Coincido con los expertos del FMI: no
tengo ni idea de economía. La diferencia
es que mientras los más ciegos de la
plebe sufrimos durante años con la
visión de la gran burbuja a punto de
estallar como pesadilla de El Bosco, el
círculo poético del FMI, abrazado a las
farolas de Wall Street, lo pasaba pipa
confundiendo el extraño artilugio con la
luna llena. Así que no queda más remedio
que rendirse ante su imaginación para
afrontar la crisis. Se puede oír el
engranaje de estos think tank
como un ultrasonido de cirio en las
tinieblas. El crepitar de las mentes
fermentando las novedosas ideas.
¿Retrasar la jubilación? OK. ¿Abaratar
los despidos? ¡Hurra! ¿Reducir los
salarios? ¡Guau! Si la Gran Recesión ha
sido provocada por la inconsciencia de
los ricos, la única solución es que los
pobres echen una mano a esos locos. No
se les puede abandonar. Por un lado, hay
que entregarles el Estado (¡Qué asco!),
aunque no lo quieran. Esperanza Aguirre
es ultraliberal y cómo se sacrifica por
la Comunidad y por el Monte de Piedad.
Por otro, convencerlos de que se queden
con todo. El gran negocio son las
necesidades: la sanidad, la educación,
el agua, el día de descanso, la cárcel y
los cementerios. Se fragua una nueva
caridad rentable. No sé si tendrán algo
que ver con este espíritu de reforma los
términos de la inscripción de la
fundación Ancianos Solitarios Venidos a
Menos, que preside doña Leticia de
Borbón. Los fines son loables, pero
llama la atención una cláusula. La de la
atención prioritaria a quienes tuvieron
"una buena posición, con preferencia a
las personas de la condición social que
tuvo la extinta Excma. Sra. Marquesa de
Balboa". Esta pieza del realismo social
aparece en el BOE (25-1-2010). A los
pobres venidos a menos ya les dedicó
suficiente atención en arameo aquel rojo
del Sermón de la Montaña.