María José Fariñas
Dulce
El Periódico
La práctica de la
laicidad es un
método para alcanzar
la convivencia entre
personas diferentes
Europa desarrolló durante siglos un proceso de secularización que ha ido dando lugar a la existencia de estructuras jurídico-políticas neutrales en materia de credos, es decir, estados que no se cerraban en torno a un sistema de ideas y principios de una vez por todas. Ahora parece que las declaraciones de algunos políticos europeos, así como la aprobación de algunas leyes, muestran una peligrosa tendencia a vincular de nuevo el Estado no ya solo a una determinada concepción religiosa, sino a unas concretas raíces étnicas.
En esta deriva confluye una regresión
nacionalista con una
regresión identitaria de
carácter étnico. Algo
que, por otra parte, no
es desconocido en
Europa. Reaparece, de
esta manera, una
concepción romántica del
nacionalismo, basada en
los lazos de sangre, en
el territorio, en la
etnia y en el manoseado
«espíritu del pueblo» o
la «identidad nacional».
El discurso y la acción
política de la nueva
derecha en la mayoría de
los países europeos
están poniendo en
práctica una estrategia
para fomentar la
homogeneidad
étnico-religiosa, lo que
representa una
inquietante amenaza para
la tradición democrática
y pluralista de Europa,
para sus ideales de
libertad e igualdad, así
como para la
credibilidad de la
universalidad de los
derechos humanos.
Se vuelve a oír hablar de las «raíces cristianas
de Europa» con un
discurso frentista
contra la cultura árabo-musulmana,
tras el que se encuentra
la intención de afirmar
la superioridad del
cristianismo sobre la
supuesta barbarie e
irracionalidad del islam.
Esto va unido a una
manipulación de los
sentimientos populares
mezclándolos con
resentimientos racistas
y xenófobos contra
inmigrantes y minorías
en general, abocados
injustamente a competir
por recursos tanto
públicos, como privados.
Estas y otras afirmaciones, así como la
aprobación de
vergonzosas leyes que
criminalizan al
«inmigrante irregular»,
como ha ocurrido en
Italia, van creando un
cierto estado de opinión
de hostilidad ante el
islam, especialmente en
los países que han sido
y son receptores de
inmigrantes musulmanes.
Esta hostilidad (islamofobia)
aparecería así como algo
natural, que
justificaría las
prácticas de
discriminación y
exclusión social contra
los musulmanes (aunque
se trate de ciudadanos
del país de acogida,
como en el caso de los
mal llamados inmigrantes
de segunda o tercera
generación), así como
las leyes
incriminatorias contra
los inmigrantes
irregulares, privados a
veces incluso legalmente
de todo derecho. Se
vuelve a caer en el
lenguaje maniqueo y
estigmatizador del
«inmigrante bueno»
(expresión que recuerda
a la del «buen padre de
familia» de los códigos
civiles decimonónicos) y
el «inmigrante malo», al
que obviamente nadie
quiere y se le convierte
en sospechoso de la
comisión de cualquier
acto delictivo.
Tras esto no solo hay
racismo, a veces
institucionalizado y
legalizado, y xenofobia,
sino también clasismo e,
incluso, machismo.
Estas no son las mejores condiciones para la
convivencia de todas las
posibles culturas. Si la
laicidad es un método
para alcanzar la
convivencia entre
diferentes, las
tendencias de
homogeneización, así
como de hostilidad,
hacia alguna cultura o
hacia algunas minorías
no solo no son un método
adecuado para la
convivencia, sino que
expresan un contenido
delictivo: la pulsión
racista y xenófoba que
además utiliza la
identidad, en este caso,
la defensa de la
identidad nacional, como
mercancía política.
La identidad cultural o religiosa no puede ni
debe separarse de las
condiciones políticas,
sociales y económicas de
las personas. No parece
correcto que una
autoridad del Gobierno
francés recomiende a los
jóvenes musulmanes,
inmigrantes de segunda o
tercera generación, pero
ciudadanos franceses, no
nos olvidemos, «que
busquen trabajo», «que
hablen correctamente»...
¿Y los jóvenes no
musulmanes, se presupone
positivamente que hacen
eso?
Estos debates tienen un objetivo claro,
consistente en que las
personas se olviden de
las consecuencias
fatales de la falta de
trabajo en nuestras
sociedades desarrolladas
(algo que sigue y
seguirá incrementándose
a causa del hecho
irreductible de la
externalización laboral
generada por la
globalización
económica), de las
restricciones de
derechos derivadas de la
privatización de
servicios públicos
esenciales como la
educación o la sanidad,
y de uno de los mayores
fallos del sistema
capitalista de
desarrollo y acumulación
incesante que es el
cambio climático por sus
desastrosas
consecuencias en la
agricultura, en la
generación de pobreza y
en los desplazamientos
masivos de población en
todo el mundo. Enfrentar
a las personas por su
identidad cultural,
étnica o religiosa desde
los discursos políticos,
frecuentemente con fines
electorales, demuestra
la incapacidad de la
acción política actual
para construir un tipo
de identidad cívica,
social y políticamente
abierta y, sobre todo,
la inoperancia para
generar expectativas
sociales y laborales
ante la incertidumbre de
la supervivencia
cotidiana.
------------------
María José Fariñas
Dulce es profesora
de Filosofía del
Derecho. Universidad
Carlos III.
