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Alfonso Sastre y la Utopía

 
Vicente Romano

UCR 7 de Octubre de 2009


I. Orígenes

El calificativo de “utópico” se suele emplear  en sentido negativo:  como algo irreal, quimérico, mítico, ilusorio, irrealizable, ideal, visionario, etc. Una persona utópica sería alguien ingenuo, ciego a la realidad. El diccionario de la RAE , sin embargo, matiza esta irrealidad de la utopía al definirla como “plan, proyecto, doctrina o sistema optimista que aparece como irrealizable en el momento de su formulación”. En su etimología griega, u-topos designa el “no lugar”, todavía inexistente, al que se llega transcendiendo el existente. En suma, lo que debe ser y no es, la sociedad alternativa, el futuro posible, el principio de esperanza.
[1]

El termino utopía está con nosotros desde que Tomás Moro lo acuñó en su novela homónima de 1516. Desde entonces se define e interpreta de formas muy diferentes. En literatura, historia, filosofía y sociología, la utopía se vincula a la imagen de una sociedad ideal, de un mundo mejor, contrafigura del actual. En un sentido amplio, un estado de paz, bienestar y felicidad. La utopía social como estado deseable está presente en toda la historia de la humanidad. En su origen estuvo vinculada al mito de la Edad de Oro, del Paraíso o del Edén, por ejemplo.

La filosofía llegó incluso a desarrollar elaborados modelos alternativos de sociedad. Ejemplos del pensamiento utópico no faltan. Y estos modelos de sociedad mejor se han proyectado tanto hacia el pasado como hacia el futuro. Para la Antigüedad clásica se destaca muy en particular la Atlántida de Platón o el relato utópico de Yambulo y su Ciudad del Sol, que contiene tantos rasgos comunistas, fuente de inspiración de Campanella y Moro.
[2] Los relatos utópicos abundan también en la cristiandad europea, como el de  Agustín, obispo de Hipona,  o el del monje irlandés Brendán. Al final de la Edad Media, las ideas utópicas se encarnaron en movimientos revolucionarios como el de los husitas en Bohemia o el de  los anabaptistas en la comuna de Münster (Westfalia) en 1534.

Ya más próximos a nosotros, varios representantes de la Ilustración desarrollaron proyectos  de sociedades alternativas, a las que se les da ya el nombre de socialismo. Furier, Cabet. Babeuf, Owen. Sant-Simon, etc., son sus más destacados representantes.  Poco después, este grupo de idealistas recibieron de Marx y Engels el calificativo de “socialistas utópicos”. 


II. Socialismo utópico vs. Socialismo científico

Marx y Engels entendían por “socialismo utópico”  las concepciones  del cambio de sociedad que no se basan en el análisis científico del desarrollo sociohistórico. Pero lo consideraban, no obstante, una de las fuentes del socialismo científico y del comunismo. Engels lo explica así: “Sus teorías incipientes no hacen más que reflejar el estado incipiente de la producción capitalista, la incipiente condición de clase. Se pretendía sacar de la cabeza la solución de los problemas sociales… Tratábase, por eso, de descubrir  un sistema nuevo y más perfecto de orden social, para implantarlo en la sociedad desde fuera, por medio de la propaganda, y a ser posible, con el ejemplo mediante experimentos que sirviesen de modelo. Esos nuevos sistemas sociales nacían condenados a moverse en el reino de la utopía; cuanto más detallados y minuciosos fueran, más tenían que degenerar en puras fantasías”.
[3]  Y más adelante afirma: Pero los cambios sociales no hay que buscarlos en la cabeza de los seres humanos “ni en la  idea que ellos se forjen de la verdad eterna ni de la eterna justicia, sino en las transformaciones operadas en el modo de producción y de cambio; han de buscarse no en la filosofía, sino en la economía de la época de que se trata”.[4] Y en una obra posterior vuelve a insistir en que “los utópicos eran utópicos  porque no podían ser otra cosa en una época en que la producción capitalista estaba aún tan poco desarrollada. Estaban obligados a construir los elementos de una nueva sociedad sacándolos de su cabeza, porque estos elementos todavía no eran generalmente visibles  en la vieja sociedad… Tenían que apelar a la razón porque no podían apelar a la historia coetánea.”[5]

Para los clásicos del marxismo, la implantación del socialismo científico, de lo que se ha venido en llamar la “utopía comunista”, se efectuará “el día en que las fuerzas productivas de la sociedad moderna se sometan al régimen congruente con su naturaleza, por fin conocida; la anarquía social de la producción dejará el puesto a una reglamentación colectiva y organizada de la producción acorde con las necesidades de la sociedad y del individuo … “ Cuando llegue ese día, concluye Engels, “cesa la lucha por la existencia individual y con ello, en cierto sentido, el hombre sale definitivamente del reino animal y se sobrepone a las condiciones animales de existencia, para someterse a condiciones de vida verdaderamente humanas. … La propia existencia social del hombre, que hasta aquí se le enfrentaba  como algo impuesto por la naturaleza y la historia, es a partir de ahora obra libre suya. Los poderes objetivos y extraños que hasta ahora venían imperando en la historia se colocan bajo el control del hombre mismo. Sólo desde entonces éste comienza a trazarse su historia con plena conciencia de lo que hace. Y, sólo desde entonces, las causas sociales puestas en acción por él, comienzan a producir predominantemente y cada vez en mayor medida los efectos apetecidos. Es el salto de la humanidad del reino de la necesidad al reino de la libertad”.
[6]

Así que Marx y Engels derivan su utopía comunista de las leyes históricas, del materialismo dialéctico. Sin embargo, ni Marx ni Engels desarrollaron su concepción de esta sociedad del futuro. Apenas la esbozan en La ideología alemana, donde dedican algunos párrafos a su visión del comunismo. 


III. La Revolución de Octubre de 1917
[7]

Los pensadores que precedieron a la Revolución de Octubre fueron descendientes legítimos de la Ilustración y de los grandes filósofos alemanes.  Mientras el mundo se veía sacudido por el horror de la agresividad y violencia capitalistas,  manifiestas en las guerras coloniales y civiles, los intelectuales rusos se dirigían a una sociedad con un 70% de analfabetos anunciando el reino de la libertad tras el terror. 

Tras la derrota de la Comuna de París (18  marzo a 28  mayo de 1871), fueron los revolucionarios rusos los que, con Lenin a la cabeza,  intentaron implantar la utopía socialista en Rusia. La Revolución de Octubre de 1917  fue el primer ensayo que se ha hecho en la historia de  establecer en la tierra una organización social que garantizaba a todos alimentación,  educación, asistencia sanitaria y trabajo. ¡Ahí es nada! Y , a pesar de todos sus defectos y agresiones constantes, el ensayo se mantuvo durante 75 años. Baste recordar, por ejemplo,  los ejércitos de 18 naciones que acosaron a la URSS nada más crearse, o los  20 millones de muertos y  la destrucción de mil ciudades a consecuencia de la política nazi de tierra quemada durante la II Guerra Mundial.

El pueblo tenía que aprender a leer. Lenin consideraba que el ABC era la premisa de toda política. De ahí la consigna que figuraba a la entrada de las escuelas infantiles: “Aprended, aprended y aprended”.  Ninguna política puede basarse en componendas, prejuicios, cotilleos y rumores. Sin el ABC no podían reconocerse  los hechos reales, no se podía comprender la única continuidad histórica que, como marxista, él reconocía, a saber: la economía. Entendía, como Marx medio siglo antes, que las artes fomentaban el conocimiento, la  ampliación de la conciencia según  Ch. Caudwel, activando así el proceso civilizatorio, contribuyendo a salir del reino de la necesidad para entrar en el de la historia. Poetas y pintores, directores de teatro y publicistas de todas direcciones se pusieron manos a la obra. Meyerhold llevó a la escena  los productos de la técnica moderna, Eisenstein colocó el cine en el movimiento histórico  y Lunatcharski tomó las riendas de la “revolución cultural”. Sin embargo, su ingente productividad y creatividad tenía que colisionar con el principio leninista allí donde las artes y las ciencias hacían valer su propia continuidad y  autonomía en vez de entenderse como meros reflejos de la economía.

Fue una discusión inútil. Gorki, Zamiatin, Mayakoski y  otros muchos espíritus sensibles sufrieron bajo la irracionalidad del dogmatismo. Que la historia económica sea o no la única continuidad histórica, no basta ante el hecho real de la revolución científicotécnica de la vida. Las artes, que se corresponden con las correspondientes fases del desarrollo económico, son actividades cognitivas de todas formas. El arte es conciencia, no sólo se la imagina.
 

Los éxitos iniciales de la Unión Soviética llevaron a muchos a abrazar la “utopía comunista”, como Alfonso Sastre, que se autodefine como “comunista errático”, “intelectual malpensante”, “implicado en un proyecto utópico”. Con ella se intentaba responder a la cuestión del valor del individuo, de cómo puede realizarse el individuo en la sociedad socialista, de eso que empezó a llamarse el “hombre nuevo”, de las nuevas posibilidades, del nuevo margen que la sociedad socialista ofrecía al individuo. El placer de configurar, de ser configurador activo de las relaciones sociales, la cuestión de cómo puedo ser al mismo tiempo sujeto del progreso social, hacer avanzar la sociedad y desarrollarme en el universo de relaciones humanas. De suerte que ningún aspecto humano, ningún gran placer humano, ni el del los sentidos, ni el del cambio, ni el del pensamiento, que Brecht consideraba el mayor de todos los placeres humanos, quede sin desarrollar.


Para los jóvenes, la cuestión de la autorrealización en la sociedad socialista va unida al afán de organizarse ellos el mundo, y no sólo de aceptar, recibir, la sociedad socialista terminada. Actitud que se refleja en este poema de Volker Braun:

Kommt uns nicht mit Fertigen!
Wir brauchen Halbfabrikate!
Weg mit dem faden Braten –
 her mit dem Wald und dem Messer!
Hier herrscht das Experiment und keine falsche Rutine.
Hier schreit unsere Wünschen aus: Empfang beim Leben.
[8]


IV Las objeciones

 Como se sabe, las verdaderas revoluciones son las que impulsan la humanidad. La Revolución de Octubre, llamada también Revolución Bolchevique, fue así mismo el ensayo de crear una economía planificada, esto es, socialista, puesto que el capitalismo no es planificable.
Convenció a los socialistas y a otras personas progresistas de que una sociedad planificada podía aumentar significativamente las fuerzas productivas de una nación sobre la base de una industria socializada sin convertirla en  juguete de crisis, recesiones y coyunturas.

Pero los métodos no convencieron a todos. Unos propugnaban que el verdadero socialismo sólo podía establecerse en una sociedad libre y democrática. Otros afirmaban que socialismo y estatificación de la industria son inseparables de una burocracia reglamentadora de toda la vida. Aunque, por lo que respeta a la planificación, parece que hoy se amplía el campo de los progresistas que creen en su utilidad.
Entre los grandes defectos que se le achacan a la utopía socialista se destacan el de la burocratización y homogeneización de toda la sociedad. Con el fin de la lucha de clases se acabarían las clases y se establecería la igualdad, la uniformidad y homogeneización.

Pero, a mi juicio, el mayor error de la URSS, de todo el sistema del “socialismo europeo” del siglo pasado, radica en su insistencia por superar al capitalismo en producción de bienes per capita. El exponente ejemplar de esta política fue Nikita Kruchev, con su famosa declaración de que la Unión Soviética superaría la producción usamericana y, por consiguiente, enterraría el capitalismo. El afán productivista llevó incluso a la desviación del curso de los ríos que alimentaban el mar de Aral, con su consiguiente desecación y los tremendos perjuicios para la naturaleza y la economía de la región. Por los clásicos del marxismo sabemos que la producción capitalista está organizada para el beneficio de los pocos. De ahí que la producción socialista deba regirse por otros criterios.

El progreso no puede medirse por la cantidad de automóviles que se producen ni por la cotización de las acciones de la Bolsa. El criterio  de productividad, de desarrollo sano de una sociedad, no puede medirse por su mera capacidad de producir bienes per capita, ni por la densidad de estímulos sociales nuevos, sino por la repercusión  que tengan en el perfeccionamiento de la organización social y en la felicidad de los seres humanos.
[9] Y en esto nada tiene que ofrecer el capitalismo, como puede verse. Hasta un país pequeño y pobre como Cuba supera en educación sanidad, alimentación y trabajo para todos a otro tan grande y rico como los Estados Unidos de América, donde millones de personas carecen de asistencia sanitaria y millones de niños pasan hambre.[10]

EEUU ya no es la encarnación de la libertad y de la democracia, como esperanza de los no comunistas. EEUU sufre una crisis interna y externa que presenta rasgos fascistas. Se ha demostrado incapaz de garantizar un mínimo de nutrición y dignidad humana a  las crecientes masas de desvalidos en Asia, Africa y América, incluidos los propios EEUU.

Durante casi todo el siglo XX legiones de críticos, tanques pensantes e instituciones capitalistas dedicaron cantidades ingentes de dinero y esfuerzos a enumerar los lugares del mundo que podían recibir los impulsos de la Revolución de Octubre. Y allí donde los recibieron los pensadores dejaron el sitio a los militares para contenerlos o revocarlos.

Por otro lado, la conciencia nacional de los soviéticos se regocijaba con la idea de que la revolución mundial era una consecuencia de su propia actividad y de que el mérito del hundimiento del capitalismo y de todas las formas de dependencia era de la Revolución de Octubre.

El ejemplo soviético de una sociedad construida sobre la base de una industria socializada convencía, sobre todo, porque la Unión Soviética era una gran potencia con un la larga tradición histórica.  Pero a quienes no pudo convencer fue a los liberales  europeos y usamericanos.

Para los países  con democracias  representativas, el gobierno bolchevique no era muy diferente del despotismo zarista.  Pero, con excepción de China y los pueblos de Asia Central, los países enmarcados en el concepto de Tercer Mundo, particularmente los de Africa y América Latina, carecían de memoria histórica que vinculase la Unión Soviética con el imperialismo y colonialismo rusos. Ante los grandes éxitos de la planificación soviética,  no había, ni hay, nada más urgente para ellos que  proyectos  globales que  abarquen toda la sociedad y prometan éxito. De ahí el gran atractivo que tuvo, y sigue teniendo,  la Revolución de Octubre para estos pueblos.

Lenin odiaba el dolor como para considerarlo el destino invariable. Para él no era más que una lacra de la humanidad. Como Marx, que trabajó incansablemente para que llegase el día en que los seres humanos trabajasen menos. Quería erradicar la miseria del mundo.  La Revolución d Octubre  fue, junto a todo lo demás, una gran fiesta. Pero bajo Stalin volvió a expandirse el sufrimiento.
La racionalidad exige mejores condiciones materiales y aclaración del origen y el destino espiritual.
 


 

V La utopía cabalga

Sí, nos dice Alfonso Sastre, “la verdad es que la casa del ‘socialismo real’ estaba tan mal construida que no valía la pena poner más esperanzas en esa edificación.” Mas, frente a quienes proclaman la imposibilidad de la utopía comunista y el fin de las utopías con el colapso de la URSS y del “socialismo realmente existente”, Alfonso Sastre advierte de que hay que andarse con cuidado en esto de las utopías sociales, pues una utopía puede convertirse fácilmente en distopía, en un horror como el de la utopía nazi del III Reich. “Es preciso partir”, nos dice, “de que la utopía es una noción reivindicable sólo si la recuperamos tanto del campo de lo distópico, ahora recordado, como de los territorios de la mera fantasía que relegan la utopía a ‘lo imposible’, a lo metafísicamente imposible. Utopía es para nosotros -¿o no?- lo que no hay todavía, y sería deseable que lo hubiera, y es posible que llegue a haberlo por medio de una práctica revolucionaria de la imaginación dialéctica, y a pesar de las ideologías reaccionarias.”
[11]  Para Sastre, “el comunismo no es sino una carga enorme de liberación”, dice algo más adelante.

Ante los reproches de homogeneización propugnada e impuesta por los pocos grandes y poderosos, eso que se llama globalización, Sastre defiende apasionadamente la legitimidad de los muchos pequeños a autogobernarse, esto es, el derecho a la vida y a la riqueza espiritual. La sociedad sin clases comunista no estará exente de contradicciones, sino que producirá “una floración de diferencias nuevas y superiores en el orden cultural”, eso que Mao resumía en su metáfora del jardín con cientos de flores.

Lejos de morir, la utopía socialista renace con nuevos bríos al otro lado del Atlántico, donde siempre la ubicaron los utopistas europeos. Con el derrumbe y desmembramiento de la Unión Soviética y del “socialismo realmente existente” de los países de Europa Oriental, el sueño de otro mundo más justo y libre emerge de nuevo en América, que celebra ahora el bicentenario de sus independencias del colonialismo europeo. 

Ahí están la supervicencia de Cuba en medio del acoso y bloqueo usamericano, los esfuerzos revolucionarios de Venezuela, Bolivia y Ecuador por demostrar que el ideal de una sociedad socialista es realizable. Sí, otro mundo es posible reclamen cada vez más personas a lo largo y ancho del planeta tierra. Y, para ridículo del eurocentrismo, protagonizado por pueblos y culturas que Europa siempre ha menospreciado y, claro está, explotado. 

Se trata de lo que empieza a denominarse el “socialismo del siglo XXI”, una criatura recién nacida, todavía sin desarrollar. Pero ya empieza a dar sus primeros pasos . Un socialismo que, tras aprender de los errores de la Revolución de Octubre, se enriquece con las culturas y experiencias de todo un continente.

El concepto de “socialismo del siglo XXI”, acuñado por Hugo Chávez en Venezuela, carece aún de una elaboración teórica desarrollada.  Pero sus protagonistas, los pueblos y dirigentes venezolanos, bolivianos y ecuatorianos avanzan con paso firme y decidido hacia la concreción de la utopía socialista en sus países. “Nuestro proyecto”,  dice Rafael Correa, el presidente ecuatoriano, “se llama Socialismo del siglo XXI porque tiene coincidencias con el socialismo científico de Marx y Engels.” Y  empieza a trazar sus rasgos distintivos de esta revolución ciudadana. “Aquí”,  dice, “es el pueblo quien debe mandar, no el mercado. El mercado debe ser un buen siervo y no el amo. 

La economía de mercado ha enfatizado la creación de mercancías y su valor, sin importarle las necesidades del ser humano, ni cuál es el precio a pagar por el medio ambiente…La importancia de la acción colectiva es otra coincidencia con el socialismo clásico. Debemos superar la falacia del individualismo como motor de la sociedad… y a la competencia como modo de vida… Tenemos diferencias con el socialismo clásico… Debemos hablar  de principios y no de modelos. En esto el socialismo clásico fue prepotente y arrogante… Nos dieron catecismos. Y eso es un grave error. Debemos adaptarnos a las situaciones de cada país, sin modelos preestablecidos… Tenemos la gran ventaja y obligación de ir construyendo. No podemos dejar que aparezcan definiciones indiscutibles, los dogmas. No debemos perder la esencia de nuestra fuerza: la creatividad.”

Sí, la utopía socialista cabalga de nuevo por las llanuras venezolanas, el altiplano boliviano y la selva ecuatoriana.

Es la floración nueva de que habla Alfonso Sastre



 


[1] Véase, por ejmplo, Christopher Caudwell: “Utopismo”, en La agonía de la cultura burguesa, Ediciones ryr, Buenos Aaires , en traducción de Vicente Romano,  Buenos Aaires 2008, o Fernando Ainsa: La reconstrucción de la utopía, Correo de la UNESCO,  1999).

 
2 Cf. Rigobert Günther, Rreimar Müller: Sopzialutopiem der Antike, Leipzig 1987, Carlos García Gual, El relato utópico de Yambulo. Instituto Lucio Anneo Séneca 2006.

 
2 Cf. Rigobert Günther, Rreimar Müller: Sopzialutopiem der Antike, Leipzig 1987, Carlos García Gual, El relato utópico de Yambulo. Instituto Lucio Anneo Séneca 2006.

 

 
[3] Cf. F, Engels; Del socialismo utópico al socialismo científico, apartado I.

 
[4] Ibídem, apartado III.

 
[5] F. Engels: Antidühring, 3ª parte, Socialismo, epígrafe I, Historia.

 
[6] F. Engels: Del socialismo utópico al socilaismo científico, párrafos finales.

 
[7] Las ironías de l os calendarios religiosos ortodoxo y  católico hicieron  que el  25 de octubre de 1917  del calendario ortodoxo se correspondiera con el 7 de noviembre del calendario vaticanista. De ahí el nombre de Revolución de Octubre.

 
[8] No nos vengáis con lo acabado!/Necesitamos semiproductos/ Fuera el insípido asado/ - venga lo silvestre y el cuchillo!/ Aquí impera el experimento, no la falsa rutina. Aquí avanzan nuestros deseos:  recepción en la vida. (Traducción de Vicente Romano).

 
[9] Cf. Vicente Romano; Desarrollo y progreso. Por una ecología de la comunicación, Barcelona 1993,.

 
[10] Cf. Michael Parenti: Dirty Truths, 1996, entre otros muchos y  excelentes trabajos sob re la sociedad usamericana.

 
[11] Véase su trabajo “Los intelectuaales y  la utopía”, incluido en  Alfonso Sastre: La batalla de los intelectuales. Nuevo discurso de las armas y las letras, La Habana 2003.
 
 

 

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