Juan Torres López
Ganas de Escribir 12 de Enero de 20109
Es
inevitable
que al
iniciarse
un nuevo
año nos
preguntamos
por lo
que
puede
depararnos
y parece
evidente
en ese
sentido
que lo
que
suceda
en
materia
económica
tendrá
mucho
que ver
con el
desarrollo
de la
crisis.
Pero no
es fácil
establecer
con
seguridad
lo que
puede
ocurrir
en los
próximos
meses
con una
crisis
que se
manifestó
con una
contundencia
devastadora
y que,
sin
embargo,
ha dado
señales
de ir
amainando
con
rapidez
para
muchos
inusitada.
En mi
opinión,
las
claves
para
tratar
de
predecir
el
futuro
económico
inmediato
se
encuentran
en el
tipo de
mal que
ha
afectado
a la
economía
mundial
y en lo
que
hasta
ahora se
ha hecho
y se ha
dejado
de hacer
para
enfrentarlo.
Lo que
ha
sucedido
parece
que está
bien
claro.
Las
desigualdades
y la
desregulación
financiera
crearon
un caldo
de
cultivo
que ha
terminado
por
producir
una
bancarrota
bancaria
prácticamente
generalizada,
de la
cual se
derivó
una
letal
escasez
de
financiación
que
frenó la
actividad
económica
y
destruyó
millones
de
empleos
en todo
el
mundo.
Lo que
se ha
hecho
frente a
ello no
ha sido
poco,
desde
luego,
pero
está por
ver si
es
suficiente.
La
masiva
intervención
gubernamental
en forma
de
nacionalizaciones
bancarias
y ayudas
de todo
tipo a
los
bancos,
de
gigantescas
inyecciones
de
liquidez
y de
masivos
planes
de gasto
público
ha
evitado
lo que
sin duda
hubiera
sido un
colapso
sin
precedentes
de la
economía
mundial
y el
inicio
de una
depresión
de
incalculables
consecuencias.
Tan
contundentes
y
amplias
han sido
esas
medidas
que, en
un
tiempo
verdaderamente
récord,
muchas
economías
han
vuelto a
registrar
tasas
positivas
de
crecimiento
o, al
menos,
han
frenado
su
caída.
Aunque
eso no
significa
ni mucho
menos
que
hayan
entrado
definitivamente
en la
senda de
la
recuperación.
La
cuestión
central
de la
que
depende
lo que
ocurra
en los
próximos
meses
radica
en saber
si el
efecto
que han
producido
estas
medidas
será
sostenido
durante
el
tiempo
suficiente
para que
la
actividad
se
restaure
tomando
ritmo
por sí
misma y
se
recupere
el
empleo.
Puestos
a
aventurar
escenarios
se
podría
pensar
que eso
es lo
que
pueda
ocurrir
casi con
toda
seguridad
en
Estados
Unidas,
donde
los
programas
de gasto
son más
potentes
y donde
tienen
un lapso
temporal
más
amplio.
Pero
que, por
el
contrario,
podrían
producirse
problemas
en
Europa
si
predominan
las
tesis
más
fundamentalistas
que ya
han
empezado
a
reclamar
que se
ponga
fin al
gasto
extraordinario
y se
vuelvan
a
disciplinar
los
presupuestos
públicos.
Pero,
incluso
a pesar
de que
las
autoridades
económicas
europeas
están
mostrando
mucho
menor
savoir
faire
frente a
la
crisis
que las
estadounidenses,
lo más
seguro
es que
la
tozudez
de los
hechos
les
obligue
a
renunciar
a sus
continuas
proclamas
y que
tengan
que
aceptar
que los
estados
sigan
apoyando
con
fuerza a
sus
economías.
Una
apresurada
y
errónea
confianza
en su
fortaleza
que
llevara
a poner
trabas a
este
apoyo
podría
traer
gravísimas
consecuencias,
sobre
todo,
para los
países
que,
como
señalaré
enseguida,
corren
el
riesgo
de no
poder
seguir
el
cambio
de
tendencia
de los
más
fuertes.
Pero si
las
intervenciones
masivas
han
evitado
el
colapso
y están
permitiendo
que las
economías
al menos
mantengan
el tipo,
sería
ingenuo
creer
que con
ellas se
han
hecho
desaparecer
los
factores
de
inestabilidad
y riesgo
sistémico
que
provocaron
la
crisis.
Hay que
tener en
cuenta,
por el
contrario,
que no
se han
adoptado
terapias
que eran
imprescindibles
y que
algunas
de las
medidas
aplicadas
tienen a
la larga
consecuencias
claramente
contraproducentes
que
quizá
comiencen
a
manifestarse
más
pronto
que
tarde.
No se
olvide,
sobre
todo,
que el
sistema
financiero
y
bancario
cuyo
irracional
y
perverso
modo de
funcionamiento
provocó
la
crisis
no se ha
reformado,
y que,
aunque
ahora se
esté
operando
con más
obligadas
cautelas,
lo
cierto
es que
no se
han
puesto
en
marcha
mecanismos
de
supervisión
y
control
acordes
con el
peligro
potencial
que
todavía
encierra
el
sistema.
En
realidad,
lo que
ha
provocado
el
principio
de que
había
que
actuar
porque
los
bancos
quebrados
o que
podían
quebrar
eran
demasiado
grandes
para
dejarlos
caer es
la
consolidación
de
bancos
aún más
grandes
pero,
por
tanto,
mucho
más
peligrosos
si, como
está
sucediendo,
se les
deja
actuar
bajo la
misma
lógica
de los
últimos
años.
Téngase
en
cuenta,
por
ejemplo,
que la
regulación
contable
adoptada
ha
servido
para
disimular
y no
poner en
claro la
situación
patrimonial
real de
los
bancos
(el
Fondo
Monetario
Internacional
estima
que la
mitad de
los 3
billones
de
dólares
de sus
perdidas
estimadas
-más
bien a
la baja-
no han
sido aún
reconocidas),
que no
se están
frenando
incipientes
burbujas
en
diversos
mercados
y que,
mientras
que la
economía
sigue
sin
financiación
bancaria,
los
bancos
más
potentes,
como los
grandes
españoles,
dedican
miles de
millones
a
especular
y a
comprar
entidades,
aumentando
su
dimensión
y
diversificando
su
balance
para
tratar
simplemente
de
consolidar
su poder
de
mercado.
No se
puede
descartar,
por
tanto,
que haya
brotes
renovados
de
crisis
bancarias
a lo
largo
del año.
Además,
y aunque
se han
apuntado
algunas
líneas
de
actuación,
no puede
decirse
que se
hayan
tomado
medidas
que
supongan
un
avance
sustancial
en la
reorientación
del
modelo
productivo.
En
ningún
caso,
las que
podrían
suponer
un freno
a la
financiarización
de las
economías
y a la
desigualdad
crecientes.
A la
vista de
cómo han
evolucionado
las
bolsas y
la
gestión
de los
patrimonios,
puede
decirse
más bien
lo
contrario:
la
crisis
está
sirviendo
para que
quienes
se hacen
ricos a
través
de la
especulación
financiera
lo sean
en aún
mayor
medida.
Por otro
lado,
las
imprescindibles
medidas
de gasto
que se
han
debido
adoptar
están
provocando
un
incremento
de la
deuda
global y
de la
liquidez
que
podrían
ser
materialmente
indigeribles
a corto
y medio
plazo si
la
economía
productiva
no se
pusiera
en
funcionamiento
rápidamente
con la
misma
aceleración.
A corto
plazo,
la deuda
que se
está
generando
es una
buena
fuente
de
ganancias
para los
ahorradores
y la
liquidez
ingente
agua de
mayo
para los
financieros
pero
puede
empezar
a
desbordarse
si la
producción
real no
responde
enseguida.
En ese
caso,
los
bancos
centrales
comenzarán
a elevar
los
tipos de
interés
(quizá
este
mismo
año)
poniendo
de nuevo
en jaque
al
capital
productivo,
pero si
la
situación
prosiguiera
solo una
inflación
galopante
o un
plan
militar
de
inusitado
alcance
podrían
echar
abajo el
soufflé
que se
está
cocinando.
Finalmente,
otras
recesiones,
incluso
de menor
intensidad
que la
actual,
ya han
puesto
de
manifiesto
que el
empleo
se
recupera
con un
considerable
retardo
respecto
al
crecimiento
y que su
efectos
inmediatos
y
subsiguientes
son de
una gran
desigualdad,
de modo
que casi
con toda
seguridad
las
economías
(incluida
la
española)
recuperarán
solo muy
lentamente
las
tasas de
ocupación,
si es
que
realmente
llegan a
mejorar
este
año, y
verán
aumentar
la
polarización
social.
Pero
posiblemente
el peor
problema
que
pudiera
darse en
2010,
además
de que
el ciclo
tomara
forma de
W y
volviera
a
ralentizarse
el
crecimiento,
es que
algunos
países
de las
periferias,
como
Grecia o
incluso
España
en la
Unión
Europea,
no
pudieran
seguir
la
dinámica
de
recuperación
y
entrasen
en
depresión
o vieran
empeorar
peligrosamente
sus
registros
macroeconómicos,
algo que
posiblemente
pueda o
no
descartarse
a tenor
de lo
que ya
haya
sucedido
y no se
ha
conocido
aún en
el
último
trimestre
de 2009.
Si esto
se
produjera,
estaríamos
ya
hablando
de un
año con
algo más
que
problemas
económicos.
---------------
Juan
Torres
es
catedrático
de
Economía
de la
Universidad
de
Sevilla.
Articulista
y autor
de
libros
como
"Toma el
dinero y
corre.
La
globalización
neoliberal
del
dinero y
las
finanzas",
"España
va bien
y el
mundo
tampoco"
y
"Desigualdad
y crisis
económica.
El
reparto
de la
tarta",
acaba de
publicar
"La
crisis
financiera.
Guía
para
entenderla
y
explicarla".
