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Dejando a un lado el muy relevante hecho
de que la bandera tricolor de la República Española no es en
modo alguno ilegal, sino sólo la enseña nacional legítima que
los militares sublevados de 1936 sustituyeron ilegalmente, tras
haberla jurado, por otra, lo más llamativo y penoso del
incidente protagonizado hace unos días por José Bono en el
Congreso, es la insolencia de dicho funcionario ante las
víctimas del fraquismo a las que supuestamente homenajeaba, bien
que en día festivo y en una dependencia secundaria del
Parlamento. Porque de insolencia, si no de algo mucho más
descriptivo, cabe calificar su actitud represora contra los que
estaban allí, ancianos ya y de milagro exhumados del olvido, por
haber sido reprimidos durante el franquismo precisamente.
¿Cómo pudo atreverse Bono a declarar ilegal la bandera de la
nación que, representando un régimen democrático, defendieron
con valentía, honor y grave quebranto de sus vidas los allí
presentes? Desde luego que Bono no es nadie para declarar legal
o ilegal nada, pero ¿cómo alguien que se declara socialista, y
cristiano, osa expulsar del templo de la democracia, del ágora
común, los colores que, sobre simbolizar la libertad, la
igualdad y la fraternidad, defendieron tantos socialistas y
tantos cristianos? Si Bono sintió lo que decía, no merece
pertenecer a las huestes del progreso en que militó casi siempre
su partido, pero si no sentía sus palabras, ese insulto a la
verdad y a la realidad, y las pronunció como peaje, tampoco es
digno de presidir el cónclave superior de los electos por la
ciudadanía, en la que abundan los representados por la bandera
roja, amarilla y morada. ¿Cómo pudo atreverse el funcionario a
lastimar así, de nuevo, el corazón de los viejos españoles
republicanos? |