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larepública 22 de abril de 2006
Han pasado 75 años, que se dice pronto, y la República, esa forma de gobierno que se instauró en 1931 a raíz de unas elecciones municipales, sigue siendo para las generaciones actuales una nebulosa de la que salió Franco. Todavía no se ha podido hablar a conciencia de aquella etapa, de los logros y del impulso que dio a la sociedad española, colocándola a la cabeza de Europa y en el panorama internacional. Esto hace suponer que la herida aún no se ha cerrado, que la cicatriz sigue abierta y que cuando se habla de ella, es como si se echara sal encima: escuece.
Parece mentira también que la condena, unánime, del Parlamento Europeo al régimen de Franco hace apenas unos días, haya pasado desapercibida en los medios de comunicación españoles, en unas columnas insignificantes, sin que se recoja con la importancia que tendría para nosotros y, por supuesto, sin conseguir aún que el Parlamento Español también lo condene. Mientras esto no se haga, la actitud ante la República seguirá siendo vergonzante y se darán armas a toda la derecha que durante años justificó el alzamiento del general Franco. La República cometió errores, sí, como todas las democracias actuales y pasadas, como todos los gobiernos de la humanidad, porque somos imperfectos. Pero no se justifican golpes de estado por los errores cometidos, y menos si tenemos en cuenta los logros de aquel sistema de gobierno, muchos de los cuales fueron asumidos en la transición y en la primera etapa de los gobiernos socialistas. La ley del divorcio, el aborto, la reforma del ejército, la gratuidad de la enseñanza, pública y laica, el derecho a un sistema sanitario, todo ello procede de entonces, de aquellos pocos años, del 31 al 36. ¿Por qué entonces ese miedo a hablar de ella? ¿Por qué el miedo a la condena pública de la dictadura de Franco? En otros países, Chile, Argentina, donde también hubo dictaduras sangrientas, aunque no tan duraderas, tanto la población como los gobiernos están en un proceso de revisión histórica, de condena pública y legal a Pinochet, a Videla y a una larga lista de militares y personas de la derecha más oscurantista y canalla que justificó el golpe. ¿Por qué aquí no? ¿Por qué seguimos desenterrando nuestros muertos de las fosas comunes en silencio, sin restituir su dignidad, sin conseguir remover de verdad la tierra?
Esta sociedad, para normalizarse, necesita condenar públicamente la dictadura de Franco, sus crímenes, sus exilios y atropellos, necesita limpiar las calles de estatuas y nombres, DE UNA VEZ POR TODAS. Entonces, cuando esto ocurra, dejaremos de hablar de derecha franquista, que es la que sigue dominando en el país, y hablaremos de derecha democrática, que es lo que este país necesita.
Esta sociedad necesita restituir, no sólo los valores republicanos, sino el derecho democrático a poder elegir nuestro Jefe de Estado, pese a que puede haber democracias muy avanzadas con monarquías parlamentarias, como Holanda, Suecia, Dinamarca etc.; y pese a que puede haber repúblicas bananeras con jefes de Estado que sean unos canallas. Pero el derecho a elegirlos y a destituirlos emana del pueblo, no debería ser hereditario.
Aparte de los valores republicanos, esta sociedad necesita restituir también, no sólo a las personas que en aquella época lucharon por ellos, sino, en la actualidad, a sus descendientes. ¿Dónde están los hijos y los nietos de tantas y tantas familias que se han esfumado para siempre de nuestra historia? La educación en la derrota de la mitad del país, lo mismo que la educación en la victoria de la otra mitad, todavía sigue estando presente. Muchos hijos de los victoriosos se han rebelado contra sus padres, alzando la voz e intentando colocar las cosas en su sitio. Pero a los hijos de la derrota les cuesta todavía levantar la voz, educados en no destacar, en pasar desapercibidos, en que nadie sepa lo que sabes o lo que piensas, en que no se te note mucho por si algún día vuelve la revancha. Se les puede conocer por su actitud, siempre callada, por la tristeza en sus ojos, por su sabiduría sin famas ni oropeles, tan en boga hoy en día, por su discreción, por no saltar a la palestra, por no ocupar cargos públicos. Muchos de ellos siguen fuera de nuestro país, pero otros muchos han vuelto, salvaguardando los valores republicanos, están entre nosotros, callados, pacientes, esperando, siempre esperando.
¿Hasta cuándo?
Carmen Peire