El día 14 de junio se produjo un leve enfrentamiento dialéctico entre el presidente del Congreso, don José Bono, y un grupo de antiguos combatientes y presos políticos, por la exhibición de una bandera republicana en el hemiciclo.
A diferencia de éste, otros antiguos símbolos del Estado se muestran sin problemas. Recordemos aquella madrugada del 24 de febrero de 1981, cuando ante el intento de golpe de estado, la televisión retransmitió un mensaje del rey. Detrás de don Juan Carlos, vimos un tapiz con el escudo de España, pero no el vigente, sino el utilizado por la monarquía siglos atrás: podían distinguirse las armas de Borgoña y el león de Bravante. Ni entonces ni más tarde se ha estimado inapropiada la utilización de ese blasón.
En la actualidad, muchas unidades del Ejército (algunas de ellas de nueva creación) utilizan la cruz de Borgoña en sus guiones, por ser ésta la bandera propia de los soberanos, antes de que el año 1843 fuera declarada oficial la vigente. Tampoco esto -que sigue las pautas de otras naciones europeas- es objeto de controversia.
¿Qué razón hay para no dar el mismo tratamiento a la bandera de la República? Recordemos que no es una enseña partidista. Entre 1931 y 1936 tanto la izquierda como la derecha accedieron al Gobierno, gracias al voto popular.
El considerarla como un símbolo histórico más del país, terminando con la exclusión a la que se la somete, contribuiría a la cohesión social. Por otra parte terminaría de definir a la rojigualda simplemente como bandera de España y no como enseña monárquica, tal y como algunos sectores la perciben aún.