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Antes
rota que roja
Xavier Díez
El
Periódico
25
de Enero de 2010
Pasado más de un mes de las consultas independentistas,
un sonoro silencio se ha instalado entre los medios
españoles. Tras la irritada y previsible reacción de
algunos opinadores, no se ha iniciado un debate serio
sobre las posibles consecuencias de un proceso de
incierto resultado pero que cuestiona la actual
integridad territorial. De hecho, sí han sucedido cosas.
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Primera, lo que históricamente se ha denominado
problema catalán se ha
internacionalizado. Corresponsales extranjeros,
habitualmente influidos por la visión de la
prensa madrileña, han descubierto que el
independentismo no es algo anecdótico, radical o
folclórico, lo que ha variado la línea editorial
de sus respectivos medios. Segunda, se ha
normalizado como opción política transversal, no
mayoritaria, pero sí considerable (algunas
encuestas proyectan entre un 40% y un 55% de
votos favorables a la secesión en un hipotético
referendo) y se ha posibilitado que muchos
independentistas salgan del armario, sumándose a
personalidades de diferentes ámbitos
profesionales e ideológicos. Tercera, y la más
inquietante, España no tiene quien le escriba.
O, resolviendo esta críptica referencia a
García Márquez, no han aparecido defensores
de la unidad del Estado con argumentos sólidos. |

MARÍA TITOS |
Sí, columnistas y tertulianos enfurecidos, con
respuestas emocionales, u opinadores que, desde la
sorpresa, han respondido mediante la descalificación o
el desprecio. Esta perplejidad española se asemeja al
niño asustado ante lo desconocido que se tapa la cara
confiando en que así el peligro desaparecerá.
Meses atrás, la iniciativa de las consultas,
surgida en Arenys de Munt, se vio precedida por una
polémica. La justicia autorizó a Falange a manifestarse
en el mismo pueblo el día del referendo. Ello potenció
el éxito de participación, un 41% del censo. La mayoría
de catalanes, inequívocamente antifranquistas, se
preguntaban cómo era posible la existencia legal de un
grupo cuya trayectoria histórica está sembrada de
cadáveres y en cuyos principios persiste el uso
estratégico de la violencia para intimidar a la mayoría.
Y más cuando existe una ley que permite ilegalizar a las
organizaciones que no la condenen. Esta ausencia
argumental, más allá de insultos o amenazas, revela una
paradoja. El problema no radica en las tentaciones
soberanistas catalanas, sino en la ausencia de un
proyecto español sólido, atractivo o acogedor. Aún peor,
si Machado se refería poéticamente a las dos
Españas, se constata que, mientras una de ellas se halla
sepultada en una fosa anónima, la otra se ha apropiado
en exclusiva de la marca. Con esta realidad es difícil
convencer a algunos a permanecer en el club.
Sería fácil atribuir esta catarata de
desencuentros al Estatut y su inacabable culebrón
constitucional. Pero es necesario recordar que la
redacción del texto estatutario tiene su origen en la
necesidad de blindar la autonomía ante su continua
erosión por parte de las injerencias legislativas de las
Cortes. Estas, por su parte, responden a la voluntad,
deliberada o inconsciente, de considerar al Estado
autonómico como mera descentralización administrativa,
frente a la frustrada aspiración catalana de verse
reconocida como nación. En cierta manera, los años que
vivimos peligrosamente (2003-2006), en los que el
Parlament inicia la difícil tarea de cambiar su ley
máxima, las discusiones y polémicas vividas entonces,
con amenazas militares y excomulgaciones de la
Conferencia Episcopal incluidas, pusieron las bases de
un largo y doloroso proceso de distanciamiento en lo
político. También en lo emocional y lo económico,
propiciando lugares cada vez menos comunes. Si bien es
cierto que los separadores han trabajado con ahínco, los
silencios cómplices, las insensibilidades ante algo tan
delicado como los sentimientos colectivos, han hecho de
España un Estado frágil.
La oposición al Estatut podría explicarse como
respuesta agresiva ante la impugnación catalana de la
transición. En este proceso histórico hubo beneficiados
y frustrados. El franquismo reconvertido a la
democracia, la oposición sumisa al nuevo orden, los
grupos fácticos que jugaron sus cartas marcadas, fueron
los ganadores. Quienes pensaban que debían resolverse
las tres grandes asignaturas pendientes de España (la
necesidad de construir una cultura democrática, una
sociedad con mayor igualdad social y un encaje nacional
satisfactorio entre Estado y naciones periféricas)
acabaron decepcionados. Con el devenir de los años, en
especial durante el aznarato, hemos presenciado
retrocesos en estos ámbitos. El Estatut catalizó el
descontento y la disidencia ante las carencias de la
España actual. La virulenta reacción desatada trata de
recordar quien manda aquí.
Que para defender la unidad del Estado
aparezcan camisas azules, yugos y flechas o águilas
imperiales debería preocupar más a quienes no tienen
problemas con su identidad que a quienes desean apearse
del tren. La nación española camina desnuda, pues no
lleva ningún traje que la haga atractiva. Teniendo en
cuenta que el franquismo y la transición dieron buena
cuenta de la España roja, es normal que muchos deseen
romper un Estado que no les acepta tal como son.
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*Historiador
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