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No consiento que se hable mal de Franco en mi

 presencia. Juan  Carlos «El Rey»   


 

Rosas rojas para Mercedes Sosa

 Ángel Escarpa Sanz

UCR   3 de Noviembre de 2009

 

 

       En menos de un mes han fallecido dos figuras de la canción, argentinos los dos, y sin embargo, qué diferencia entre ambos.

     En tanto Luís Aguilé – que quizás nunca pisó una comisaría si no fue para otra cosa que para renovar el DNI- ¿pasará? a la historia de la música como el triunfador de la música pachanguera y de las galas de las noches de los sábados en TV, junto con las Rafaela Carrá y los innumerables Georgie Dan; “embajador” por el mundo de Videla y de Galtieri con sus <<Dime>>, <<La Chatunga>> y todos esos temas tan “comprometidos” con los derechos humanos, para no ser menos que el Julio Iglesias de <<¡HEY!>>, el Raphael de <<Yo soy aquel>> y <<Escándalo>>, junto a todos aquellos que conocieron los dorados días de Viña del Mar, con actuaciones para los que celebraron el golpe fascista del general Pinochet, precisamente en el mismo estadio  donde poco antes se torturaba a Víctor Jara y a aquellos seguidores de la Unidad Popular, por no extenderme aquí en pormenorizada relación de nombres de artistas y dictadores; en tanto el grueso de la tropa se lanzará en tropel a adquirir una nueva recopilación de tan “insigne” artista, la figura de Mercedes Sosa, como Yupanqui, como Violeta, como Horacio Guaraní, junto a Silvio Rodríguez y Pablo Milanés, tiene la virtud de alzarse sobre la memoria de los pueblos, junto con los días de alegría del recital de Managua, en las horas sandinistas, para devolvernos los nombres de los hermanos cuyos cadáveres flotaban sobre el río Mapocho en las horas más trágicas del Palacio de la Moneda del setentaitrés: los nombres de los casi 2000 campesinos masacrados en la escuelita de Santa María de Iquique en 1907, que figuran en el Libro de la Memoria de todos los pueblos; los nombres de los asesinados en Puerto Mont aquel 9 de marzo de 1969, incluido el de aquel bebé de nueve meses; los de los cazados en las minas de la región de Junín, en el Perú de Ciro Alegría, de Manuel Scorza…; los nombres de Chico Mendes; los de los caídos en la Isla de Granada y los de los que cayeron en Sierra Maestra; los nombres de los empalados por los capitanes españoles que hoy se enseñorean al sol en las plazas públicas desde la lontananza de sus monumentos de acero.

        Junto con el paisaje andino, los alegres sones y el velado luto de la quena por tanta gente muerta violentamente desde la noche de los tiempos, la voz de esta argentina universal nos devuelve los nombres de los directores de cine latinoamericanos que alzaron sus voces contra las dictaduras y contra los excesos del Imperio: Sanjinés, Gutiérrez Alea, Patricio Guzmán, el Glauber Rocha de Antonio das Mortes, Aristarain... La canción de esta mujer se suma a las de Martí, Nicolás Guillén, Arguedas, El Indio Juan, el entrañable Quintín Cabrera, Saramago, Viglietti, Olga Manzano y Manuel Picón, al poema desbordado de ira de Pablo Neruda, el del “cholo” de Cajamarca que murió en París y con aguacero, las voces de Jorge Amado, de Benedetti y de Galeano, como azote para los tiranos, que todas las voces están aquí.

        Mientras las “cigarras” del sistema adormecen las conciencias de sus esclavos y los conducen hasta los templos del consumo para adorar a Moloch, la voz de Mercedes Sosa se alzará por siempre, como un clamor, allí donde un hombre sufra, allí donde un solo árbol peligre de ser talado por la ambición de otros, allí mismo donde una mujer sea asesinada, ya sea en Ciudad Juárez o en Móstoles.

         Allá otros que glorifiquen los goles de Pelé, Di Stéfano o de Maradona; los tangos de Gardel, los boleros de Lucho Gatica y de Alejandro Manzanero, la “gloria” de los generales de las Malvinas… yo me quedo con la canción de <<La Negra>>.

        Las venas de América permanecen abiertas desde que el hombre blanco desembarcó en El Dorado para saquear sus minas de cobre, plata y tungsteno; en el interior de las olvidadas cuencas vacías de los hijos de Pedro Páramo crece la hierba y la cintura mineral del Continente americano permanecerá en el luto mientras las cosechas de armas MADE IN USA acechen a sus puertas, pero la bandera de Roque Dalton no volverá a la sombra de los arcones en tanto un hombre o una mujer canten una vez más el TODO CAMBIA de Mercedes Sosa.

         Una misa por todos los que cayeron, victimas de las balas o del hambre de pan y de justicia. Una misa oficiada por Monseñor Romero, por Ernesto Cardenal y Camilo Torres, vestidos todos de guerrilleros, y para ésta, un cáliz, fundido con el acero del yelmo de don Quijote, que contenga todas las sangres de América, desde la de los inútilmente sacrificados a los dioses de Tenochitlán hasta la del guerrillero que cayó en Bolivia frente a los “rangers” de Barrientos; un cáliz donde se confundan las sangres de los que construyeron la Muralla China y aquella otra de los que defendieron las puertas del Madrid del treintaiseis. Un cáliz donde se desborden las sangres de aquellos esclavos que levantaron las pirámides del antiguo Egipto, mezcladas todas con el sudor de los que cayeron en la construcción del Valle de los Caídos, los que perecieron escupiendo sangre en las Minas Gerais y en las Mining Company. Todas las cosechas de sangre obrera sobre la tierra, incluida la del ejecutado en los fríos calabozos del estalinismo de mil novecientos treintaisiete; la sangre de Julián Grimau, de Agustín Zoroa de Vías, de Manuela Sánchez, de Seoane… sumada a las de los mártires de Chicago y las de Sacco y Vanzetti, la de los compañeros de la Comuna de París, la del que cayó en la selva combatiendo a Legazpi, a Pizarro y a Lope de Aguirre y desde entonces abona la tierra con sus huesos. Un cáliz que se eleve hacia la luz de las alturas de Macchu Picchu, en memoria de todos ellos y de los que aquí no menciono, y en memoria eterna para quién se vistió de árbol frutal y, ya pueblo llano, semilla desde entonces, fue la CANCIÓN DE LOS DESHEREDADOS DE LA TIERRA.

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 Ángel Escarpa Sanz  Islas Canarias Octubre 2009

 

 

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