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No consiento que se hable mal de Franco en mi

 presencia. Juan  Carlos «El Rey»   


 

¡Viva la III República!

Elvira Madigán

El Día  (Ciudad Real)  22 de Octubre de 2009

                                                                                                                           *A mi amigo Manuel Téllez

       Observo en la prensa las fotos de la celebración del  12 de octubre, Día de la Hispanidad, en el desfile de las Fuerzas Armadas.  Celebración en la que, como ya viene siendo habitual, se abuchea al Presidente del Gobierno. Este año, si cabe, con mayor estruendo y agresividad, seguramente por la crisis económica y el descontento generalizado y focalizado en su persona. El mismo acto en el que, contrariamente, el pueblo aplaude y vitorea  a sus majestades los Reyes y a su familia que los acompaña. En ese dualismo maniqueo tan taurino, testicular y patriota de marcar a fuego vociferante lo bueno y lo malo: ¡O pañuelos blancos de indulto o Mátalo, Mátalo! El mismo pueblo abucheador que  centra los objetivos de sus miradas en doña Leticia, su nariz operada -¡Te juro, Borja Mari, que se ha puesto tetas!- y su extrema delgadez; en el calzado gris marengo, a juego, de la infanta Cristina, o el traje de chaqueta azul aguamarina -¡divino!- de Elena y su diminuto bolso de Gautier.

         Miro la foto y me entra un cabreo de narices. Un enfado pueril, una irritación  cándida, de dulce entrega… pues sé que mis argumentos van a chocar contra el muro de la incomprensión y la soledad, y que voy a ser descuartizado por tener la insolencia de sacar este tema.
 

     En la foto se ve un primer plano de los Reyes, flanqueados a su derecha por el Príncipe Felipe, seguido de doña Leticia, la Infanta Elena, Cristina y cerrado por Urdangarín. Todos ellos posan sus nobles pies sobre una moqueta azul celeste, de un metro de ancho, que se extiende a lo largo. La moqueta, a modo de pasillo alfombrado, sólo es pisada por los pies reales, principescos o infantados. Además, al rey –por si es poco alto- y a la reina, les han colocado un altillo o entarimado desde donde el monarca saluda marcialmente el paso de los ejércitos. Es el Jefe del Estado y su protagonismo y poder queda, más que explícito, patente.
 

             Detrás de la moqueta -por supuesto sin pisarla y como a un metro de distancia-y sobre el asfalto  del Paseo de la  Castellana, se sitúa el Presidente del Gobierno, la Ministra de Defensa, la Presidenta de la Comunidad de Madrid y el Alcalde, mezclados entre un barullo de autoridades. Dos poderes: Jefatura del Estado y  Poder Ejecutivo, separados por un metro, diferenciados por una moqueta azul color realeza, adelantados unos, elevados  un palmo sobre los demás… en una demostración rotunda de saber quién manda. Y con los soldados allí mismo, armados hasta los dientes, sus tanques, sus aviones, su carnero de la muerte, sus trompetas y  estandartes.
 

             Es decir, los representantes elegidos por el pueblo se sitúan detrás, en un segundo plano, sin pisar/pillar cacho. Y los que detentan el poder vía sangre azul y herencia, son los adelantados, los primeros, los elevados.  Los que saludan a los militares, los que presiden, los que llevan el mando. Y a un Presidente de un Gobierno elegido democráticamente, a una Presidenta de Comunidad Autónoma ídem  y a un alcalde refrendado por un millón de votos… se los coloca atrás, abajo, a cierta distancia del poder del Estado. Además, unos se tragan los pitos… y otros las palmas.
 

         Aunque todos sabemos qué dice nuestra Constitución y cuál es la estructura y la jerarquía del Estado: ¿Por qué hay que hacer esa demostración tan insultante a los ciudadanos que santificamos la democracia y el voto? ¿Por qué esa moqueta? ¿Por qué esa distancia? ¿Por qué varios planos? ¿Por qué ese altillo innecesario? ¿Dónde “el rey reina pero no gobierna”? ¿Por qué esa ostentación delante de los fusiles y los sables?
 

        Desde luego, si estuviera en mi mano, cambiaría esos protocolos. Bueno, si estuviera en mi mano no haría desfile de las Fuerzas Armadas. Quizás, por aquello de Georges Brassens que cantaba  Paco Ibáñez: “Porque la música militar nunca me supo levantar” Y porque –y mira que hago esfuerzos, de verdad- no me sustraigo a la sensación de asociar Desfile de las F. Armadas con Desfile de la Victoria, en un tufillo rancio de los que se han apropiado de todos los símbolos comunes: La Bandera, el Himno, el tricornio, la silueta de un toro negro y  los alfanjes.
 

        A mí, los monarcas, como personas, me merecen todo el respeto. Tanto, como el inmigrante ecuatoriano, la vecina del quinto o el camarero del hotel Guadiana. Y no saldrá de mi boca un insulto ni una burla. Aunque no acabo de entender por qué mecanismo consiguen ser la Institución más valorada y protegida del Estado: ¡Eso no se dice, eso no se hace, eso no se toca! Con un manejo del marketing mejor que los de la Coca-Cola: Control de conciencias e imposición del pensamiento único y la alabanza. Hasta el punto de que nadie se atreve a decir lo que piensa, como si verdaderamente –tal y como se entendía en la Edad Media- su poder emanara de Dios y, por tanto, nos diferenciara la categoría de nuestro ADN: unos humano, ellos divino ¡Por favor!
 

           Aunque algo de eso debe haber cuando el artículo 56.3 de la Constitución dice “La persona del Rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad”.
 

           A mí me gustaría que el Jefe del Estado fuera elegido por el voto del pueblo. Y poder ser relevado a los cuatro años, si no nos gusta su mandato. Yo no quiero que la Jefatura de mi Estado Español sea heredada de padres a hijos. Y me encantaría que este debate se abriera y no se silenciara, cuando han pasado ya 35 años de  la entronización de Juan Carlos (¡y los muertos siguen en las cunetas!). Recordemos que el autor de la Ley de Sucesión a la Jefatura del Estado fue Franco. El mismo que cortó en seco la República. Que fue el dictador el que decidió la reinstauración de la Monarquía, y por tanto, es, también, heredera del franquismo; para eso lo dejó todo “atado y bien atado.” Que creo yo que se podrá hablar estas cosas sin miedo. Sin resucitar fantasmas, con normalidad, sin la amenaza de que se acabe el mundo por sacar  este tema ¡La monarquía es algo anacrónico y objetivamente incompatible, en su esencia y forma, con el Estado de Derecho! Y no me vale eso de que “¡Con lo bien que estamos! ¿Para qué tocar esas cosas? ¡Mira lo que pasó en las Repúblicas!”
 

         Yo, en mi ingenuidad juvenil y utópica, pensé que una vez salvada la Transición, nos replantearíamos la forma de Estado. Que se le agradecerían a don Juan Carlos los servicios prestados de esa etapa y se plantearía un referéndum, igual que hizo Suárez cuando votamos por la Reforma Política. Había soñado que la generosidad que tuvo la izquierda en la Transición, aceptando y firmando todo lo que le pusieron en los papeles por salvar el barco, era provisional y que pasados los años –pronto cumpliremos medio siglo- se  analizaría la cuestión. ¡Y mira cómo estamos! El rey celebrará en enero sus 72 años y el príncipe, que ya pasa de 40, le sucederá entre los vítores de La Castellana: ¡Una moqueta nueva, un carnero más viejo, otros novios de la muerte, más soldados!
 

        En fin, la historia lo escribirá. Mientras tanto, y antes de que ruede mi cabeza ajusticiado como loco representante de una minoría excéntrica, idealista y canalla, pido un último deseo: Que para el año próximo retiren la moqueta y el altillo… Para que nadie esté por encima y, como mínimo -aunque sea por una cuestión estética y simbólica-, se igualen los poderes del Estado en el Día de la Fiesta Nacional de esta negra piel de toro llamada España.

 

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