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  No consiento que se hable mal de Franco en mi presencia. Juan  Carlos «El Rey»   

Valores vigentes

Macrino Suárez

La Nueva España 14 de abril de 2005

Los de siempre nos tildarán, una vez más, de nostálgicos por recordar esta fecha histórica y clamarán que pasamos nuestro tiempo añorando la II República. Nada más lejos de la realidad. Nuestra intención no es, ni ha sido nunca, rememorar nostálgicamente las realizaciones y proyectos de la II República. Eso ya es labor de historiadores. Nuestro objetivo no es instaurar ni restaurar -acción que es propia de las monarquías, que ni siquiera se sonrojan cuando tienen que acudir a la palanca militar para conseguirlo-. Nosotros lo que queremos es sentar las bases para construir una nueva república que sirva para superar las deficiencias de la democracia monárquica actual. Naturalmente, estamos orgullosos de nuestro pasado, pero lo que nos importa hoy es el mañana.

La superioridad de la república como forma de Estado es evidente, puesto que todos los cargos son electivos y comprendido el de jefe de Estado. El tópico generalizado, pero que asombrosamente utilizan también distinguidos constitucionalistas, es que la cuestión, por lo tanto fundamental, monarquía-república no tiene razón de ser, puesto que el Rey asegura las mismas funciones que tendría un presidente de la república. Lo que se callan es que al actual jefe de Estado lo designó Franco y al pueblo soberano no se le preguntó nunca si estaba de acuerdo o no. No está de más recordar el pensamiento político de uno de nuestros mas ilustres precursores, Flórez de Estrada, que decía que el soberano no es el Rey, sino el pueblo, y por lo tanto el papel de aquél debe limitarse a ejecutar lo que éste haya decidido.

Otro tópico es que la monarquía asegura mejor la continuidad y la estabilidad porque garantiza la sucesión. Sin entrar en detalles históricos bien conocidos, la sucesión monárquica ha provocado en nuestro país guerras civiles e intervenciones extranjeras, e incluso pérdidas de territorio nacional que aún perduran. Se dice frecuentemente que la república fracasó dos veces, pero lo que no se dice es que en el mismo período que va de la I a la II Repúblicas, la Monarquía se desmoronó seis veces. Un presidente de la República se elige por un período determinado y es responsable ante el Parlamento que lo eligió, y no como el Rey, al que constitucionalmente no se le puede exigir responsabilidades. Con la república, unas simples elecciones bastan para asegurar la sucesión, evitándose así el riesgo que supone el acceso a la Jefatura del Estado de príncipes herederos sin haber hecho muchos más méritos que ser hijos de sus padres.

Desde luego, la proclamación de la república tiene que ser el resultado de una toma de conciencia del pueblo sobre su superioridad para asegurar la democracia, y no como las dos veces anteriores en que fracasó.

Y en ese sentido queremos destacar, en esta fecha histórica, que esa conciencia popular puede fomentarse informándola sobre la vigencia de los valores republicanos que cada día se hacen más imprescindibles para superar problemas fundamentales que todavía siguen pendientes: la democratización de la vida política, gracias a una mayor participación de los ciudadanos hoy obstaculizada por la «partitocracia»; la organización territorial del Estado, todavía no consolidada y a la que cada día más no se le ve otra solución que la república federal; la injerencia creciente de la Iglesia católica en la política del Estado y, por lo tanto, de la vida privada de los ciudadanos; la necesidad de elevar el nivel educativo y cultural de los españoles, y el crecimiento de las desigualdades en el reparto de la riqueza creada.

En la construcción de esta nueva república los pilares han de ser la laicidad y la soberanía popular y los valores que hay que aplicar y desarrollar son los siempre perennes de libertad, igualdad y fraternidad. La laicidad concebida como lo que en realidad es, y no como sus detractores la presentan en nuestro país. La laicidad es un principio que consagra la separación efectiva entre las iglesias y el Estado. Cuando se respeta este principio, el Estado no ejerce ningún poder religioso y las iglesias ningún poder político. Significa únicamente bien delimitar la esfera pública y la esfera privada. No es un modelo anticlerical, puesto que todas las religiones pueden expresarse plenamente en el marco republicano. Es unificador, puesto que alcanza a todos los ciudadanos, mientras que las religiones son divisoras, puesto que clasifican a los individuos en fieles e infieles. La laicidad exige también una neutralidad absoluta de la escuela pública, dejando la enseñanza religiosa a la escuela privada o a ámbitos exteriores a la escuela pública.

Otra cosa es que la Iglesia católica, que ha venido desde siglos disfrutando del privilegio de catequizar en la escuela, quiera ahora, ante la fuerte progresión del laicismo, institucionalizar su presencia en la educación para por lo menos paliar los efectos de esa tendencia. En este sentido, nos sorprende la actitud ambigua del Gobierno actual ante este problema, impropia de un partido que se dice progresista, y que parece más bien actuar con una visión electoral a corto plazo, cuando debería, si fuese verdaderamente de izquierdas, tener objetivos bien definidos desde ya, sobre todo en temas tan fundamentales como la educación, aunque esto conlleve un coste electoral a corto plazo, puesto que se supone que un partido de izquierdas detenta el poder para transformar y no para conservar, que es lo propio de la derecha.

Respecto al segundo pilar, hay que decir que para que la soberanía popular sea real y no sólo formal, los ciudadanos deben estar en condiciones económico-sociales que les permitan ejercer ese derecho con absoluta igualdad e independencia, sin coacciones de ninguna clase.

Los valores republicanos, adaptados a la sociedad actual, darán un mayor contenido a nuestra democracia.

Libertad como sinónimo de responsabilidad cívica y que pueda ejercerse de forma autónoma, que libere al ciudadano de todos los poderes que la coartan.

Igualdad de oportunidades para que la diferencia social no sea un obstáculo para el desarrollo pleno de la persona.

Fraternidad en el sentido de solidaridad y especialmente de solidaridad social. Sobre todo, en unos tiempos en los que el pensamiento único predica que sólo el neoliberalismo económico puede asegurar el bienestar de los individuos, cuando la realidad nos muestra que nunca se generó tanta pobreza y tanta desigualdad como ahora.

Lo que los republicanos queremos es llevar a cabo una labor cívica de información que contribuya a que la opinión pública sepa lo que es la república y la necesidad de esta forma de Estado para asegurar una democracia integral.

También queremos aclarar que, como somos fundamentalmente demócratas, nuestra república es la que pueda asegurar la convivencia de todos y, por lo tanto, abierta a todos los ciudadanos y partidos que respeten el juego democrático: desde la derecha hasta la izquierda progresista. Y por eso nos oponemos a que la reivindicación de la república sirva de plataforma para quienes tienen como fin último establecer ya sea una dictadura del proletariado (que desgraciadamente siempre terminó en una explotación del proletariado) ya sea una dictadura de extrema derecha, por considerar que el franquismo no ha sido bastante fascista.


 

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