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Un nuevo 14 de abril

Javier Ortiz

El Mundo 16 de Abril de 2007

Catorce de abril. Como todos los años en esa fecha, anteayer se celebraron en muchos lugares de España manifestaciones y concentraciones republicanas.

¿Sin novedad, entonces? No diría yo eso.

Las últimas citas republicanas del 14 de abril cada vez se parecen menos a las de hace veinte, diez o incluso cinco años. En un punto, al menos: ya no son ocasión para el encuentro casi exclusivo de viejos luchadores tenaces e irreductibles dispuestos a rendir homenaje a la II República. Ahora, junto a éstos –cada vez menos, por elementales razones biológicas–, se hace sentir la sonora presencia, convertida ya en mayoritaria, de gente joven, e incluso muy joven.

No pocos integrantes de los nuevos movimientos de rebeldía juvenil incorporan la reivindicación tricolor a su acervo de lucha, pero no porque sientan nostalgia de la II República, sino porque creen que la instauración en España de una III República favorecería un avance cultural hacia la racionalidad, la igualdad y la justicia, tres virtudes esencialmente disociadas de la Monarquía.

No pretendo que sean millones los jóvenes que encaran la realidad política desde esa perspectiva. Lo que digo es que son muchos. Y activos. Y cada vez más.

Si los jóvenes pueden manifestar hoy sus preferencias republicanas sin ninguna inhibición es, entre otras razones, porque no son víctimas del chantaje que nos tocó sufrir a sus mayores en tiempos de la Transición. Nos decían entonces que, si nos resistíamos a aceptar la Monarquía, daríamos alas a quienes conspiraban para impedir la democracia. Algunos rechazamos esa lógica entreguista, porque se basaba en una falacia –la propia Monarquía, legado del franquismo, constituía un rémora antidemocrática–, pero los más la dieron por buena. Se forjó así una mayoría social de dudosos principios, republicana en sus ideas y monárquica en sus hechos.

Los jóvenes de ahora ya no pueden ser desmovilizados con el espantajo de la involución. Las únicas involuciones que nos amenazan se fraguan en el propio sistema y se imponen sin proclamas ni alharacas, poco a poco, ley a ley, decreto a decreto, reforma a reforma.

Me siento confortable con el republicanismo joven. Siempre me he considerado más antimonáquico que republicano. No entiendo que la forma republicana de Estado posea virtudes intrínsecas. A cambio, me consta que la forma monárquica de Estado acarrea males que le son indisociables. Las repúblicas no tienen por qué resultar estupendas, pero pueden estar más o menos bien, o al menos no estorbar. En cambio, las monarquías sólo aportan inconvenientes, materiales e ideológicos.

«Pero confieren estabilidad al sistema político-social», argumentan algunos. Ya. ¿Y de dónde se han sacado que eso es bueno? No lo es, desde luego, para quienes lo criticamos y pretendemos transformarlo.

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Por la III República

Apuntes al Natural 17 de Abril de 2007

Comenté aquí el pasado sábado mi intención de hacer un sondeo –tirando a chapucero, por lo sesgado de la muestra– aprovechando que me iba a reunir con un grupo de amigos en una cena de festejo del 14 de abril. Les pedí su opinión sobre el estado del republicanismo en España. Buena parte de ellos venían de participar en la manifestación que se celebró en Madrid y que, considerada en su conjunto, resultó un éxito.

Me he inspirado en los puntos de vista que expresaron –notablemente coincidentes– para elaborar la columna que hoy lunes me publica el periódico El Mundo bajo el título Un nuevo 14 de abril.

Coincidieron todos en que, en efecto, la sensibilidad republicana ha aumentado de manera muy perceptible en estos últimos años. (Según se referían a ello, me acordé de los diversos actos que se han celebrado últimamente en Alicante, en particular la Marcha Cívica que recorrió el 1 de abril la distancia que media entre el puerto y el tristemente célebre Campo de los Almendros, marcha que convirtió esa franja costera, según el testimonio de un amigo nada dado a la hipérbole, en «un mar de banderas tricolores».)

También estuvieron de acuerdo, sin sombra de duda, en que cada vez es más notable la presencia joven en los actos reivindicativos republicanos. Como quiera que varios de ellos conocen a jóvenes de los que acuden a esas convocatorias, pudieron precisar que, tal como yo mismo había supuesto, la mayoría de ellos no se moviliza pensando en la Segunda República, sino en la Tercera. (En la tertulia del programa de Radio Euskadi Más que palabras de ayer domingo, Juan Cruz Lakasta nos habló de un acto republicano celebrado en Navarra en el que los asistentes exhibieron banderas republicanas adornadas con un 3. El dato apunta en esa misma línea.)

En cambio, y aún sin desdeñar el dato, no atribuyeron tanta importancia al hecho de que el PCE esté inmerso en una reflexión autocrítica sobre su papel durante la Transición y a que no pocos de sus militantes históricos sostengan ahora que cometieron un error en 1977 cuando renunciaron a su vocación republicana y dieron por buena la Monarquía de Juan Carlos I. En opinión de varios de mis amigos, la presencia del PCE, cuando se materializa, no representa un factor decisivo en este progresivo despertar republicano. (Me parece significativo, y triste, que en muchos puntos Izquierda Unida no se haya sumado a la convocatoria de manifestaciones a favor de la República.)

Quizá lo más significativo de todo sea la espontaneidad con la que diversos movimientos juveniles de raíz crítica acogen la causa republicana, convirtiéndola en una de sus propias señas de identidad. Es esa imbricación la que más vida e impulso puede dar a la lucha por la III República.

 

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