de caza para defenderse. Les salvó
de una muerte segura Jaume de Grau, un hombre de
derechas que no era partidario del crimen político.
Las eléctricas actuaron como actúan actualmente:
convencieron con promesas falsarias y engaños en
entrevistas personales con los vecinos. Prometiendo el
oro y la plata: progreso y puestos de trabajo en tierras
donde escaseaban y escasean.
En los 70, ha señalado Andreu Carranza, “las
manifestaciones antinucleares estaban llenas de personas
de ideología libertaria de Barcelona. El domingo, los
presentes eran de aquí".
El cambio, desde luego, es muy importante pero la
memoria no ha acuñado bien ese registro del escritor
catalán: los antinucleares que nos manifestábamos contra
la nuclear de Ascó no érmaos sobre todo libertarios, sin
negar desde luego su importancia presencia. Éramos
muchos los militantes comunistas barceloneses (y de
otros lugares) que hacíamos todo lo que podíamos y un
poco más para echar una mano al movimiento. Lo habíamos
aprendido de los compañeros comunistas del CANC (Víctor
Ríos., Toni Domènech., Francisco Fernández Buey, Joan
Pallisé,..) y del ejemplo que una vez más nos daba aquel
filósofo marxista revolucionario comprometido llamado
Manuel Sacristán.
Jordi Siré finaliza su magnífico artículo con un
merecido homenaje:
Cuando la central empezó a
funcionar, la familia Carranza y otra media docena se
marcharon del pueblo. Mossèn Miquel fue retirado de su
parroquia por orden del obispo y acabó sus días enfermo
en un convento de monjas en Benicarló. Todavía no tienen
epitafio: su recuerdo perdura entre los antinucleares de
hoy.
Es cierto: todavía perdura en nuestro recuerdo. Es sal
que abona la tierra de la rebeldía antinuclear y del “no
nos moverán”.
Las eléctricas tiemblan: la ciudadanía quiere vivir, una
vez más, sin su permiso.
Notas:
[1] Eduard Rodríguez Farré et al, Casi todo lo que
usted desea sobre sobre los efectos de la energía
nuclear en la salud y el medio ambiente, El Viejo Topo,
Barcelona, 2008, pp. 243 y ss.
[2] Jordi Siré, “La fábrica de chocolate era… una
central atómica”. Público, 26 de enero de 2010, p. 16.
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