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Correo
No
consiento que se hable mal de Franco en mi presencia.
Juan Carlos
«El Rey»
¡República!
De no
haber sido por el golpe militar de 18 de julio de 1936, la Niña cumpliría hoy
74 años. Desde entonces, los zigzags de la historia han venido a ratificar el
pronóstico de Manuel Azaña, en el sentido de que el futuro de la democracia en
España no iba a pasar por los hombres y las fórmulas políticas de aquella década.
La democracia parece asegurada en un régimen de monarquía parlamentaria y casi
nadie piensa en reactivar las tensiones que culminaron en la Guerra Civil.
A pesar de ello, el olvido de la República resulta excesivo. Según recordaba
hace poco el historiador Antonio Miguel Bernal, fue casi inmediata la pretensión
de los sublevados de borrar para siempre el régimen republicano y su memoria;
ya en agosto de 1936 un destacado colaborador de la sublevación, el militar del
cuerpo jurídico Felipe Acedo Colunga, advertía sobre la necesidad de hacer
tabla rasa con todo lo que evocara al periodo republicano. Con normas y con
actos el franquismo cumplió esa exigencia a rajatabla en sus cuatro décadas de
existencia política. Salvo la estatua de Castelar en la Castellana y algún que
otro superviviente por despiste o ignorancia en el callejero, los hombres y los
símbolos republicanos pasaron al inframundo, a ese mismo 'infierno' en que
quedaron recluidos los periódicos y libros demócratas y socialistas, cuando no
fueron pura y simplemente destruidos. Y como para Franco el Mal residía
originariamente en el liberalismo, ni Torrijos ni Mendizábal, ni siquiera
Olozaga y Espartero, se salvaron de la depuración. En su filme autobiográfico
Raza, Franco fijó la pauta a que respondería invariablemente la visión
oficial de su régimen: en cuanto proceso político, la República carecía de
existencia propia; era simplemente el marco dentro del cual se desarrollaron sin
obstáculo alguno las fuerzas destructoras que en una coyuntura apocalíptica
hicieron imprescindible la Cruzada. Por eso la quema de conventos se convirtió
en emblema y único protagonista de cinco años de vida de España.
La condena de la memoria republicana y obrera se mantuvo hasta las postrimerías
del régimen. Cuando ya hasta Lenin era editado, y por un montaje semiestatal,
escribir sobre un dirigente socialista llevaba al Tribunal de Orden Público. Lógicamente
no por el contenido, sino por lo que tenía de símbolo de una corriente política
proscrita. Al morir el dictador, las cosas cambiaron por un tiempo, pero muy
pronto la renuncia a la República -recordemos el célebre cambio de bandera en
el PCE- se convirtió en el precio a pagar por la conversión de la monarquía
de don Juan Carlos a la democracia. Por fin, ese precio se hizo aún más alto
al atribuirse al Rey el mérito de la desarticulación del 23-F. La bandera de
la República pasó a ser símbolo de desestabilización y únicamente el
innegable valor de sus escritores ha evitado que el revisionismo de la
historiografía postmoderna recuperase plenamente el juicio peyorativo
pronunciado antes por el franquismo.
En todo caso, la significación de la República tiende a ser minimizada por
contraste con la exaltación de un pasado monárquico al que se identifica
abusivamente con la esencia de la nación. Sirva de ejemplo el volumen colectivo
publicado por el Centro de Estudios Constitucionales con el título Símbolos de
España, que muy pronto recibirá el Premio Nacional de Historia. Dejando de
lado el interminable apartado heráldico, síntoma ya del arcaísmo del enfoque
adoptado, tanto en la historia de la bandera como en la del himno el componente
republicano resulta marginado y reducido a la esfera institucional.
Especialistas como Alberto Gil Novales recopilaron hace tiempo las distintas
letras del Himno de Riego, hay estudios sobre los intentos de cambio de himno en
la Segunda República, la Marsellesa intervino en momentos cruciales como himno,
con letras en castellano y en catalán, para expresar el sentimiento
republicano. Todo eso queda fuera de esta crónica oficial del Reino, y por
ello, si el lector desea conocer temas tales como la génesis de la bandera
tricolor, más vale acudir al estudio de Carlos Serrano, cuyo título -Señas de
una identidad conflictiva- es tan elocuente como el retrato a toda página de
don Juan Carlos que preside este galardonado libro. Las amputaciones, que
alcanzan también a los aspectos de la simbología nacional no
institucionalizados, indican que, para los realizadores de este estado de la
cuestión sobre los símbolos de España (en realidad, del Estado español), la
República constituye una desviación de la trayectoria central de nuestra
evolución histórica.
Ahora bien, el vacío republicano no es sólo observable en la literatura de
exaltación monárquica. En un medio más abierto a la sociedad como el cine,
apenas cabe apreciar la huella de la Segunda República en las producciones del
último cuarto de siglo. Es cierto que una de ellas, Belle époque, sitúa la
acción en el momento de cambio de régimen, en 1931, y por lo menos deja al público
un sabor optimista. Pero, más allá de ese clima, igual que sucediera con El año
de las luces, el telón de fondo histórico apenas incide sobre el despliegue de
la comedia. Además, los reaccionarios son inofensivos y hasta el cura tiene la
buena idea de suicidarse. Ni Segura ni Gomá siguieron ese camino. Alguna vez he
hecho referencia a otra falsa evocación republicana, la de Garci en Volver a
empezar, donde el buen exiliado con aire de Sender había sido antes del 36
admirador de Cole Porter y jugador de fútbol, sin seña política alguna. De
hecho, servía sólo para dar un 'viva el Rey' telefónico en una ciudad de Gijón
donde todo resto de republicanos o gente de izquierda había sido borrado. E
incluso cuando un autor como Carlos Saura insiste una y otra vez, desde ángulos
diversos, en sacar a la luz la violencia del franquismo, al hacerlo en tiempo de
guerra, o la República como tal está ausente, salvo como objeto de destrucción
(¡Ay, Carmela!), o es estimada peyorativamente, caso del guión de ¡Esa luz!
Salvo alguna contada excepción, del tipo de La lengua de las mariposas, de José
Luis Cuerda, únicamente las series y los reportajes sobre personalidades de la
cultura republicana, con García Lorca en primer plano, recuerdan al espectador
que la República fue algo más que un caos, prólogo de la Guerra Civil.
Fue mucho más que eso. La Segunda República marcó un paso decisivo en la
consideración de los españoles como ciudadanos de una democracia, y además,
al asociar cambio político y reformas sociales redistributivas, se situó en el
espacio de la modernidad desde el cual emerge la noción de ciudadanía social.
Ciertamente, no pudo controlar una conflictualidad muy intensa, común a otros
países europeos en la trágica coyuntura de los años treinta, pero incluso en
los momentos de mayor barbarie hubo prohombres republicanos y líderes obreros
que supieron oponer su grito de la razón a las fuerzas de la violencia
desencadenadas. Los nombres de Manuel Azaña, Fernando de los Ríos, Indalecio
Prieto, Juan Peiró, Melchor Rodríguez, entre otros, dejaron un legado
imborrable en medio de los desastres de la Guerra. La Segunda República
constituyó un ensayo de modernización de la sociedad y de la cultura españolas,
con aportaciones emblemáticas tales como la política de enseñanza, el
sufragio universal para ambos sexos, el divorcio, dentro de una vocación
general de cambio que explica el apoyo de los intelectuales y el brillante
desarrollo de una cultura asociada a los valores de la izquierda. Sin olvidar lo
que representa el título primero de la Constitución de 1931 como antecedente
del actual Estado de las autonomías. El desenlace fue trágico, como también
lo fue para otros países europeos de nuestro entorno; sólo que aquí la
victoria del fascismo se prolongó durante casi cuarenta años.
Por otra parte, tal y como ha explicado Philip Pettit, el republicanismo es hoy
algo que supera la simple defensa de una determinada forma de gobierno. Implica
la preferencia por un Estado pluralista, fundado en el ideal de no-dominación,
del cual resulta excluida toda posibilidad de interferencia arbitraria por parte
del Estado y donde la pluralidad de grupos y minorias étnicas sea atendida por
medio de un complejo de políticas destinadas a proteger la diferencia. Es muy
posible que las concesiones hacia la galería en el plano del imaginario monárquico,
cada vez más intensas en nuestro país, se queden en eso: en una simple
estrategia de poder de grupos e individuos con una nostalgia que calificaríamos
de vasallática. Ahora bien, debe asimismo quedar claro que sin la preeminencia
de los principios de isonomía y de igualdad ante la ley, y la exclusión de
todo privilegio arbitrario, el republicanismo vuelve a aparecer como opción política
necesaria.