Memoria. Sentidos y
conciencia de Gamoneda
Ramón Pedregal Casanova
UCR
1 de Julio
de 2009
Antonio
Gamoneda, ejemplo de gran poeta, muy por encima de los premios que se
han añadido a su nombre y a su historia, nos descubre en “Un armario
lleno de sombra” lo que hay oculto en lo oscuro hasta la edad de sus 14
años. En las primeras líneas nos advierte que la vejez avanza dejándole
zonas del pasado en un silencio intelectual y, que está aprendiendo a
reconocerla. Ahora bien, con este libro el lector dispone de una
multitud de recuerdos fruto de los sentidos, recuerdos que va a hacer
suyos a causa de la narración tan próxima que consigue formarnos un
pensamiento sobre el mundo y lo acontecido, una conciencia clara de la
vida, de la carne y la sangre que hacen a las palabras con las que el
autor ha conformado su punto de vista, sobre lo que el poeta es en
poesía, y sobre cómo atender lo que le queda.
“Recuerdo…”; “Veo…”; “escucho…”; “Huelo…”; “Me llega…”; “Vienen…”; y
termina diciendo “Recuerdo…”; es un recorrido poético realista que ajeno
a todo dramatismo busca la objetividad mayor. Su lenguaje, parece
escogido entre lo común pero esta filtrado de luces que hacen de su
exposición una mano que escribe en nuestra conciencia. “Un armario lleno
de sombra” es autobiografía; Gamoneda llega hasta la edad de la
construcción de los pilares personales.
El libro
no se extiende sobre la vía cronológica si no sobre acontecimientos
fundadores y el primero de ellos se sitúa más allá de los 14 años,
diríamos que es un homenaje: su madre muere en silencio mientras él le
da de comer. Situados en un estado primero de realidad, sin que el golpe
se nos muestre escandaloso, nos ha mostrado el final de la vida de quien
le hizo y le dio. Ahora nos va a llevar a lo que fue su infancia y su
pubertad.
Nacido en
Oviedo en 1931 –año republicano- de padre poeta y periodista y madre que
inmediatamente enviuda y tendremos siempre delante trabajando, siempre
quiere decir aquí casi tantas horas como tiene el día, vivió estos su
primeros años muy pobremente. El padre les dejó un libro escrito y
algunos otros de autores como Rubén Darío y Valle Inclán, que cuando él
aún no tenía conciencia del mundo, debieron inyectarle la semilla del
lenguaje poético. De sus recuerdos el primero, vago, huidizo, es el
encierro que le proporcionaron sus primos en un armario, un juego de
niños, donde los olores, el tacto de las ropas, el silencio, la
oscuridad misma, todos eran signos junto a una sensación de sueño
fantástico. Vivencias que volverá a sentir a la muerte de su madre. Se
cierra el círculo.
A lo
largo de esos años de formación, hasta 1945, junto a la amistad
encontrará cuerpos humanos en charcas y campos, fusilados, y los
formulismos de los registros fascistas: “… falleció a consecuencia de
parálisis cardiaca”; también recordará epitafios y consignas de los
republicanos escritas en las trincheras descubiertas con los juegos.
Un acto
repetido que se le graba siendo muy niño en León, viviendo cerca del
penal de San Marcos, es el paso de los presos republicanos atados por
las muñecas de tres en tres, y a una mujer que “salía con un serillo de
naranjas y, sin cuidarse de los vigilantes armados, las iba repartiendo,
con alguna dificultad para entregar las que correspondían a los
maniatados centrales, hasta que el serillo se vaciaba. Algunos de los
presos, con una alegría no sé si heroica o inconsciente, le decían
“guapa”, “camarada” o frases amigas que no recuerdo.
Las
naranjas se agotaban pronto. La mayoría los presos, que se iban sin
naranja, pasaban delante de ella mirándola de una manera fija que no
significaba nada. En una ocasión, la mujer, antes de desaparecer en el
portal de su casa, pateó, llorando el serillo vacío”.
En esos
años, su madre y él, dependían de las cartillas de racionamiento; si no
podían pagar los cupones quedaban prisioneros del hambre, en la
desesperación y en la esclavitud de la Caja de Ahorros con los empeños
de lo poquísimo de que disponían. La pobreza hizo imposible que Antonio
asistiese al colegio, y tuvo como profesora a una vecina que le dictaba,
le enseñaba las reglas ortográficas, la tabla de multiplicar, y le ponía
láminas de caligrafía. En esa infancia dura se encuentra con los
tocamientos de un adulto y con la primera visión, que le desconcierta
eróticamente, de los pechos de una mujer. De modo más tranquilo hallará
los juegos infantiles en el campo en torno a su casa y pasará los
periodos de enfermedad durante los cuales las ensoñaciones febriles y
los sentimientos profundos hacen que olvide momentáneamente la
circunstancia en la que está inmerso; irrumpen, con ilusión, las
canciones y los juegos infantiles, capaces de reunir para compartir,
generadores de riqueza humana. Entonces Gamoneda mira la situación
actual de la infancia, abandona su relato y denuncia: “… Han sido
anuladas por las televisiones y las emisoras de radio. En la vida de los
pequeños y pequeñas, ahora está presente también un automatismo lúdico,
programado y tecnificado para crear la adicción a una bastarda
juguetería. Esto es algo que lleva consigo gravedad; se trata de la
sustitución de un hábito estético por una escueta y pasiva y vacía
actitud receptiva. En todos los casos hay eliminación de actividad
creativa y anestesia de la sensibilidad. Ambas en niveles necesitados de
imaginación, son aniquiladas por las estrategias del consumismo, el
sucio soporte de las democracias que, se advierte fácilmente, está (aquí
ya no hablo de los niños) disolviendo también, consciente o
inconscientemente, me da igual, el pensamiento y, con él, la presencia
de las ideologías”.
Las
relaciones de la madre en la ciudad de León formarán parte de una
estrategia de protección familiar; con su trabajo de costura para
familias franquistas podrán comer, pero tendrá que tragarse el
pensamiento solidario más elemental. Alimentar los braseros en los
inviernos que hacían carámbanos como “la pierna de un hombre
corpulento”, terminar las búsquedas de un baso de leche para su hijo
sacrificándolo todo, esto le hará recordar al hombre y nos contará lo
que él relaciona con su estatura: “ayudado por el calcio de posguerra
que mi madre me proporcionó: cáscaras de huevo y huesos porosos que
calcinaba en las brasas y molía, haciéndome tomar el resultado con la
ayuda de una cucharada de miel”.
Y llegó
el bachillerato en un colegio de curas donde el de matemáticas “se
masturbaba en clase por debajo de los hábitos,…” otro cura “… terminó
montándome sobre sus rodillas, introduciendo sus manos por la pernera de
mis pantalones cortos y palpando…” En la pubertad Antonio Gamoneda fue
un muchacho impulsado a la rebeldía de muchos: apedreamiento de casas
ricas, maltrato a una perrita, maltrato que en su conciencia dejó una
cicatriz profunda como podemos leer en su magnífico libro “Esta luz.
Poesía reunida”, también, de forma clara, en la medida moral, en la
formación ética, dejó su huella el resultado de la sustracción de alguna
peseta a su madre y a su abuela; habiendo sido casi descubierto, en
soledad, se avergüenza de lo hecho y llora al reconocer el estado de
pobreza por el que pasan. Y también la pobreza en esa edad tan dura le
castigará de la mano de otros con más medios materiales: se verá
acribillado por las burlas de los demás chicos al descubrir que calza
unos zapatos de mujer, zapatos de su madre, que en su falta de dinero le
había arreglado buscando adaptárselos.
El poeta,
que cuenta su infancia y pubertad, nos describe el momento en que su
conciencia se transformó, adquirió un conocimiento de clase que le iba a
seguir formando y le daría la visión del mundo sobre la que construirse:
el accidente laboral de un obrero “hercúleo”, nos dice, y la paliza
brutal que le dan, a él, unos falangistas por el simple hecho de
cruzarse en su camino, … Jovencísimo y ya se ha formado una idea de los
peligros que le acechan, de la realidad en la que vive.
A
continuación encontramos dos historias construidas con meticulosidad: la
de Negus, ex guerrillero que trabaja gratis de guarda, el patrón se
aprovecha de su situación, el mismo al que después de 15 años encontrará
en Cuenca trabajando con documentación falsificada, “Permanecía en la
clandestinidad, afiliado al Partido Comunista”; y el segundo relato, el
que trata del desenterramiento de los restos de su padre para
depositarlos en un nicho y antes recuperar de entre los huesos fundas,
puentes, piezas dentales de oro, de su procreador tras esquivar a los
picaros enterradores, para que su madre dispusiese de algo de valor con
lo que arreglarse la dentadura. Los dos relatos, brevísimos, de gran
intensidad, están construidos con organización clásica, exposición
realista y objetividad esencial. Por las últimas líneas sabemos que el
mismo día que cumplió 14 años empezó a trabajar con una jornada de 15
horas, de 5 de la mañana a las 20 horas de la tarde en un Banco, el
sueldo era mísero. Contrato basura. Años después, cuando llegó a ganar
algo más de dinero, hizo que su madre vendiese las máquinas de coser.
Las
sombras del armario se han ido disipando.
Entre los
recuerdos y las reflexiones hallamos una de éstas sobre el aprendizaje
poético que tuvo, lo hizo sobre todo con el libro de su padre, “otra más
alta vida”, y nos habla de la “revolución poética”, para ello recupera
“Función de la poesía y función de la crítica”, de T.S. Eliot, y de allí
hace suyas unas palabras: “Poesía es aprehensión sensible y directa del
pensamiento”. “Aprehensión sensible”, dice, “no es, desde luego,
equivalente a razonamiento o reflexión. La poesía nace de un saber
desconocido y, …, crea,…, una realidad que, …, es … conocimiento del …
saber desconocido.” Como al poco de empezar recordaba a su padre poeta
para hablarnos de poesía, termina diciendo: “… considero imposible que
con la muerte de por medio, pueda darse una relación más real entre un
padre y un hijo que la que aconteció en mi infancia”.
Antonio
Gamoneda nos sigue enseñando.
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Título:
Un armario lleno de sombras.
Autor:
Antonio Gamoneda.
Editorial: Galaxia Gutemberg.