Félix Población
diariodelaire.blogspot.com
14 de Abril de
2005
Es descorazonador conmemorar un ideal en minoría, pero aún lo es más pasar
por alto su significado histórico en una España que pretendió en su nombre
acabar con la oligarquía y el caciquismo, esas dos lacras mayúsculas que
arrumbaron a nuestro país en la miseria, el atraso y la incuria cultural.
Con aquel alentador proyecto de regeneración fomentado por la España de la
idea acabó la España de la rabia. Pero aún hoy, en contados recordatorios,
hay quienes se empecinan cada 14 de Abril en que la Segunda República no
habite para siempre en el olvido. Para ellos va el texto que comento,
entresacado de los archivos más menudos de la Historia, a veces tan
reveladores.
No sé qué pensarán las jóvenes generaciones de futuros periodistas,
actualmente en la Universidad y a la espera quizá de un ambicioso ejercicio
profesional que colme sus apetencias vocacionales. Quizá los compromisos que
estipula el enunciado del pasquín que traigo a colación no sean los más
puntuables para colarse en las nóminas de cierto empresariado mediático,
cada vez más acuciado por rendir cuentas comerciales en sus negocios múltiples
y soslayar elementales principios deontológicos.
Puede incluso que hasta resulte de una candidez vergonzante sacarlo a la luz
en el actual contexto social, tan desarropado de valores cívicos. Ni en la
política ni en ese tipo de periodismo mercantilista apegado al poder
encontramos muy caracterizados los criterios éticos que deberían sustentar
tan fundamentales reflejos del espejo público de un país. Sólo basta con
haber frecuentado esos ámbitos durante un no corto periodo biográfico para
saber hasta qué punto distan de aquella filosofía republicana.
Tampoco primaban, desde luego, en los tiempos en que el que suscribe decidió
estudiar Periodismo y dedicarse al oficio con la fe del novicio. Entonces, sin
embargo, al término de la dictadura, era justo y necesario dejarse llevar por
los frescos vientos de una razonable utopía. Cabía esperar muchas cosas del
futuro porque en el presente faltaba la esencial, que era la libertad de
expresarse. Esa necesidad sin duda favoreció el efecto que tuvieron en mí
los llamados Mandamientos de la Ley Republicana, expurgados del viejo archivo
de un querido familiar exiliado, y que dotaron de sentido y horizonte los
primeros pasos de mi carrera profesional. Esto dicen y transcribo
literalmente:
El primero, amar a la Justicia sobre todas las cosas; el segundo, rendir culto
a la Dignidad; el tercero, vivir con honestidad; el cuarto, intervenir
rectamente en la vida política; el quinto, cultivar la inteligencia; el
sexto, propagar la instrucción; el séptimo, trabajar; el octavo, ahorrar; el
noveno, proteger al débil; el décimo, no procurar el beneficio propio a
costa del perjuicio ajeno.
El texto de la octavilla de mano, editada en la imprenta Gutemberg de
Guadalajara el 31 de Mayo de 1931, y para la que se rogaba la mayor publicidad
posible, comenta asimismo cada uno de esos mandamientos con meridiana claridad
conceptual: Quien ama la justicia sobre todas las cosas no hace daño a nadie;
respeta los derechos ajenos y hace respetar los propios. Quien rinde culto a
la dignidad, se lo rinde a la libertad y la igualdad; ni avasalla a nadie, ni
por nada se deja avasallar; ni reconoce primacías innatas, ni acata
privilegios infundados. Ésas son las glosas de los dos primeros. Por resultar
obvias las explicaciones de la mayoría de los restantes, sólo me parece
destacable resaltar el octavo, donde se preconiza consumir menos de lo que se
produzca, para crecer así los bienes de la Patria y de la Humanidad, y el décimo,
que veda todas las explotaciones del hombre por el hombre, y todas las
protecciones legales consistentes en aumentar los provechos de unos a costa de
los bienes de otros.
Ignoro si los jóvenes estudiantes de periodismo comulgarán ahora con el
mismo convencimiento que el mocerío universitario de los primeros setenta con
esa estimulante filosofía. Supongo que sí compartirán sus nociones porque
no otras han de ser las que avalan la conciencia teórica de su profesión. No
obstante, como entre los que se postula y lo que se ejerce suele mediar el
abismo de una práctica enviciada en la cotidiana realidad, me he permitido
rescatar ese viejo pasquín de la Historia por la potencialidad de su
resonancia y la posibilidad de su eco.
No puedo olvidar que el texto lleva como singular epígrafe A todas las buenas
personas, y que éstas, las buenas gentes, son algo fundamental en la
encarnadura y regeneración social de cada época. Por ellas, en las que es
forzoso creer por encima de cualquier circunstancia histórica, se siguen
mereciendo el periodismo y la política los principios de conducta que
proclamaban los viejos mandamientos de la República Española del 14 de
Abril. Principios por los que el abuelo del señor Rodríguez Zapatero dio la
vida y a los que el propio presidente de España aludió al término de su
discurso de investidura hace justamente un año.
