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  No consiento que se hable mal de Franco en mi presencia. Juan  Carlos «El Rey»   

Cada vez más 14 de abril

Javier de Lucas - Universidad de Valencia

Levante 16 de abril de 2005

El año pasado, la evocación del 14 de abril fue distinta. La memoria del tremolar de banderas republicanas en las diferentes manifestaciones de protesta, parecía sugerir que, por primera vez en muchos años, el republicanismo estaba en alza. Y, transcurrido un año, no parece que se tratase de un fenómeno coyuntural. Por eso conviene preguntarse si revive el espíritu republicano. Y, si así fuera, ¿debe ser un motivo de preocupación, porque introduce incertidumbres acerca de lo que creíamos resuelto, o es, por el contrario, un motivo de satisfacción, al ver renovado un ideal de ciudadanía?

Cierto punto de vista políticamente correcto trata de responder a esas preguntas acudiendo a una distinción, la diferencia entre el espíritu republicano y la memoria o identidad de los republicanos. No estoy muy seguro de que esta propuesta sea del agrado de quienes han mantenido con coraje y dignidad la memoria de esa segunda república que, para muchos de nosotros, encierra lo mejor de la historia contemporánea de España. Pero me parece inevitable abordarla si queremos hacer algo más que ejercicios de nostalgia o de euforia sin fundamento.

A mi juicio, no les falta razón a quienes sostienen que el espíritu que hoy revive tiene mucho de republicanismo, pero entendido como forma de entender la política, y no como opción por una forma de Estado. Y tampoco les falta cuando insisten en que el debate sobre la república no es prioritario para la ciudadanía hoy, porque tenemos otras preocupaciones más urgentes. Todo eso es verdad. Como lo es que ese republicanismo que prende en programas de los partidos políticos (salvo los republicanos, claro), es un republicanismo doctrinario, llámese expresamente republicanismo cívico o patriotismo constitucional y búsquense sus padres en Michelman, Abendroth, Habermas, Petit o quien se prefiera. Es un programa político que insiste en los principios de laicidad, de igualdad, de primacía de la cosa pública entendida como un quehacer nuestro, de todos nosotros como ciudadanos, y no una propiedad de los profesionales de la política. Este republicanismo supone sobre todo otra idea de ciudadanía y, por tanto, de democracia, en la que es central la educación y la exigencia de participación, así como la transparencia y la responsabilidad de los profesionales de la política: responsabilidad entendida sobre todo como respuesta, como disponibilidad a dar efectiva cuenta de lo que se encargó. Ése es también el sentido del clamor: «¡no nos falles!" que se dirigió a Zapatero apenas ganó el PSOE las elecciones el año pasado.

Pero si ésa es la noción de republicanismo, me parece indiscutible que, aunque sea prudente esa distinción, incluso aunque fuera aconsejable en una determinada coyuntura histórica, la de la transición, hoy no cabe separarlo conceptualmente del otro, el de la memoria de la II República. Sobre todo porque los ideales del republicanismo, su racionalidad jurídica, constitucional y política, conducen inevitablemente a los que encarnó esa II República y aún más, a la república como forma de Estado. Por eso, también en mi opinión, la monarquía es -incluso en la modalidad parlamentaria y constitucional- una institución de escaso futuro, pues se sostiene en creencias más que en ideas y, en el caso de éstas, en ideas que se caracterizan por su provisionalidad o interinidad. Sus mejores argumentos, las nociones de estabilidad o de continuidad, como la de vínculo entre los reinos o naciones que compondrían el reino de España, son razones provisionales y subsidiarias. La continuidad, la estabilidad, el vínculo interterritorial, no los dan un monarca o una dinastía, para ser más exactos (ya se sabe que la principal tarea constitucional de un monarca es engendrar un sucesor), sino la Constitución. Y para eso vale igual un presidente, con la ventaja de que podemos elegirlo y cambiarlo si no nos parece bien.

Por eso, y desde el máximo respeto a la Constitución, que no cayó del cielo, sino de nuestro consentimiento, y por eso no son las tablas de la ley; es decir, que se podrá reformar, es posible sostener que el republicanismo que hoy revive nos hace estar más cerca de ese ideal que para muchos es la III República. No hay prisa, no hay necesidad alguna de violentar el actual orden constitucional. Llegará, porque es una causa que cuenta a su favor con la razón y con la historia.

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