Durante
toda esta semana, y especialmente a partir de hoy, se realizan por todas
partes fiestas, cenas y manifestaciones cuya guinda será el sábado la
manifestación por la Tercera República (a las 18h en Cibeles, Madrid).
Tradicionalmente los actos del 14 de abril habían sido actos más o menos
nostálgicos que hacían más referencia a la Segunda República que a la
necesidad cierta de alcanzar pronto una Tercera República. Sin embargo,
parece claro que todos los actos de este año se centran con optimismo en el
compromiso por generar una nueva República que, como las anteriores,
supongan la culminación de las luchas de los españoles ilustrados,
liberales, socialistas, comunistas, libertarios, demócratas radicales...
frente a los poderes reaccionarios de cada época entre los que sólo la cúpula
católica permanece constante.
El 14 de abril de 1931 supone el triunfo del gran proyecto del pueblo español
por sacar a su país de las tinieblas rancias que siempre han sido
dominantes en la política española. España pretendía ser una vanguardia
internacional, la razón ilustrada se colocaba como instrumento político
por encima de la superstición, se daba la voz al pueblo y se arrancaba a
aristócratas y jerarcas católicos. Hubo un empeño gigantesco en que la
educación fuera el pilar sobre el que crecieran ciudadanos libres, se
reconoció la diversidad de los pueblos que conformaban la República,... Y
se obtuvo la respuesta de la derecha desde el primer momento: la sanjurjada
de 1932 mostraba que la actitud de la reacción era la que había sido
siempre y la que siempre sería, o se gobierna conforme a sus órdenes o está
gobernando la anti-españa. Así, en 1932 dieron un golpe porque la
izquierda llevaba gobernando un añito; en 1934 una derecha autoritaria muy
cercana a la austriaca de Dollfus alcanzó el Gobierno tras una campaña en
la que Gil Robles (entre gritos de ¡Jefe, jefe, jefe!, como un Duce
español) había dejado claras sus ideas:
Hay que ir a un Estado nuevo, y para ello se imponen deberes y sacrificios: ¡Qué importa que nos cueste hasta derramar sangre! Para eso nada de contubernios. No necesitamos el Poder con contubernios de nadie. Necesitamos el Poder íntegro y eso es lo que pedimos. Entre tanto no iremos al Gobierno en colaboración con nadie. Para realizar este ideal no vamos a detenernos en formas arcaicas. La democracia no es para nosotros un fin, sino un medio para ir a la conquista de un Estado nuevo. Llegado el momento el Parlamento, o se somete o le hacemos desaparecer.
En
esas condiciones, la de ser ellos quienes detentaran el poder, la República
les servía y no plantearon innecesarios golpes de Estado: el problema no
era una mera forma de gobierno y, si los borbones no eran necesarios para el
mantenimiento del autoritarismo católico y para impedir que el pueblo español
alcanzara la modernidad, se podía aceptar la constitución vigente
cumpliendo sólo lo que les viniera en gana. Desde entonces la retórica ha
cambiado, las mentalidades no.
En febrero de 1936 volvió a ganar las elecciones la izquierda gracias a la
unidad conseguida mediante el Frente Popular. De nuevo, inmediatamente,
aparecieron las conspiraciones golpistas ante el poder perdido por la
derecha. No dio tiempo a la bolchevización ni a la balcanización que los
franquistas de nuevo y viejo cuños aseguran: en cinco meses ya se habían
levantado los militares más reaccionarios (fascistas, monárquicos,
tradicionalistas, católicos) contra quienes estaban en disposición de
permitir que gobernara el pueblo. Esta vez consiguieron su único objetivo
para el que cualquier medio es válido: la devolución a las tinieblas de un
país que consideran propio.
De la Segunda República debemos obtener una enseñanza y una obligación:
la enseñanza es que todo proyecto, por tímido que sea, de impulsar en España
avances democráticos topará con la beligerancia, ciertamente peligrosa, de
un tejido reaccionario potentemente organizado; la obligación nos la
legaron quienes lucharon y se sacrificaron por impedir la dictadura
franquista y conseguir un país mejor: es la obligación de seguir
intentando la emancipación democrática, proclamar la Tercera República e
impedir que, de nuevo, nos la arranquen de las manos.
Da la impresión de que nunca como este año se enfatiza en las celebraciones del 14 de abril la voluntad de proclamar más pronto que tarde la Tercera República. Demasiados problemas políticos necesitan, para ser solucionados, un profundo cambio al que iría asociada la República. Si la Monarquía es intrínsecamente corrupta, pues está definida por la confusión entre lo público y lo privado, también es esencialmente antidemocrática y reaccionaria.
Es, por tanto, imposible pensar que se pueda avanzar en la ética pública,
construir una democracia radical, introducir el federalismo y el derecho
de autodeterminación, afrontar la laicidad del Estado y de la vida pública,
homenajear a quienes fueron asesinados por luchar contra la dictadura y
repudiar todo lo que viene de ésta, introducir criterios democráticos
en el desarrollo económico, exigir la igualdad entre los ciudadanos y
ciudadanas sin discriminaciones de clase, sexo, raza, origen nacional,
ideología, y renunciar a la guerra como instrumento político...
Ninguno de estos afanes es realizable bajo la batuta de un Borbón.
Por ello en España la bandera republicana siempre simbolizará mucho más
que la mera elegibilidad democrática del Jefe del Estado. A pesar de
que el Borbón cada vez sea peor visto incluso por la derecha, la República
que queremos construir los que agitamos la bandera tricolor pasa por la
emancipación de sus hombres y mujeres, de sus pueblos, de sus barrios y
también de sus vecinos, apostando por la paz internacional y la
universalidad de todos los derechos humanos en todos los rincones del
planeta como único horizonte aceptable. Si alguien echa a los borbones
sin un horizonte parecido a éste los que hoy aspiramos a la Tercera República
tendremos que ponernos a luchar, inmediatamente, por proclamar la Cuarta
República.
Cuando alguien agita la bandera republicana no está haciendo otra cosa
que reivindicar los principios radicales de la Ilustración adaptados al
siglo XXI. Esos principios pasan hoy por la democracia radical: la
construcción de la política y la economía desde la base social sin
dioses religiosos ni civiles. A eso se le puede llamar de mil formas:
socialismo, comunismo, democracia, liberalismo,... pero en España
tenemos la suerte de que nos entendemos al llamarlo con una sola
palabra: República.
En el 14 de abril, SALUD Y REPÚBLICA
