|
Los primeros Republicanos de España
Asturias republicana
7
de mayo de 2008
Los
republicanos distan de ser aquí tan nuevos como se cree. Los
hubo ya en los tiempos de Carlos IV. A principios del año
1796 fraguóse en Madrid contra la Monarquía una conjuración
que había de estallar el día 3 de Febrero. Se la
descubrió, se prendió á gran número de ciudadanos, se les
formó causa y se condenó á muerte á seis de los
conspiradores: á D. Juan Mariano Picornell, á D. José Lax,
á D. Sebastián Andrés, á D. Manuel Cortés Campomanes, á D.
Bernardo Garasa y á D. Juan Pons Izquierdo. El proceso se
instruyó rápidamente. Por Decreto de 25 de Julio del mismo año
conmutaba el Rey la pena de muerte con la de reclusión
perpetua en los castillos de Panamá, Portobelo y Puerto
Cabello.
Picornell, Campomanes y Andrés,
fueron encerrados en La Guaira. Merced á las simpatías que
desde luego se captaron, pudieron pronto convertir la cárcel
en escuela y sembrar allí las ideas de la revolución de
Francia. De tal favor gozaron, que consiguieron evadirse la
noche del 4 de Junio de 1797, y días después inspiraron en
Caracas otra conspiración dirigida á proclamar la República.
Picornell y Campomanes eran,
según se dice, personas de corteses maneras y de fácil
palabra; Picornell, hombre de corazón ardiente que odiaba el
poder absoluto por que España se regía. Habíase educado
Picornell en los libros de los enciclopedistas, cuya lengua
le era tan familiar corno la propia, y ardía en deseos de
ver realizados en el mundo todo los principios democráticos.
Después de la conspiración
de Madrid no se volvió en España á combatir la Monarquía ni
aun cuando los reyes abandonaron la patria y se pusieron
mansa y humildemente á las órdenes de Bonaparte. Aseguran
algunos que se pensó por segunda vez en la República el año
1820; mas ni hay datos que lo corroboren ni se aclamó en el
alzamiento de aquel año sino la Constitución de Cádiz.
Hubo, sí, conspiraciones republicanas el año siguiente: en
Málaga, el mes de Enero; en Barcelona, el mes de Julio; en
Zaragoza, el mes de Agosto; las tres descubiertas antes
que estallaran.
El año 1832 un hombre, á la
sazón oscuro, después famoso por su ardimiento y su triste
muerte volvió á la defensa de la República. En Limoges, lugar
á que le había llevado su mala fortuna, escribió y publicó un
proyecto de Constitución federal precedido de sensatas
consideraciones. Este hombre era D. Ramón Chaudaró y
Fábregas, que seis años después moría en Barcelona, pasado
por las armas, a consecuencia de una insurrección de que había
sido promovedor y caudillo.
El año 1841 eran ya muchos
los partidarios de la República. Tenían ya sus órganos en
la prensa, y de tal modo crecieron, que el año 1842 pudieron
en Barcelona alzarse, rechazar al ejército, perseguirlo
hasta los muros de la Ciudadela, quedar dueños de la ciudad y
no abandonarla mientras no la cercó y bombardeó el
general Espartero. La República era entonces, sin embargo,
más un sentimiento que una idea. Enmudeció después de la
reacción de 1843, y sólo dio una que otra señales de vida
cuando se la restableció en Francia y se conmovieron todas las
monarquías de Europa. Aun entonces hubo de ceder el puesto
á la democracia, que, atenta á la reivindicación de los
derechos del hombre, apenas se preocupaba. con la forma de
gobierno. Votaron veintiún diputados contra la Monarquía en
las Cortes de 1854; pero siguieron llamándose, no
republicanos, sino demócratas. Tan poca afición había aún
á la República, que Sixto Cámara, con ser muy
exaltado, veía al principio con malos ojos que se la
presentase como la consecuencia obligada de la soberanía del
pueblo.
Creció el republicanismo más
por los que estaban fuera que por los que estaban dentro de
las Cortes, y apareció con él la federación apoyada por la
historia y la lógica.
Vino un largo interregno y en
él volvieron preferentemente á ocupar la atención los
principios democráticos. Lo motivaban en gran parte las leyes
de imprenta que no permitían ataques directos ni indirectos á
la Monarquía, y apenas si toleraban la defensa de los
derechos inenagenables é imprescriptibles; mas la
República despertaba aún tan poco entusiasmo en algunos
demócratas, que el año 1858 vacilaba el mismo Rivero en
ponerla por coronamiento de un programa revolucionario. La
semilla estaba, con todo, muy esparcida, y tarde que temprano
había de dar sus frutos.
Diólos abundantemente apenas venció la revolución de
Septiembre. ¡Qué inesperado despertar el del pueblo! Querían
los que la hicieron un simple cambio de personas en el trono,
y el pueblo se apresuró en todas partes á destruir ó borrar
los símbolos de la monarquía. Sonaron vítores á la República
en los más opuestos ámbitos de España, y á poco vítores a la
federación y á la República. Como la federación, jamás tuvo
idea alguna tan rápido desarrollo ni tan esplendorosas
manifestaciones. Aquí promovía mitings, allí derramaba á
granel hojas y periódicos, acullá invadía calles y plazas
precedida de ricos estandartes que impresionaban vivamente la
imaginación de las muchedumbres. Tanto ganó, que pudo a los
pocos meses llevar sesenta diputados á las Cortes, y poco
después cuarenta mil hombres a las armas.
Los republicanos todos eran
entonces federales. Unitarios no había más que dos en las
Cortes, y éstos ni atacaban el federalismo ni contaban
siquiera con sus electores. Los federales lo dominaban
todo, y eran tan firmes en sus principios, que así los
sostenían al fin como al principio de las Constituyentes. Los
dividió más tarde una cuestión, pero no una cuestión de
doctrina. Afirmaban todos la autonomía de las regiones, y
todos las querían enlazadas por el libre consentimiento.
Así fueron el año 1873 á la
República. Durante la República tampoco los separaron
diferencias de principios. Los proyectos de Constitución
formulados por la mayoría y la minoría eran en el fondo
idénticos; tal vez el de la mayoría, más federal que el de la
minoría. Sólo al caer de la República surgió la verdadera
discordia. Renegaron de la federación los que más la habían
enaltecido, y relegaron desdeñosamente a la ley provincial
nuestro sistema de gobierno. Caída fue para los que así
apostataron; perturbación grande para los que permanecimos
fieles y no nos dejamos abatir ni por la dictadura de Serrano
ni por la reacción de Sagunto.
¡Si siquiera no hubiésemos
debido pasar por otras divisiones! De los antiguos
progresistas, los unos transigieron con la Restauración, los
otros se hicieron republicanos. Partidarios éstos de la
soberanía de la nación y la unidad del Estado, se pusieron
enfrente de los federales; fieles conspiradores de toda la
vida, se opusieron á los republicanos que sólo por la lenta
evolución de las ideas y los acontecimientos se proponían
recobrar el poder perdido. Constituyeron un tercer bando, y
subdividieron los ejércitos de la República.
Ese tercer bando ha sido
funesto. Ha traído en constante alteración los pueblos, ha
dificultado la reorganización de las fuerzas republicanas, ha
prolongado la existencia de la monarquía, y ha terminado,
después de no pocas locuras y cambios, por engendrar otro
partido.
Cuatro partidos tenemos ya
en el campo de la República: cuatro partidos, con más las
fracciones y las fraccioncitas que han ido surgiendo. ¿Pararán
aquí las divisiones? Lo creemos difícil, como no haya un
movimiento de concentración, y cuando menos se refundan en un
solo partido los federales y en otro los unitarios. De no,
aumentarán en todos los partidos las disidencias que los
debilitan: aquí las provocarán locas ambiciones, allí la
perfidia de nuestros comunes enemigos, en todas partes nuestro
carácter díscolo y nuestro permanente espíritu de discordia.
Sólo por la constitución de grandes agrupaciones cabe, á
nuestro juicio, extirpar los males de hoy y prevenir los de
mañana.
Dos grandes partidos hay en
Inglaterra: los whigs y los torys; dos en la
América del Norte los republicanos y los demócratas; y
pues aquí, para después del triunfo, hemos de contar con los
de la monarquía, deberíamos trabajar activa y
constantemente los republicanos por fundir en uno todos los
partidos. ¿Es imposible la obra? La han realizado no ha muchos
días nuestros vecinos los portugueses; la realizaron antes los
brasileños. Pudieron por esta razón los brasileños, no sólo
conquistar en horas la República, sino también constituirla
ordenada y sosegadamente. Inteligencias, coaliciones, ligas
son hoy la paz y tal vez la victoria; mañana, la discordia y
la impotencia. No olviden nuestros lectores que todo se ha
ensayado y todo sin fruto.
Los primeros republicanos, no eran
gente indocta, sino hombres de carrera que se habían inspirado
en los acontecimientos de la revolución de Francia.
Picornell, natural de Mallorca, pertenecía a la Sociedad
Económica de Madrid y a la Vascongada. En 1789 había
solicitado autorización para establecer en esta villa y corte
una escuela pública bajo un nuevo plan de enseñanza que había
escrito. Era hombre de gigantesca estatura, grueso, de
rostro sonrosado, de ancha frente, de ojos vivos, pecoso de
viruelas, más fuerte aún de alma que de cuerpo. Fue el jefe
de la conspiración, y antes del día del movimiento tenía ya
redactados un manifiesto y una instrucción en doce capítulos,
que formaron parte del proceso. Después de haberse fugado de
La Guaira, estuvo en Nueva York, quiso ir a Nantes, y a
consecuencia de reclamaciones que hizo el gobierno español al
francés, hubo de refugiarse en la isla de Santo Domingo.
Tendría sobre cuarenta y cuatro años al urdir la conjuración
que por poco le costó la vida.
Lax era
profesor de humanidades; Cortés estaba de ayudante en la
Escuela de la Real Comitiva; Andrés había hecho oposiciones a
una cátedra de Matemáticas en San Isidro; Pons Izquierdo
enseñaba francés y había vertido al español el libro de los
derechos y deberes del ciudadano; Garasa era letrado y
traductor de obras literarias.
Fueron
además procesados y condenados, bien que a menores penas,
otro abogado, por nombre Manzanares, y un cirujano del
ejército, agregado al colegio de San Carlos, por nombre
Joaquín Villalba.
La
conspiración fue delatada por dos hombres del pueblo: el uno
bordador, Francisco Rodas, y el otro fundidor de metales,
Manuel Hernández. En aquel tiempo era natural que así
sucediese. Las revoluciones empiezan siempre por los hombres
de inteligencia: el pueblo era entonces el principal apoyo de
la monarquía, el que más veneración sentía por sus reyes, el
que más ciego estaba por los esplendores del trono.
El Nuevo Régimen (semanario federal)
Madrid, 28-2-1891
Los primeros republicanos de España
(III)
Nuestro
correligionario D. Nicolás Díaz Pérez, en un libro que titula:
“Datos parra escribir la historia de la francmasonería”, da
acerca do la conspiración de 1796, de que tienen ya
conocimiento los lectores de este periódico, los
detalles que á continuación transcribimos:
«Existe
copia del proceso en el Archivo central de Alcalá de Henares,
con el número 3.245, entre los documentos de Estado.
»En él se
encuentra un razonado y favorable informe suscrito por el
letrado D. Francisco Pérez de Lema, con fecha de 19 de Julio
de 1796; según este informe, el objeto de la conspiración
era «trastornar el orden político de España, EN SENTIDO
REPUBLICANO.»
»Para
llevar Picornell y Gomila á cabo su idea y servirse de otro de
los reos con el fin de copiar un Manifiesto ó Proclama y una
Instrucción que en doce capítulos ó proposiciones había
escrito para repartirla al pueblo, le sacó de la casa donde
se hospedaba y le colocó en una posada de la calle de Avapiés,
cuyo dueño era hermano del conserje ó portero que tenía la
Logia de la misma calle en la casa del número 4. Mudó
después de opinión, le llevó á la calle del Bastero, á la casa
de la Logia, y pocos días más tarde á la de San Isidro, en el
barrio de las Vistillas, adonde se mudó con él, abandonando á
su mujer y fingiendo que salía de Madrid con cierta comisión
al cercano lugar de Parla.
»Alguien
lo vigilaba á la sazón, pues se cortó la barba, mudó de ropas,
se puso los apellidos Alvarez y Obispo y se trasladó á la
calle de Buenavista, en los altos de un grande almacén de
vinos, donde había un templo masónico. Las noches del
30 y 31 de Enero se hospedó en casa de Santos Rangel, ebanista
de la calle de Hortaleza y francmasón; y las del 1 y 2
de Febrero en una taberna de la plaza de Avapiés, desde la
cual volvió á la de Buenavista, á un sótano o cuarto bajo
interior, donde él y sus colegas depositaron cajas de armas y
municiones. Súpose después que los papeles los habían llevado
á doña Feliciana Obispo, esposa de Picornell y Gomila, que por
haberlos quemado en el patio de su casa fue presa con su hijo
Juan, joven de trece años.
»La
conspiración fracasó por la delación del fundidor Hernández y
del bordador Bodas. En ella entraban también elementos
militares; pero como los procesados no quisieron declarar, no
supo el Gobierno qué fuerzas había comprometidas.
»El
proceso se terminó con brevedad. Al médico Villalva le
condenaron á cuatro años de destierro de la corte y sitios
reales; á Picornell, Lax, Cortés, Garasa y Pons á la horca y
confiscación de bienes. En vísperas de ponerse á los reos
en capilla, el embajador francés presentó al ministro de
Estado una nota en que protestaba contra la ejecución de la
sentencia, pues su Gobierno entendía »que no podía
ejecutarse á nadie por delitos políticos.» Se reunieron
los ministros en la Cámara del rey; conferenciaron los del
Consejo de Castilla, y, por fin, el 25 de Julio del citado año
de 1796, el rey les conmutó la pena por la de encierro
perpetuo.
»Picornell
fué desterrado á Panamá.
»Lax y
Andrés á Puerto Cabello.
»Cortés á
Portovelo.
»La
esposa de Picornell, doña Feliciana Obispo y Alvarez,
solicitaba en Agosto de 1798 que se pusiera en libertad á su
hijo Juan Antonio Picornell, recluso en el Hospicio de Madrid,
para trasladarse Inmediatamente con él á Palma de Mallorca,
gracia que le fue concedida.»
Agradecemos al Sr. Díaz Pérez estas noticias, que complementan
las que dimos en anteriores números.
El Nuevo Régimen (semanario
federal)
Madrid, 21-2-1891 |