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Superhéroes. La cultura de las máscaras
Jorge Majfud
Tlaxcala
24 de Octubre de 2009
Accidente
y desdoblamiento.
Una anécdota cuenta que los
inspectores de una aduana nunca pudieron descubrir qué traficaba un
hombre en su carretilla porque traficaba carretillas. Semejante, la
máscara del superhéroe es el símbolo visible de lo que pretende ocultar.
La historia matriz del héroe, a través del desdoblamiento, enmascara la
realidad de la cual deriva, es decir, la cultura hegemónica del
capitalismo del último siglo.
Si vemos los héroes de la
“cultura de masas”, desde Superman hasta The Terminator,
veremos que sus características —la máscara y el desdoblamiento—
permanecen pero también revelan un cambio en el inconsciente colectivo
norteamericano.
Semejante a lo expuesto por
Joseph Campbell (1949) sobre los mitos antiguos, vemos que el nacimiento
del héroe moderno es una forma de renacimiento producido por una
muerte simbólica, por un accidente tecnológico. Pero el “accidente” nada
tiene de accidental porque cierra la fractura ideológica tanto como la
realidad la abre.
Si las armas de defensa y
destrucción son el resultado de una economía capitalista que se basa en
la reproducción indefinida del capital, si la tecnología militar es el
productos del cálculo y la reproducción en serie, si el héroe real es
honrado en “la tumba del soldado desconocido” y sus guerreros son
anónimos y actúan en masa como un gran mecanismo impersonal, entonces el
superhéroe es presentado como un individuo único y sus armas son
únicas y nunca producto de un cálculo tecnológico que pueda hacer dos.
Por esta razón, es necesario recurrir una vez más al accidente. Incluso
para fabricar las armas excepcionales del héroe excepcional. Es
necesario que se deje constancia que el escudo de Capitán América, el
héroe investido accidentalmente de superpoderes, también es producto de
otro accidente: este escudo está hecho de una aleación irreproducible,
creada por casualidad y no puede ser duplicada.
La realidad es precisamente
la contraria: no hay accidentes creadores; hay destrucciones calculadas.
No hay individuos ni hay obras originales sino lo contrario: todo es
producido en serie, el pueblo es la masa y los ciudadanos son
productores primero y consumidores después.
El accidente divide la vida
de todos estos superhéroes en dos, el real y el superdotado, el
trabajador anónimo y el consumidor de fantasías productivas.
Todos los héroes
popularizados por la cultura hegemónica poseen una doble personalidad,
como la práctica y el discurso. En gran medida este fenómeno podemos
encontrarlo en Europa en historias más antiguas, como en los cuentos
infantiles. Todas las historias de sapos príncipes, de cuentos africanos
y una infinidad de mutaciones fantásticas que revelan un origen antiguo
de esta dualidad psicológica (Carl G. Jung). La personalidad secreta es
agresiva, violenta e irracional. La dualidad parece de forma explícita
en la Inglaterra de Strange Case of Dr Jekyll and Mr Hyde (1886).
El contexto era otro; otro imperio, el británico, la Revolución
industrial y el positivismo científico. Tanto la Pax Británica, el
progreso industrial como el positivismo racionalista se manifiestan en
estos mitos como el horror a lo irracional.
Pero en la cultura
angloamericana la máscara y la dualidad se radicalizan. La fuerza
irracional se reivindica.
Entre
Superman (1933) y la serie televisiva El Fugitivo (1967)
hay una historia de cambios mundiales. En el caso de Richard Kimble, la
metamorfosis es la inversa que en Clark Kent: el rostro público es el
criminal mientras que el rostro ilegal es el rostro positivo, el
rejuvenecido. Superman es el músculo del poder hegemónico que hace
justicia. El Fugitivo es la astucia del oprimido por la justicia.
Cuando todavía no existía
la criptonita y Superman no tenía ningún límite a su fuerza bruta, uno
de los personajes de Superman se burla del héroe diciendo: “he may
possess super strength but he was as easy to trick as a child (tal
vez posee superpoderes pero fue tan fácil engañarlo como a un niño)”.
Por si fuese poco, pocas veces Superman hace gala de su inteligencia.
Podríamos decir que nunca: resuelve esta debilidad con más fuerza
muscular.
La otra debilidad de
Superman es la misma Louis Lane, quien es tan hermosa y deseada como
tonta, ya que cada una de sus propias iniciativas —luego de humillar o
desobedecer a Clark Kent— terminan en catástrofe y en otra buena
oportunidad para la aparición de Superman a su rescate.
Pero aún en El fugitivo
(Richard Kimble) la máscara y el desdoblamiento sobreviven. El
accidente es doble: primero el asesinato de su esposa que cambia su
vida; segundo el accidente del tren que le permite escapar y lo salva de
morir en manos de una “justicia ciega” (“an innocent victim of blind
justice”). El fugitivo se cambia de identidad (nueva mascara) y huye de
la policía. El fugitivo es un doctor honorable/convicto, un
perseguido/liberado, etc. Es decir, es el correcto ciudadano que realiza
el sueño de la clandestinidad, la dualidad que está en la fundación
misma de Estados Unidos: la legalidad y la desobediencia, la justicia
propia e irracional del oprimido y la justicia formal, “políticamente
correcta” del opresor. También así está el accidente providencial, real
o imaginario, como la tormenta que cambia el rumbo y el destino de los
peregrinos del Mayflower en 1620.
La creciente secularización
que sigue a la revolución francesa y a la revolución industrial (Eric Hobsbawm)
significó una lucha contra los poderes teocráticas que dominaron las
sociedades occidentales. Pero al mismo tiempo el vacío es ocupado por
una naturaleza científico-tecnológica que suplanta la antigua función de
las iglesias en la articulación de un discurso mítico de las mismas
sociedades. Superman siempre aparece del cielo cuando la víctima lo
necesita —en ocasiones la víctima ruega su ayuda—, lo cual es un claro
sustituto de Dios, sobre todo del Dios del Antiguo Testamento que
promete justicia aquí en la tierra, no en el más allá de cristianos y
musulmanes.
Nota
del editor
La novela de David Goodis Dark Passage (1946) fue
adaptada por primera vez al cine en una película de Delmer Daves con
Humphrey Bogart y Lauren Bacall en 1947, antes de inspirar las seríes
El Fugitivo, con David Janssen (1963-1967) y Tim Daly (2000-20001),
así como la película homónima con Harrison Ford de Andrew Lewis (1993)
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