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España, tierra de conquista
José Luis Pitarch
UCR
22 de Junio de 2008
Conocerán quienes leen, para su
infortunio, las lucubraciones consuetudinarias de un servidor que
una de mis más altas convicciones es que, en esta vida terrenal,
amamos lo que necesitamos. Podemos ofrecer colmado argumentario de
por qué luchamos pacíficamente por la República (lo de pacíficamente
no es gratuito, pues la República, las dos veces que llegó a este
país de obispos poco evangélicos, de políticos corruptos y alejados
del pueblo, de reyes perjuros como Fernando VII o Alfonso XIII, de
militares cocidos en una ideología de casta, culto de sí mismos y
paredones, ambas veces lo hizo legal y legítimamente en paz, sin una
gota de sangre, con el pueblo jubiloso en las calles; mas, las dos
veces, fue luego fusilada por la conspiración y coyunda de “los
de siempre”, de los amos únicos de la historia de España,
de los inquisidores y tridentinos, de quienes, como escribiera Luis
Araquistáin, siempre consideraron a su amadísima patria “tierra de
conquista”), podemos dar, decimos, un completo acervo de argumentos
para nuestra lid pacífica por la III República, de por qué la amamos
como se ama a un hijo aún no nacido. Pero permítanme un breve
epítome: amamos la República porque la necesitamos. Como se ama a
una mujer o un hombre, como se ama a la primavera, al mar, como se
ama al amor.
No podríamos amar la monarquía, y no
sólo porque el fin natural de una sociedad democrática es la
República, no sólo porque la sucesión hereditaria viola la norma
fundamental de “igualdad ante la ley”, no sólo porque el monarca
digital (dedo de Franco) retiene para sí una parte de la Soberanía
que pertenece a los pueblos de España, sino porque está demasiado
viciada, demasiado ligada, los dos últimos siglos, a un
agolpamiento de dictaduras y dictablandas, y tenemos que hacer la
transición no desde Franco sino desde el Concilio de Trento y la
eviterna coyunda constantiniana, que produce, incluso en la
socialdemocracia y el Estado aconfesional, la aberración
anticonstitucional y antimoral de que un español musulmán, budista,
ateo, no pueda ser ministro (salvo que venda su dignidad al diablo,
valga la frase), ya que ha de prometer ante un crucifijo y unos
evangelios. Porque, desde el general Elío y los asesinos de don
Rafael del Riego, y todavía antes, desde el primer Borbón, la
monarquía no nos ha aportado un Estado fraguado por consenso y
evolución armónica sino por victorias en guerras civiles fratricidas
(la de Felipe V, las del XIX, la del aniquilamiento de la República
por el césar marroquí con su ejército de bereberes ansiosos de
botín, legionarios extranjeros, fascistas italianos, aviones y
cañones de Mussolini y Hitler como decisivos combatientes). ¡Menuda
articulación política de España, hecha a cañonazos y paredones, con
tantos flecos malcosidos! A veces, tanto atraso histórico, moral,
político nos hace sentir que aún estuviéramos en el conde de
Olivares y duque de Sanlúcar la Mayor, en una España desgarrada que
ya en el XVII no tenía otra solución que el federalismo. O en mitad
del siglo XIX, en las mismas, con otro “condeduque”, Espartero. ¡Ojalá!
Éste abrazó a los españoles adversarios en Vergara, en vez de
tratar de exterminarlos como el cesítar que declaró “cautiva” a
media España el 1 de abril de 1.939, en su Parte Oficial de Guerra,
rectificando la redacción primitiva, donde sólo se decía “desarmado”
el Ejército enemigo. Claro, él creía que su protector Hitler iba a
ganar la inminente guerra contra las democracias europeas, así que
los demócratas republicanos eran sus “cautivos”. Y todavía lo
seguimos siendo parcialmente. Pregunten a los últimos soldados de la
República, los guerrilleros “maquis”, o a los militares de la
UMD.
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José Luis Pitarch, Vicepresidente de
Unidad Cívica por la República
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