¿Existe el nacionalismo
español
Marcos Roitman Rosemann
La Jornada 14 de Marzo de 2009
Para un
sector destacado de la elite política española, la
Constitución de 1978 se aleja de cualquier nacionalismo
adjetivado como español. Para fundamentar este dogma,
arguyen el sentido inclusivo del concepto patria, donde
caben las diferencias regionales y se reconocen los derechos
de los pueblos que componen el Estado. La patria se presenta
como una realidad neutral-valorativa. De tal manera que un
vasco se debe sentir murciano, madrileño o catalán y un
madrileño identificarse como extremeño, andaluz, canario,
aragonés o navarro. Una sola patria, bajo una bandera, un
escudo y un sentimiento. La unidad de la nación entendida
como pueblo español. Sin duda éste fue el espíritu dominante
a la hora de redactar el artículo 2 de la Constitución
vigente. Para sus padres fundadores España expresa la
indisoluble unidad de la nación española, patria común e
indivisible de todos los españoles, y reconoce y garantiza
el derecho de autonomía de las nacionalidades y regiones que
la integran y la solidaridad entre todas ellas .
Mas allá de la
redacción, que permite al legislador interpretar de forma
conservadora o progresista su enunciado, tras de sí esconde
el principio sobre el cual se urdió el proyecto de una
monarquía parlamentaria. La idea de España excluye las
referencias a un gobierno republicano con estructura federal
en la organización del Estado. De esta forma renuncia a la
memoria histórica y a su propia conciencia de nación de
naciones.
Ernest Renan, en su
clásico ensayo ¿Qué es una nación?, define con
precisión lo que debemos entender por ésta: una alma, un
principio espiritual. Legado de recuerdos y consentimiento
actual, deseos de vivir juntos y voluntad de mantener
indivisa la herencia recibida. Antes que nada, es una
conciencia moral. No basta ni la raza, ni la lengua, ni
los intereses, ni la afinidad religiosa, ni la geografía, ni
las necesidades militares su organización territorial .
Pasado y presente en continuo cambio, las naciones no son de
una vez y para siempre, se redefinen. Pero esta visión no
está presente en la Constitución española. Se impuso una
perspectiva monolítica, descartándose alternativas futuras
abiertas a la contingencia.
El nacionalismo
español es fácilmente identificable. Cuando se producen
elecciones en Cataluña, Galicia o el País Vasco, se conjura
para propagar la existencia de un frente, el nacionalista
adjetivado como catalán, vasco, etcétera, versus el
bloque constitucional, representado por los partidos de
ámbito estatal. No de otra manera se entienden los pactos
entre el Partido Socialista Obrero Español y el Partido
Popular, a pesar de las distancias ideológicas que los
separan a la hora de proponer gobiernos en las comunidades
autónomas históricas. En Navarra prefirieron entregar el
poder a la derecha antes que gobernar con los partidos de
izquierda con propuestas federales de Estado.
Las
reivindicaciones federales y republicanas son presentadas
como disolutivas de la patria, y sus líderes, auténticos
demonios representantes de un proyecto rupturista. No
importa que sea Izquierda Unida, Convergencia Democrática de
Cataluña, el Partido Nacionalista Vasco o el Bloque Gallego,
todos caen en el mismo saco. La realidad emerge como
nacionalismos separatistas versus un bloque
defensor de la patria, la nación y el pueblo español. Se
trata de un nacionalismo invertido.
Para entender este
dislate hay que recordar los orígenes del nacionalismo
español. La defensa de la unidad patria y los principios del
reino se encuentran ligados al nacionalcatolicismo del siglo
XIX. Ideología que el franquismo hará suya más tarde.
Menéndez Pelayo fue taxativo al indicar en qué consistía la
unidad de la patria: España, evangelizadora de la mitad
del orbe, España martillo de herejes, luz de Trento, espada
de Roma, cuna de San Ignacio... ésta es nuestra grandeza y
nuestra unidad, no tenemos otra .
Así, el
nacionalismo español crece y se expande, Maeztu y Primo de
Rivera asumen los postulados en medio de la Guerra Civil.
Con la dictadura, se reprimen lenguas, culturas y
manifestaciones de identidad diferencial. Así, vascos
renegarán de su condición, para definirse españoles y
falangistas. Dos casos representativos; José María Areilza y
Fernando María Castiella son un buen ejemplo. El primero,
mano derecha de Fraga en los años 70. El segundo, un
profesor universitario de alta preparación, cuyos vínculos
con la Iglesia permitieron establecer los concordatos de
1953 con el Vaticano.
El nacionalismo
español se encubre bajo el manto de una España grande y
libre, patria indivisible donde se reconoce el pueblo. Con
estos mimbres en las cortes constituyentes, Unión de Centro
Democrático y el PSOE asumieron la propuesta franquista
maquillando el concepto. La monarquía constitucional era la
forma de recubrir su enunciado tradicionalista. Así, Alianza
Popular no tuvo inconveniente en adherirse al articulado. La
inclusión de las autonomías y los regionalismos hizo su
entrada por la puerta trasera. Contentaron a los partidos de
ámbito estatal, incluido el PCE, y se firmó el pacto. De
aquí el parche, cuyo acuerdo final consistió en pensar la
autonomía y el regionalismo como parte de la unidad patria.
De esta forma se salvaron los escollos, significando un
triunfo para la vieja Acción Católica representada en los
cuadros de Alianza Popular y el Opus Dei, motor importante
de las reformas económicas de los años 70. Era la
recomposición del nacionalcatolicismo.
La mayoría de los
dirigentes de la Unión de Centro Democrático, coalición
donde coexistían social-cristianos, liberales, falangistas y
monárquicos, apoyaron las tesis de la unidad patria,
defendida por su adalid Adolfo Suárez. El carácter
insaciable del nacionalcatolicismo se hizo carne en la nueva
Constitución. Julián Marías resume con esta frase su fuerza:
Probad discrepar en un punto, el más minúsculo, y veréis
cómo estas gentes cierran contra vosotros .
Para la oposición
antimonárquica y democrática, en algunos casos fuera del
proceso constituyente, y hoy cuasi marginal, proponer el
concepto rupturista de una España federal y republicana,
tejida como nación de naciones, ha sido descalificado. El
actual nacionalismo español es una realidad. Su existencia
permea la sociedad, desde concepciones culturales sobre el
inmigrante, la raza y el espíritu de la furia española
hasta los espacios territoriales donde las autonomías se
contemplan como meros enclaves administrativos,
impidiéndoles desarrollar el alma, su historia y su
conciencia.
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