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Capítulo
primero, acontece el secuestro de la revista «El Jueves» que incluye la
inevitable escandalera a la que seguimos asistiendo. Capítulo segundo,
Anasagasti, en su página de internet, arremete políticamente sin
contemplaciones contra el jefe del Estado y su familia. Seamos claros y honestos
desde el principio: ni la portada de la revista formará parte del humor más
fino y sutil, ni tampoco las diatribas de Anasagasti serán incluidas entre las
últimas grandes aportaciones a la cultura occidental. No es esto lo que se
discute, sino las reacciones que se produjeron y se siguen prodigando, propias
en muchos casos de una sociedad que demuestra un servilismo preocupante.
Lo que se dirime en el primer caso es la mayor o menor pertinencia de la medida
contra la revista que puede volverse propagandísticamente en su favor. Pero no
se ha tenido a bien recordar que viñetas y portadas como la de marras no son
inusuales en «El Jueves». Por tanto, apremia ponerse de acuerdo en algo muy básico:
¿sólo se abre un debate de este tipo si el despelleje se centra en miembros de
la Corona? ¿De veras es apropiado esto para defender que la España actual
viene a ser una especie de República coronada? Nos lo fían muy largo en este
caso.
En cuanto a lo publicado por Anasagasti en su web, sin prejuicio de que estemos
más o menos de acuerdo con sus planteamientos, ha habido reacciones como mínimo
desproporcionadas. Desde quien dijo que su partido debería desautorizarlo,
hasta editoriales de periódicos que le manifestaron al político vasco que al
actual Monarca ningún político puede darle lecciones de democracia. Así pues,
nunca mejor dicho, el Rey es el demócrata mayor del reino.
Lo llamativo es ver cómo se les desatan los nervios a muchos tan pronto se pone
en solfa o se somete a crítica severa la función actual de la Corona. No tendría
que alterar a sus más entusiastas defensores si están tan seguros como dicen
de la consolidación de la Monarquía en España.
Durante el franquismo, nos dijeron por activa y por pasiva que el pueblo español
no era apto para la democracia, vistas las experiencias anteriores, que lo mejor
para nosotros era la llamada democracia orgánica. Pues bien, se diría que
ahora -mutatis mutandis- se sostiene lo mismo si en lugar de democracia decimos
República. ¿Algo así es argumentalmente aceptable e indiscutible? No nos
tomen el pelo, por favor.
Por lo demás, se habla, incluso desde la izquierda, del sagrado respeto que
debemos a las instituciones democráticas. Si quitamos el adjetivo, estoy de
acuerdo, siempre que además se tenga en cuenta una añadidura nada baladí: la
grandeza de las instituciones viene dada en tanto la ciudadanía se vea
representada en ellas. Las primeras están al servicio de la segunda. Y entre
las muchas tareas pendientes de la democracia mejorable que tenemos se encuentra
el ensalzamiento del concepto de ciudadanía hasta las más altas dignidades que
son exigibles a un Estado que se dice democrático.
Van a permitirme a este propósito que reproduzca unas palabras de un
extraordinario discurso de Azaña: «Atravesaba yo una villa castellana. Era un
día de fiesta o de feria; la plaza estaba llena de gente. (...) ¡Ah!, pero
todo eso que, agradecido, a veces es penoso, nos hace salir de la plaza, y en la
esquina había un hombre magnífico, un hombre de gran estatura, atezado, seco,
que debiera ser, supongo yo, curtidor, con un enorme mandil de cuero que le caía
desde los hombros hasta los talones. Apenas reclinado en un poyo de piedra, me
vio pasar. Yo iba de pie. Me reconoció, me dirigió una mirada de desprecio
sublime y no se movió. Desde entonces tengo por ese hombre una admiración tal
que digo, éste es el hombre castellano que yo quiero. Pasa el presidente del
Consejo de Ministros y él está con su mandil de cuero quizá con su hambre, y
con su olímpico gesto castellano dice: "Somos dos iguales". Este tipo
sustancial de vuestro país es el que hay que resucitar y restaurar».
Preguntémonos tan sólo si es éste el ideal de ciudadano que se persigue en la
actual democracia, que, en el mejor de los casos, se excede en los halagos a la
casa real. Preguntémonos también si no es al cien por cien asumible la
aspiración de la que Azaña hablaba para una democracia plena en España.
De otra parte, digamos sólo como apunte que nadie debe alborotarse si alguien
tiene a bien recordar, como hizo Anasagasti, que el actual jefe del Estado fue
nombrado sucesor por Franco. Algo así es un dato, no una opinión. Sí puede
argüirse, en cambio, que el referéndum del 78 le dio a Juan Carlos de Borbón
legitimidad democrática. Siendo esto razonable, no lo es menos recordar que el
pueblo español no fue consultado acerca de su parecer a favor de la Monarquía
o la República. A eso, no se tuvo opción.
En cuanto al paso del Rubicón a favor de las libertades y de la democracia que
supuso la actuación del Rey en el 23-F, sin entrar en otras consideraciones, no
sería descabellado replicar que, de haber habido ruptura en lugar de reforma,
puede que los golpistas no hubieran tenido muchas opciones para intentonas
militares.
En definitiva, no es de recibo que la Monarquía sea un asunto tabú. De cuantas
asignaturas pendientes tiene esta democracia, la discusión que aquí nos trae
figura en el primer lugar de la lista.
¿Acaso no estamos de acuerdo en que a la democracia no le debe estar permitido
temerse a sí misma?