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Ética y República

Santiago Domínguez Meca * 30 de Abril de 2007

 

          La elección de monarquía o república no es una simple elección de “forma” de gobierno, como pretende el PCE para justificar su claudicación. El tema transciende la pura teoría política al contemplarlo en su realidad histórica. Dicha forma tiene contenido histórico. Y en la historia moderna de España (cuanto menos desde la instauración de los Borbones), la monarquía va siempre asociada a clasismo, descomposición política, corrupción y clericalismo, hasta el punto de que, salvo en los breves interludios republicanos, España no ha conocido nunca una democracia decente.

Por otra parte, existe un problema serio de legitimidad en la monarquía actual –Instaurada -que no reinstaurada, como dice la  propaganda oficial, pues Alfonso XIII abdicó para sí y para todos sus descendientes- por un dictador asesino en serie. Y es que un régimen ilegítimo en su origen no puede más que dar frutos podridos. Porque la única legitimidad de esta monarquía reside en ser heredera legítima de un régimen totalitario.

Y este fruto podrido es el régimen neoliberal existente, basado en la doctrina política, que se resume en la ausencia de doctrina, y consiguientemente de ética, llamada “centrismo”, dotado de una Constitución que deja la efectividad de los derechos sociales del pueblo al albur de la decisión de los partidos políticos de tal signo y dela avaricia de las grandes empresas; que han acabado con Montesquieu, como dijo A. Guerra, al suprimir en la práctica buena parte de los controles y contrapesos que hacen que un sistema parlamentario pueda ser una democracia y no un sistema corrupto. Que permite a la Iglesia seguir alienando las mentes de jóvenes y mayores, y constituye parte integrante del ala más ultraderechista, que ya es decir, del Partido Antipopular. Que ha convertido el Parlamento, el templo de la soberanía popular, en un circo romano donde se dirimen a gritos e insultos, aplausos, abucheos y pataleos, los asuntos públicos en provecho de los partidos y sus patronos ocultos, secuestrando de este modo la soberanía popular en manos de la partidocracia.

Y su marca de fábrica es la corrupción total, encubierta en lo posible por su discurso hipócrita y la ayuda de los medios de comunicación de masas. No hay manzanas podridas en el saco, como dicen ellos para minimizar el asunto cuando son pillados en falta, todo el saco está podrido. La corrupción del país es estructural, no ocasional.

Decía D. Manuel Azaña en uno de sus discursos dirigiéndose a su partido:

 Debemos mantenernos en aquella línea de conducta, de austeridad, de respeto a los principios, de colaboración con nuestros afines, de irrevocable ruptura con todo lo que pueda corromper la pureza de nuestro republicanismo, de abnegación al servicio del estado, de limpieza en la intención y en los procedimientos, en fin, de elevación de espíritu y corrección en la conducta, que es lo que ha hecho hasta ahora la reputación del partido...

Decencia, honestidad y servicio al pueblo son por tanto nuestros principios, por más que en España, aquí y ahora, sean los que más estén en boca de los políticos al uso y los que menos se cumplan.

Sólo los grupos políticos que respeten escrupulosamente estos principios están en condiciones de representar al pueblo, como es de rigor en una democracia, y no, como ocurre ahora con los partidos que firmaron el famoso pacto de la transición, que solo representan sus propios intereses y las de sus ocultos mentores y financiantes

Sé que alguno de vosotros pensará, y con razón, que una cosa es predicar y otra dar trigo, pero las obras y no las palabras son las que acaban poniendo a cada cual en su lugar.

 

En otro discurso decía Azaña:

..... nosotros estamos obligados a prestar al hombre español todas las condiciones necesarias para el libre desenvolvimiento de su personalidad, para garantizarle su vida física, su alimentación moral y material, garantizar su trabajo para conseguir que la vida del hombre en España deje de ser una maldición y una desesperación si nace en hogar humilde.

A cada cual según su mérito, no según su cuna; a cada cual lo que le corresponde por su trabajo, no lo que usurpa especulando o cometiendo delitos de los que cometen gentes con corbata. Esa es nuestra idea de la justicia social. Y nuestro instrumento para conseguirla ha de ser el Estado, que es el único jinete que puede domar al capitalismo desbocado, al sistema neoliberal globalizado. Además, es la única vía para reservar el planeta para nuestros hijos. De seguir como vamos, los humanos podemos convertirnos en una auténtica plaga y todo lo conseguido por la cultura occidental desvanecerse en el aire, podemos morir de éxito; y quien me llame alarmista es que no sabe en qué clase de mundo vive.

Pero todo ello debemos conseguirlo por métodos pacíficos y en lo posible, legales. La violencia política y la guerra no son más que manifestaciones de barbarie, que nunca conducen a nada bueno por más elevados que sean los fines que con ellas se dice pretender conseguir. Por lo que deben ser desterradas de la faz de la tierra.

Y quien llega al poder infringiendo el derecho de gentes no tiene legitimación alguna para hacer cumplir leyes. Por eso mismo rechazamos la legitimidad del actual sistema político, sucesor directo y legal del impuesto por un dictador asesino en masa y sus compinches. La prueba más evidente de esta continuidad es que las condenas dictadas por sus infames tribunales marciales o en aplicación de leyes de depuración política no han sido anuladas o suprimidas por los tribunales del actual régimen, que no es otro que el anterior transformado, por más que el increíble milagro de la llamada transición y las más enorme campaña de manipulación jamás vista en este país trocara a los ojos de las masas en algo totalmente nuevo y distinto, lo que no era más que continuidad o evolución de lo anterior con una nuevo ropaje político, la seudodemocracia . El pacto por el que los anteriores desheredados del poder, socialistas, comunistas y nacionalistas, aceptaron la continuidad de la oligarquía franquista a cambio de su parte en la tarta del poder no ha de engañarnos al respecto.

            El único cambio real, el final de la transición,  será el que restituya el status político de este país al momento en  que fue cortada sangrientamente la continuidad de la legitimidad política, de la auténtica soberanía popular,  es decir, el que restituya la república. Todo lo demás, por más referéndums y votaciones que pueda haber por medio, no es más que dar forma democrática, que no contenido, al gobierno de los que realmente mandan y desde hace siglos han mandado siempre en España,  los llamados poderes fácticos, a saber, los ricos, los políticos corruptos, los curas, los militares y el rey. Los lobos se pusieron la piel de cordero democrática para poder seguir nutriéndose de la sangre de los corderos, del pueblo español.

            Por eso pretendemos devolver el poder a sus legítimos dueños, al pueblo español, mediante un proceso político pacífico que desemboque en una Cortes constituyentes que reinstauren la República, la III Republica Española.

Que se vuelva a gobernar por y para el pueblo,   que dejen de gobernar mediante intermediarios las mafias legales, que vuelva la honradez a la política, que nadie sea más o menos o tenga más o menos  oportunidades por su cuna, que vuelva la auténtica justicia social.

 

¡¡¡PODER PARA EL PUEBLO!!!

¡¡¡VIVA LA TERCERA REPUBLICA!!!

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*Santiago Domínguez Meca (militante de IR en El Puerto de Santa María, Cádiz

 

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