Tennessee
Williams: el revolucionario tranquilo
Michael Billington
Sin Permiso
7 de Septiembre
de 2009
Con motivo del reestreno de Un tranvía llamado
deseo en el West End de Londres, conmemoramos a un escritor de
intensa conciencia social que observó la condición humana, sobre
todo la suya, como algo ligeramente absurdo.
¿Quién es el dramaturgo preferido de Norteamérica? Un año parece ser
Arthur Miller y al siguiente, David Mamet. Ahora mismo es el momento
de Tennessee Williams. Rachel Weisz se estrena en Un tranvía
llamado deseo (A Streetcar Named Desire) en el Teatro Donmar de
Londres. El próximo diciembre llegará al West End una Gata sobre
el tejado de zinc caliente (Cat on a Hot Tin Roof) afroamericana
y procedente de Broadway, con James Earl Jones y Adrian Lester como
protagonistas. Y entre ambas, el estreno absoluto en Europa de una
obra olvidada de 1937,Tormenta de primavera, (Spring Storm)
en el Royal Derngate de Northampton. Pero, pese a todo nuestro
entusiasmo por Williams, creo que todavía nos equivocamos sutilmente
con él. Lo más habitual es que se le denomine dramaturgo
"psicológico", pero con ello se ignora su radicalismo social y
político, así como la riqueza de su talento para la comedia.
Por supuesto, la manera de considerar a Williams ha evolucionado
con los años. Cuando se vio el Tranvía por vez primera en
Londres en 1949, en una producción dirigida por Laurence Olivier con
Vivien Leigh de protagonista, se tomó a Williams por un obsceno
vendedor de inmoralidades. El enfrentamiento entre Blanche Dubois y
Stanley Kowalski puso a la prensa británica de los nervios: Logan
Gourlay, del Sunday Express, habló en nombre de muchos al
condenar la obra como "los progresos de una prostituta, la fuga de
una ninfómana, los desvaríos de una neurótica sexual". La obra fue
atacada en el Parlamento por "baja y repugnante", y el Consejo de
Moralidad Pública la consideró "salaz y pornográfica". Cuando La
gata sobre el tejado de zinc caliente tuvo su estreno británico
en 1958, se hubo de presentar bajo el cortés disfraz de "función de
club" para que el gran público no se sintiera corrompido por la
discreta sugerencia de que su héroe, Brick, es gay.
A Dios gracias, hemos superado la idea de Williams como
sensacionalista sexual. Ahora tendemos a poner de relieve su lado
lírico, compasivo. Se le ha descrito como "el poeta de las almas
perdidas" e intentamos poner de relieve su empatía con quienes
sienten su espíritu herido. En esta lectura, la tónica la da el
errabundo Val en el Orfeo desciende (Orpheus Descending) de
Williams, al decir: "¡Estamos todos condenados a celdas de
aislamiento en nuestra piel, y de por vida!"
Sería el último en negar la conmovedora poesía y la soledad de la
que se hace eco, pero pasamos por alto el lado más robusto de su
talento. Sus obras ofrecen un retrato aplastante de los feos
prejuicios del Sur norteamericano; reconocen las realidades de la
economía, y siguiendo el espíritu de su admirado Chejov, son tan
cómicas como trágicas. Para comprobar la intensa conciencia social
de Williams, producto de educación episcopaliana, no hay más que
examinar su vida y sus cartas, lo mismo que su obra. Viajando por el
sudoeste de los Estados Unidos en 1939, escuchó atentamente las
historias de las familias empobrecidas y sin
trabajo, compartiendo sus exiguas raciones con sus hijos. Detestaba
además el racismo.. Consternado al no poder evitar que El zoo de
cristal (The Glass Menagerie) se representara para un público
exclusivamente blanco en la capital, Williams escribió al New
York Times en 1947 que "en cualquier contrato que cierre se
habrá de incluir una clausula para que la obra se mantenga fuera
de Washington mientras continúe esta práctica antidemocrática". Le
influyeron las teorías de Erwin Piscator, colaborador de Brecht, un
emigrado alemán que dirigió el Taller Dramático de Nueva York y tuvo
un papel decisivo a la hora de poner en escena una temprana obra de
Williams de un acto, El largo adiós, (The Long Goodbye) en
1940. Las primeras obras de Williams, sobre todo, revelan a menudo
una fuerte determinación social, lo que queda demostrado con el
reestreno por parte de Trevor Nunn's en el National Theatre de En
torno a los ruiseñores (About Nightingales). Escrita en 1938,
esta obra dramatizaba gráficamente a un grupo de presos que
desafiaba el poder a lo Mussolini de uno de sus brutales
guardianes. Este instinto antifascista fue uno de los principios
rectores de Williams.
En este sentido, Un tranvía llamado deseo es un
ejemplo probatorio. Hay para quienes la obra es una vindicación de
Stanley Kowalski, que consigue vengarse finalmente de su cuñada,
Blanche, que se ha entrometido en su feliz hogar de Nueva Orleans
dándose aires extravagantes (no es de extrañar que John Osborne
estuviera entre los fervientes partidarios de Stanley, escribiendo
que "la hembra debe caer hasta el lugar en el que debería estar:
sobre su espalda"). Pero hay otra manera de considerar la obra,
brillantemente articulada por el crítico y
director norteamericano Harold Clurman en 1948. Para Clurman,
Blanche representa "el instinto poético y la aristocracia del
sentimiento martirizados", mientras que Stanley es todo músculo,
indolente sensualidad y burda energía: "su mentalidad proporciona
suelo al fascismo, visto no como movimiento político sino como forma
de ser". Yo creo que la obra no es tan en blanco y negro como para
esto, y exige un equilibrio más delicado en sus simpatías: pero era
exacto ver el Tranvía "como un producto absoluto de nuestra
vida de hoy en día". Era una respuesta directa a la Norteamérica de
finales de los 40, en la que el materialismo machista prevalecía
sobre los valores espirituales y artísticos.
Antes de que Williams entrara en lo que él mismo llamó su "época de
colocón" de la década de los 60, en la que la bebida y las drogas
sofocaron su talento, su tema fue Norteamérica en su sentido más
amplio y político. Hasta Camino Real (Camino Real), cuyo
estreno data de 1953, y que muestra aparentemente a un Williams
simbólico hasta la náusea, resulta ser una vívida metáfora de la
Norteamérica de los años 50. Situada en una plaza que se viene
abajo, la obra reúne a un grupo de idealistas románticos destinados
al fracaso, entre los que se cuentan Don Quijote, Lord Byron,
Casanova y Marguerite Gautier. Lejos de ser una vaga fantasmagoria,
la obra era una respuesta directa y apasionada a una Norteamérica en
la que, tal como dijo Williams, "se había secado la primavera de la
humanidad"; la demagogia fascista del senador McCarthy era
omnipresente. Curiosamente, Camino Real apareció el mismo año que
El crisol (The Crucible) de Arthur Miller, y se oponía de igual
modo al ethos de la época. Williams fue uno de los primeros
en protestar por la retirada del pasaporte a Miller por parte del
Departamento de Estado norteamericano, y siguió siendo un escritor
implícitamente político hasta entonces, incluyendo Orfeo
desciende, estrenada en 1957. En la obra, la heroína descubre
que su padre fue asesinado por el Ku Klux Klan al no haber llegado
a poner en práctica la discriminación racial. Williams es conocido
como explorador de paisajes interiores; lo que echamos de menos es
su capacidad de registrar y luchar contra cualquier forma de
prejuicio, intolerancia u opresión.
En sus mejores momentos, Williams definía a Norteamérica en los
peores. Si bien, pese a toda su empatía, veía la condición humana, y
sobre todo la suya, como algo ligeramente absurdo. Alguna evidencia
tuve de esto en mi único encuentro con él, en el programa Start the
Week de Radio 4, en 1978. Me habían pedido que entrevistara
a Williams en torno a su obra, descarnadamente autobiográfica, Vieux
Carré, que acababa de estrenarse en Londres. Me habían dado
instrucciones de comenzar con un resumen del argumento, y mientras
describía los forcejeos del héroe-escritor, que vive en un bloque de
apartamentos de Nueva Orleans rodeado de gente famélica, alcohólicos
y exhaustos, oí un estruendo de risas del otro lado de la mesa. Al
principio, pensé que se trataba de un comentario sobre mi torpe
sinopsis. Poco a poco, me dí cuenta de que eran las risotadas de un
escritor que veía sus propias tribulaciones como algo desternillante
en el recuerdo. Recordé que un año antes la dirección del Teatro
Shaw de Londres le pidió que saliera de una de las representaciones
de El zoo de cristal, porque su incesante hilaridad ante esta
remembranza de su propia juventud molestaba al resto del público.
El don de Williams para la comedia
procede en parte de su temperamento y en parte proviene de una
herencia sureña que se extiende de Mark Twain a Carson
McCullers, y que impregna buena parte de su obra. Se puede ver en
La gata sobre el tejado de zinc caliente como una tragedia de
autoengaño, en la que el héroe, Brick, no puede reconocer su
homosexualidad más de lo que su padre, Big Daddy, puede reconocer su
cáncer. Pero, tal como nos recordó la soberbia producción de Howard
Davies en el National en 1988, la obra es también muy graciosa. Se
abre con un divertidísimo monólogo de Maggie la Gata, en la que ella
protesta contra los "monstruos sin cuello" engendrados por su cuñada
incesantemente fecunda. Williams también podía ser procaz y
dionisíaco. En La rosa tatuada (The Rose Tattoo), una devota
viuda siciliana-americana, Serafina, despierta de un periodo de
tres años de luto con la llegada de un bufón sexy y musculado. La
visión de Zoe Wanamaker, en el reestreno más reciente, luchando por
salir de su faja pantalón a tiempo para llegar a la cita con su
amante es de lo más cómica. Por supuesto, en un plano más hondo, la
obra trata de la fuerza de la renovación en la vida humana y la
necesidad de romper con el pasado.
Algunas de las obras posteriores de Williams bordean la autoparodia,
pero sus mejores obras sobrevivirán a los estragos del tiempo por
una serie de razones: su capacidad de escribir grandes papeles para
los actores, por un lado; su instintivo amor por los marginados y
derrotados, y su ferviente oposición a cualquier forma de tiranía,
ya sea doméstica o política. Tal como escribió una vez (y es
llamativo que empleara mayúsculas): "ser un artista es ser un
revolucionario" cuyas palabras son siempre temidas e incomprendidas.
Es hora de reconocer que, dentro de ese complejo estado
de Tennessee, había un rebelde nato.
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Michael Billington
es el crítico de teatro de The Guardian