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VALORES REPUBLICANOS  Y VIRTUDES CÍVICAS

Madrid, 2 de abril. Encuentro de Movimientos Sociales

 

Víctor Manuel Casco Ruiz (UCR) 

Cada individuo, ocupado de sus negocios, de sus empresas, de los placeres que obtiene o espera obtener, no quiere ser distraído de todo esto más que momentáneamente y lo menos posible

Benjamin Constant, en 1819 en el Ateneo de París

 Han pasado 187 años, pero hoy podemos decir que el texto programático del liberalismo del siglo XIX, las consideraciones sobre la democracia representativa de Benjamin Constant, está plenamente vigente. Vivimos y participamos en una sociedad que se rige por los principios enunciados por Constant: la participación política se limita a una minoría, mientras que para el resto de la humanidad se intenta presentar como algo engorroso y sin interés. Para los ciudadanos existe el ocio, los placeres y el trabajo. El objetivo de la política se reduce a un medio para proteger la vida privada (Kymlicka y Norman) y los políticos, elegidos cada cuatro, cinco o seis años en el único momento participativo de la ciudadanía, tienen como único cometido resolver los problemas y hacer más fácil la vida de los ciudadanos para que se ocupen de sus negocios.

 Benjamin Constant defendía una democracia representativa sin virtudes cívicas frente a la república de la virtud y la democracia directa y deliberativa propuesta entre 1792 y 1794. Constant realiza todo un ejercicio teórico para desterrar toda referencia a la Democracia Jacobina de la Revolución Francesa que quiso levantar una sociedad sobre los valores de la libertad, la igualdad y la fraternidad, una república francesa donde el ejecutivo estaba sometido al legislativo y donde las leyes eran obra del pueblo. La ciudadanía participaba a través de los clubs revolucionarios, tomaba las riendas de las decisiones, cambiaba gobiernos y los sans-coulottes exigían el reparto de la riqueza. La ética era laica y el ejercicio del poder, colectivo. La República Jacobina es aborrecida por el liberal Constant que plantea que la libertad al modo de los antiguos (los griegos) es un error y que las bases deben ponerse en una sociedad que delegue su soberanía en unos pocos cuyo único cometido sea asegurar que los negocios privados de los hombres se desarrollen sin injerencias. La esfera privada es sagrada, por encima de la esfera pública. Los ciudadanos no quieren preocupaciones pues

 En la clase de libertad que nos corresponde a nosotros, ésta nos resultará más preciosa cuanto más tiempo libre para los asuntos privados nos deje el ejercicio de nuestros derechos políticos

 Estamos ante una sociedad del dinero y el comercio, censitaria y que, como dice Fernando Quesada, encubre la inmensa violencia ejercida sobre los individuos: durante los primeros decenios del siglo XIX nacen las grandes masas de parados, miles de personas desplazadas y excluidas, indigentes, al tiempo que se desarticula todo tejido social. La sociedad liberal que defiende Constant, la democracia sin valores cívicos, esconde una sociedad “que no es suficientemente rica en medio del exceso de riqueza” de unos pocos (Hegel, Filosofía del Derecho). 

Las opiniones de Constant no son gratuitas. Hay que desterrar de la memoria colectiva la experiencia revolucionaria francesa. La nueva sociedad liberal de mercaderes e industriales reorganiza sus instituciones y sus principios. En modo alguno la democracia radical y deliberativa puede ser compatible con una economía de mercado que excluía al 80% de la humanidad de sus beneficios y acrecentaba los barrios proletarios miserables, donde los hombres y mujeres no tienen más valor que como mercancía.

 El auge del movimiento obrero arrancará concesiones al capitalismo del siglo XX, especialmente tras la II Guerra Mundial, pero en todo caso la democracia siempre se ha pretendido vacía de contenidos, estimada como una concesión necesaria para el desarrollo de la economía de mercado. 

Tras el paréntesis de la sociedad del Estado del Bienestar, un paréntesis reducido al espacio norteamericano y europeo en todo caso, el neoliberalismo mira de nuevo al siglo XIX e impone criterios mercantiles, lenguaje publicitario y marketing a unas elecciones de los representantes concebidas como puntual expresión de la soberanía del pueblo y no como un momento clave en la vida democrática de un pueblo. Dicho de otra forma: la democracia representativa sin valores propios y la preeminencia de la esfera privada que defendiera Benjamin Constant es una plena realidad en nuestro mundo.

 En nuestro caso, añadimos además un problema: la experiencia modernizadora de la II República, que pretendía hacer laica la virtud, que planteaba virtudes terrenas, por emplear una expresión de Ortega y Gasset, fue truncada dramáticamente por un golpe de estado fascista que impuso 40 años de dictadura y nacionalcatolismo. Aquí no hay más moral que la de la Iglesia, no hay una moral ciudadana, una ética civil, unos valores laicos.

 

30 años después de la transición, las instituciones no han sido capaces de formular unos valores democráticos propios que sustituyan a la religión como fundamento del comportamiento colectivo e individual. Nos dotamos de leyes y de reglas, pero no hay virtudes ciudadanas. El peso de la tradición y de la Iglesia es abrumador y en un escenario global de vaciamiento de la democracia y conversión de ésta en algo intrascendente, no hay capacidad de convertir dicha democracia en una forma de vida y de comportamiento. No hay ni se pretende que haya virtudes públicas.

 Este es el estado de la cuestión y es aquí donde radica la importancia de plantear desde los colectivos y desde los movimientos republicanos unos valores propios, arraigados en la idea colectiva de democracia, desde el pleno convencimiento de que no basta con ser libre, sino que es preciso ejercerlo. 

TRANSICIÓN Y VALORES 

La transición de la dictadura a una democracia representativa y la inclusión de ésta dentro del marco europeo en plena conformación se hizo sin un proceso previo de ruptura con los valores previos y bajo los efectos traumáticos de 40 años no sólo de férrea dictadura, sino de represión masiva de todo aquel que no comulgase con la misma. Los primeros años fueron intensos en la elaboración de una ideología de la transición que aún hoy está presentes en el imaginario popular:

 

1.      Reconciliación nacional de los dos bandos sobre la premisa de condenar al olvido a las víctimas del franquismo. El pacto de silencio se impuso no por coacción, sino voluntariamente por parte de todos los actores que intervinieron en la Transición.

2.      Concepción de la Guerra Civil como un “desastre nacional” donde todos fuimos víctimas, el primer paso para evitar exigir responsabilidades a quienes en su momento se levantaron contra un régimen político legal y democrático.

 

3.      La monarquía española se presenta como artífice del tránsito pacífico a la democracia representativa y se presenta ante la ciudadanía como una institución que garantiza los derechos y deberes de los españoles. Las hagiografías sobre el papel central del Rey se acrecientan especialmente tras el intento golpista de Tejero sobre la base de una prensa que tiene prohibido “juzgar” o “cuestionar” a la familia real.

 

4.      La nueva democracia representativa deviene con el transcurso de los años en un régimen donde la participación ciudadana no es especialmente importante (no hablamos tanto de acudir a unas urnas como formar parte de organizaciones sociales, vecinales, de iniciativas populares...). De hecho, en esos años se desmantelan prácticamente todas las formas organizativas que habían ido creciendo bajo el franquismo para hacer frente a éste y que se diluyen en los partidos políticos. Movimientos como el rechazo a la entrada de España en la OTAN o el reciente movimiento antiglobalización ponen de manifiesto la debilidad de una sociedad absentista de los asuntos públicos.

 

El triunfo del neoliberalismo ha acrecentado este proceso de disolución de la democracia en un régimen representativo para una sociedad escasamente articulada. La construcción de la Unión Europea es un buen ejemplo de lo que se nos presenta:

 

-         Preeminencia del mercado, de la economía. La Unión Europea es en primer lugar la construcción de un mercado y de una moneda única y el campo de desregulación laboral y privatización de servicios.

 

-         Las instituciones políticas europeas toman un papel secundario, de hecho, ni siquiera responden a un sistema representativo pues quienes toman las decisiones son órganos donde la voluntad popular no participa y, si lo hace, de manera indirecta y secundaria. El Parlamento Europeo, único órgano elegido no por los gobiernos sino por los votantes, tiene una influencia limitada y parcial en los procesos económicos y políticos.

 

Joan Tafalla y Joaquín Miras han insistido con razón en los cambios profundos que se han producido en nuestras sociedades en términos de participación popular:

 

Si antes las fábricas eran hervideros de movilización e intercambio de información, espacio de encuentro de trabajadores, donde éstos analizaban, comentaban, actuaban e intervenían, hoy, en las fábricas posfordistas, los grandes centros de trabajo están atomizados, los trabajadores segmentados y el individualismo y la competitividad campan a sus anchas. Del mismo modo, los grandes partidos de masas que habían asegurado la participación de los hombres y mujeres en la política a través de sus estructuras hoy son inexistentes y todo se reduce a campañas de imagen y de marketing.

 

UNA DEMOCRACIA PRECARIA PARA UNA

 SOCIEDAD DE LA PRECARIEDAD

 

El modelo político que tenemos responde a los valores y principios que el neoliberalismo ha hecho hegemónicos desde hace 15 años.

 

Los valores neoliberales por excelencia se basan en la competitividad y el individualismo. La sociedad está compuesta por hombres y mujeres cuyo objetivo es progresar por ellos mismos y cuya meta, si son competentes, si no tienen escrúpulos, está en compartir los beneficios de una selecta minoría... dicho de otra forma, tú puedes ser rico.

 

Esta sociedad levanta sus propios fantasmas: los excluidos, los indigentes, los expulsados del paraíso terrenal del consumo están ahí para mostrarnos todos los días que nos espera si no progresamos en nuestro centro de trabajo. Los excluidos del mercado son “el otro” amenazante que nos hace aceptar cualquier trabajo en cualquier condición laboral.

 

La precariedad y la incertidumbre son la nota dominante en las relaciones laborales. La movilidad es un requisito indispensable para poder vivir. Ya no se puede tener un empleo fijo en un mismo sitio y rehacer así una familia. Hay que moverse, hay que cambiar continuamente de empleo. En un marco mayoritario de precariedad y con la presión de tu propio compañero de trabajo cualquier gesto de solidaridad de clase (una huelga) está mal visto pero puede conllevar tu condena y la no renovación del contrato.

 

Se cierra el círculo de la mercantilización de las ilusiones y las esperanzas para una sociedad profundamente individualista... Me queda el casthing puede ser una salida a un mundo de incertidumbre. La Política, esa gran apuesta de la Modernidad, ese paso de gigante dado por la Revolución Francesa, se reduce a evasión: los problemas centrales (las relaciones laborales, las relaciones entre pueblos, las relaciones democráticas) desaparecen de la escena en beneficio del espectáculo (el jersey a rayas de Evo Morales más importante que las bases populares de su triunfo o su programa, por no hablar de las implicaciones de nuestro país y “nuestra” multinacional repsol en la pobreza del país andino), los horizontes convertidos en eslogan.

 

Por mirar a Marx, hemos vuelto a la escisión entre el ciudadano y el hombre egoísta que debe competir en la selva laboral. La Sociedad Civil disuelta en individuos independientes y limitados así mismos. Las libertades son cercas que aislan a unos de otros. La segunda escisión es evidente: la Política se escinde de la realidad y para ello se requiere buenos actores, la política se concibe como ciencia reservada a unos pocos.

 

Vamos a resumirlo todo: el neoliberalismo y sus valores (competitividad e individualismo) no pueden consentir una sociedad organizada y unas estructuras políticas de amplia participación popular, pues lo colectivos y el discurso de lo público choca frontalmente con su modelo. Es en este panorama donde el problema de la democracia, o por mejor decir, el discurso democrático y los valores que lo acompañan, adquieren toda su fuerza no sólo como programa, sino como alternativa a la sociedad neoliberal.

 

El movimiento republicano, el sindicalismo de clase, las organizaciones sociales, el movimiento antiglobalización sitúan en el centro de la escena la necesidad de Democracia y de Valores Democráticos o Republicanos.

 

VIRTUDES REPUBLICANAS: Una apuesta por la Democracia plena

 

Valores o virtudes republicanas, sin ellos no es posible una democracia plena.

 

La Democracia o la República (para nosotros, palabras sinónimas) debe ser, ante todo, un régimen de participación colectiva y diaria de los hombres y mujeres, es una forma de vida. La República de la multitud, en palabras de Paolo Virno, es la reunión de los ciudadanos que quieren asumir su propio protagonismo, y no la reunión de un pueblo para delegar sus asuntos en el soberano (las Cortes).

 

La Democracia entendida como régimen de ciudadanos libres tiene sus propios valores: en la Revolución Francesa los ideales de Libertad, Fraternidad e Igualdad, los valores de lo público y los colectivo, la laicidad.

 

Dicha Democracia genera espacios públicos de discusión sobre los asuntos que nos atañe como ciudadanos: desde la gestión de nuestro municipio hasta los asuntos económicos. Especialmente importante es esto último: la economía no es una esfera separada de los hombres y regida por leyes científicas. El mercado no puede tomar decisiones, las toman los hombres y mujeres. Nosotros decidimos en qué se gasta, cómo se distribuye, cómo se recauda.

 

Nuestra República de ciudadanos y ciudadanas no puede erigirse sobre los pilares de la desigualdad económica, ni entre los ciudadanos de éste país ni entre la miseria global. En palabras de Maximilian Robespierre:

 

¡Que importa que la Ley rinda un homenaje hipócrita a la igualdad de derechos si la más imperiosa de todas las leyes, la necesidad, fuerza a la parte más sana y numerosa del pueblo a renunciar a ella

 

Y si hablamos de virtudes, de valores, de democracia, necesariamente debemos referirnos a la educación y la cultura. La II República española entendió desde el principio la necesidad de formar ciudadanos y de organizar una enseñanza laica en este país. También entendió el fascismo la importancia que la República de Maestros había concebido a la enseñanza y prácticamente desde el inicio de la insurrección se dictaron órdenes al respecto. El 19 de agosto de 1936 los alcaldes del bando fascista recibieron las órdenes de vigilar que la enseñanza se adecuase “a las conveniencias nacionales” y que se opusiesen a “toda manifestación de debilidad u orientación opuesta a la sana y patriótica virtud del Ejército y el pueblo español” (es decir, jerarquía, orden, sometimiento, disciplina...)

 

La enseñanza actual no forma ciudadanos. Pretende formar trabajadores, de guante blanco o de mono, pero trabajadores que salga al mercado. Se fomenta la competitividad, se quiere aislar a los alumnos en grupos y se intenta rebajar la participación democrática en la toma de decisiones. Las “virtudes” se reservan a las clases de religión, siendo muy celosa la Iglesia de sus prerrogativas y mirando con desconfianza a una alternativa que enseñe valores ciudadanos laicos. 

 

Y junto a la enseñanza, la práctica de los valores y virtudes republicanos en nuestra vida cotidiana es fundamental si queremos ir construyendo esa sociedad más justa.

 

En resumen:

 

Hasta el momento el término virtud está demasiado vinculado a la moral cristiana o católica, pero existe una virtud laica, unos valores laicos. El republicanismo pide que los ciudadanos se identifiquen con las leyes y las instituciones o que se dispongan a revocarlas si éstas no son justas. El republicanismo apuesta por ciudadanos identificados con leyes que son obra suya, no con pertenencias culturales, religiosas o territoriales. Los valores y virtudes que se propugnan son los siguientes:

 

-         Deliberación. Todo es objeto de debate y el ciudadano debe participar y deliberar sobre todos los asuntos que le atañen.

 

-         Libertad. No como concesión, sino como conquista. La libertad está presente en todo. No se nos puede presentar objetos que están por encima de la voluntad popular: la monarquía, en primer lugar, pero las propias leyes que se nos presentan (la Constitución en este caso) como normas eternas).

 

-         Igualdad. Igualdad en la ley e igualdad económica.

 

-         Fraternidad o Solidaridad. Lo más opuesto al individualismo. Hay una idea colectiva de pertenencia, hay una fraternidad entre ciudadanos y entre pueblos. La Fraternidad hoy debe impulsarse sobre la base del rechazo a toda forma de imperialismo.

 

-         Público. No sólo la apuesta por la gestión pública, sino por la existencia de espacios públicos de participación ciudadana y por una economía gestionada públicamente en beneficio de la mayoría, no una economía que rinde homenaje al beneficio por encima de los hombres y mujeres. La economía debe estar al servicio de los ciudadanos y no al revés.

 

-         Laicidad. La religión pertenece al espacio privado. Nuestra sociedad es laica, no anticlerical, pero sí laica.

 

-         Racionalidad y Austeridad.  Frente a la sociedad del consumo se propugna una sociedad consciente de los límites que impone la naturaleza y de la necesidad de actuar y vivir con austeridad y de gestión racional de los recursos.

 

Podemos poner encima de la mesa otras virtudes, como la responsabilidad, la justicia, la civilidad, la tolerancia... pero en todo caso desde el inicio se ha pretendido observar que la DEMOCRACIA PLENA, vivida intensamente, es la principal de las virtudes de un pueblo que debe organizarse y tener conciencia de que los derechos se conquistan permanentemente.

 

Un último apunte para republicanos fariseos o monárquicos avergonzados: las virtudes republicanas son incompatibles con la monarquía. Una “República Coronada” es un artificio publicitario para mantener un régimen incompatible con la mayoría de edad de la ciudadanía.

 

-         Un Rey “irresponsable” ante la Ley es incompatible con la plena igualdad.

-         Un Estado que se “hereda” por derecho de sangre es incompatible con la libertad, la participación democrática y no digamos con la limitación de la propiedad privada.

-         Una estructura del Estado, la Jefatura, que mantiene en el más absoluto silencio las cuentas económicas es incompatible con un régimen presidido por la transparencia.

-         Una familia que patrimonializa las propiedades del pueblo es incompatible con una defensa de lo público.

-         Un Rey al que no se puede cuestionar por ser un delito es incompatible con la libertad de expresión.

 Y en fin, que una monarquía basada en el derecho divino y en la transmisión por la sangre de la capacidad de gobernar (máxime habiendo bastantes dudas sobre la pureza de dicha sangre tras el paso por el trono de Carlos IV – acusado de impotente - Fernando VII – acusado de lo mismo- , Isabel II – acusado de todo lo contrario con todo el mundo -  y Alfonso XIII), es plenamente incompatible con la racionalidad y la sensatez. Ser Republicano es cuestión de inteligencia.     

 

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