José María
García Labrac
UCR
29 de Noviembre de 2009
Europa era un erial. La Gran Guerra había convertido el
continente en una inmensa escombrera. Los campos
de batalla, sembrados de cadáveres, fulminaron
la inocencia histórica de la clase obrera. La
burguesía sintió en su cogote el aliento
portentoso de Octubre, la constatación
fehaciente de que el socialismo era una amenaza
temible.
Había llegado la hora de los hombres fuertes, el
ascenso irremediable del jefe carismático (Antonio
Gramsci dixit). Los políticos
tradicionales, los representantes de los intereses
del gran capital en Cortes y Parlamentos, se
retiraban a sus cuarteles de invierno. Aparecía en
lontananza el caudillo totalitario, el conductor de
la nación en medio del caos, aupado al poder por los
propietarios de los medios de producción.
Italia, estado joven y enfermizo, se encontraba en
estado de emergencia. Las organizaciones de masas de
la socialdemocracia, reverdecidas por los nuevos
cuadros del bolchevismo balbuceante, movilizaban a
sus efectivos en huelgas, ocupaciones de fábricas,
manifestaciones, etc. El aparato administrativo
fundado por el conde de Cavour se tambaleaba.
Con vistas a salir del atolladero cuanto antes, la
Italia de los Saboya partió en busca de un
condottiero. Sin un Ludovico Sforza o un César
Borgia que llevarse a la boca, pronto repararon en
el líder de un movimiento paramilitar y
rompehuelgas, un personaje de ópera bufa que
respondía al santo y seña de Benito Mussolini.
El histrión, el fantoche, el matón, el
intelectual de revólver al cinto, el chulo de
taberna, el socialista renegado, el fornicador
incansable, el infame capaz de poner en cintura al
proletariado, el tipejo encargado de devolver la
tranquilidad a los hogares de buena familia. Víctor
Manuel III, el monarca de supuesta estirpe liberal,
el enano empechado de entorchados, le hizo jefe de
gobierno en 1922.
Mussolini se convertía en el amo de la situación
apenas una década después del congreso del Partido
Socialista Italiano (PSI) en Reggia Emilia, a través
del cual la extrema izquierda socialdemócrata,
comandada por él mismo, se hizo con el control de la
formación obrera. El intransigente Benito,
partidario pertinaz de la autonomía del PSI,
encarnizado rival de cualquier tendencia dispuesta a
abrir el partido a la sociedad civil, era nombrado
director del diario Avanti, órgano de
expresión de los socialistas transalpinos.
La guerra del 14 significó una prueba de fuego para
el movimiento obrero europeo. El atentado de
Sarajevo desencadenó una espiral de acontecimientos
inesperados que modificó todo lo imaginable. En
cuatro años escasos de conflicto bélico, la
vanguardia ideológica de los trabajadores fue
zarandeada como un guiñapo, a capricho del curso de
la historia.
Jean Jaurès, el insigne socialista francés,
asesinado por la ultraderecha chovinista. Rosa
Luxemburgo y Karl Liebknecht, apalizados hasta la
muerte por sicarios de sus antiguos compañeros
socialdemócratas. La revolución alemana, ahogada en
el pozo de su ineficacia. Lenin y Trotsky
conquistando el Palacio de Invierno y derribando el
feudalismo zarista a golpe de soviets.
Benito Amilcar Andrea, el hijo del anarquista,
dispuesto a casi cualquier cosa para alcanzar la
gloria, defendió con ahínco la entrada de Italia en
la guerra, contrariando la posición oficial del PSI.
El cisma estaba abierto. Tras fundar el periódico
Il Popolo de Italia, de orientación
claramente nacionalista y antisocialista, es
expulsado del partido y marcha al frente.
En 1917, fecha de ardoroso simbolismo, el MI5 le
contrata como agente secreto al servicio de Gran
Bretaña. Sir Samuel Hoare, diputado conservador y
posterior embajador ante Franco, le encarga una
misión bien remunerada. A cambio de cien libras
semanales, Mussolini debía utilizar su periódico
para evitar el descuelgue guerrero de Italia, además
de enviar a sus muchachos a reprimir manifestaciones
pacifistas. La sorprendente noticia fue desvelada
hace poco más de un mes y pasó casi desapercibida
para los profesionales de la desinformación masiva.
Inglaterra, la vieja raposa avarienta del poema de
Léon Felipe, la pérfida Albión de nuestra
historiografía nacionalcatólica, financió al creador
del fascismo italiano, al colaborador sumiso de
Adolfo Hitler, el pequeño cabo austríaco,
protagonista de la mayor pesadilla del género
humano. Una bomba informativa de este calibre
debería haber provocado sesudas reflexiones,
columnas mordaces, declaraciones de condena y
arrepentimiento...
La licencia para apalear, para manipular a la
opinión pública, otorgada al charlatán forzudo,
deja al descubierto la génesis capitalista del
totalitarismo nazifascista, recurso desesperado
de la burguesía en momentos de crisis
existencial. El Holocausto industrializado de
Adolfo y cía es el resultado decantado de esa
apuesta de clase, de ese órdago al socialismo y
a la democracia formal.
El gángster, el capo de una banda de criminales,
el violento restaurador de la libertad
manchesteriana, vino, vio y venció. El César
de cabeza rapada y amantes a gogó, no tuvo
ningún Bruto* que impidiera su
dictadura personal.
Una vez primer ministro del reino de Italia,
tocado de traje y chistera, fomentó la amistad
del entonces prominente liberal británico
Winston Churchill, adorado santón de la derecha
postfordista. Churchill siempre consideró a
Mussolini como un amigo íntimo, incluso en el
transcurso de la Segunda Guerra Mundial.
Últimamente, se han propagado ciertas teorías
que acusan al orondo fumador de habanos de
ordenar la ejecución del Duce, a fin de
evitar la aparición de documentos
comprometedores para su prestigio y su carrera
política.
La cuna de la Revolución Industrial, la patria de
Adam Smith y David Ricardo, amamantaba al lobo
fascista, a la jauría de camisas negras prestos
a someter a los esforzados militantes de la
causa obrera. En San Petersburgo, el crucero
Aurora remontaba el río Neva para liberar
al hombre de la explotación del dinero.
--------------------------
*Su
yerno, Galeazzo Ciano, intentó representar ese papel
a partir de la invasión aliada de Sicilia en 1943,
cuando ya todo estaba perdido. La insubordinación le
costó la vida.
http://socialismoeslibertad.blogspot.com/