Francisco Marco
Merenciano, católico y falangista, decía que la locura era
un castigo por el “pecado que por su naturaleza llevarás al
castigo de la imposibilidad de arrepentimiento”, con lo que
la “locura” era incurable. La solución: convertir al “loco
rojo” en católico.
En otra vertiente
de sus explicaciones, el psicoanálisis, la obra de Freud
estaba prohibida por considerarla subversiva, liberaba “las
bajas pasiones”, y cuando finalmente reeditaron la obra del
fundador de la psiquiatría moderna, lo hicieron con una
introducción condimentada para “cristianos”. Vallejo Nájera
declaraba: “el pueblo español profesa en su mayoría el
catolicismo, y es la primera de las condiciones de nuestra
psiquiatría que no contradiga el dogma y la moral católica”.
El mandato divino franquista era articular una psicoterapia
que tuviese como objetivo la obediencia del paciente al
poder establecido, psicoterapia, que la llamaban española,
con la que pretendían hacer volver al “enfermo” a lo que
denominaban bases antropológicas, para arreglar el problema
mental había de disponer el alma en el camino “hacía Dios
del que nos aleja el pecado y nos acerca la Gracia;…”
González Duro se pregunta ante este panorama: “¿la
psicoterapia debía quedar en manos de los médicos o de los
curas?”.
Calificando como
enfermo psíquico a quien no obedece a los postulados
católicos y falangistas se formó en las universidades a las
generaciones de psiquiatras que vendrían después, de este
modo, los “tratamientos” más bárbaros fueron posteriormente
justificados. Enfermos mentales, mendigos, vagabundos y
represaliados políticos que pasaban por las manos de
semejantes asesinos sufrían sus torturas. Aun así no dejaba
de haber respuesta, Enrique González Duro nos recuerda una
de ellas: “Se dio en Miraflores (hospital psiquiátrico) la
curiosa circunstancia de que desde 1942 a 1949 fuese su
administrador el jefe del Comité Regional del Partido
Comunista en la clandestinidad. Aprovechándose de su cargo,
facilitó la fuga de buen número de republicanos condenados a
muerte, que habían pasado de la cárcel al manicomio”.
De los escritos de
ésta clase de “psiquiatras”, González Duro nos expone los
tratamientos que aplicaban, terroríficos hasta el punto de
que algunos de estos verdaderos locos “psiquiatras” como
Ramón Sarró, Solé Segarra, Marco Merenciano, Vallejo Najera,
López Ibor …, dejaron constancia escrita de lo que aquellos
a quienes trataban les rogaban a gritos “llorando para que
no le inyectemos –Cardiazol- invocando la memoria de
nuestros padres y nuestros hijos”; el Cardiazol causaba tal
estado que llevaba al inyectado al borde de la muerte; y si
no era el Cardiazol era el electrochoque, que el doctor
González Duro denuncia que aún sigue empleándose, a pesar de
los avances en psicofarmacología. ¿Qué queda de la
psiquiatría falangista y católica en España? Esta pregunta
que hago me recuerda un título de Enrique González Duro:
“¿Qué queda del franquismo en España?” Pero los tratamientos
de estos doctores asesinos no se reducían al Cardiazol y al
electrochoque, sino que aplicaban también la provocación del
coma hipoglucémico; el choque acetilcolínico; la
carbonarcosis; el bombeo espinal, …, y llevaban a cabo
intervenciones neuroquirúrgicas (lobotomía, leucotomía,
etc). Sus centros de encierro eran las casas de los horrores
católicos y falangistas, donde se llevaban a cabo prácticas
empleadas por los nazis. El pecado cometido quienes sufrían
semejantes atropellos devenía de su conducta social. El
trastorno que podían sufrir algunos provocado por la guerra
y sus consecuencias no figuraba entre las causas a tener en
cuenta. El terror buscaba reconvertirlos en católicos fieles
al orden fascista, orden que despreciaba tanto las causas en
los “enfermos” como “el desarrollo psíquico” que llamaba
López Ibor. El único objeto del estudio de la psicopatología
fenomenológica que empleaban “no era (para) conocer mejor al
paciente, sino para diagnosticarlo mejor”, declaraba el
psiquiatra falangista y católico; él mismo decía “que no
había motivaciones para los síntomas psiquiátricos, ni
siquiera para los simples actos humanos”, todo era físico,
hasta las neurosis, de ahí que la intervención se llevase a
cabo físicamente.
En contra de Freud
también asumieron estos psiquiatras terroristas el
existencialismo germánico, que era según Sarró “un retorno a
la tradición secular en la teoría del hombre…”, con ello se
recogía la concepción pesimista de la existencia, de pie
metafísico y sin conflicto con la realidad, pero en este
caso se recurría a la subjetividad como solución ante el
desastre de la posguerra, con lo que los análisis, apartados
de la realidad, llegaban a conclusiones abstractas, a
especulaciones teóricas y meras exposiciones retóricas. Toda
su acción estaba dirigida contra quienes eran calificados de
“psicópatas antisociales” para luego ser separados en campos
de trabajo hasta lograr su readaptación social: “Y sobre
todo procuraremos por todos los medios a nuestro alcance una
regeneración fundamental de la Raza … Regeneración que debe
ser somática y mental. A la Raza …no puede exponérsela a que
degenere por no ejercerse sobre el medio ambiente social de
la posguerra una purificación física a fondo”.
A todo esto, la
iglesia católica tenía hambre de figuración y mientras los
internos se morían de hambre física y enfermedades curables
sin tratar, por ejemplo en el manicomio de Salt (Gerona) el
obispo se llevaba el dinero para la reconstrucción de la
capilla donde quería oficiar las misas; mención aparte se
merece el que en su objetivo de “reeducación” para hacer
retroceder al mundo cabía una práctica más: volver a las
corporaciones de beneficiencia del siglo XVIII.
Pero volviendo al
estado social que implantaron los falangistas y católicos,
nos encontramos con que dio como consecuencia la
multiplicación del número de ingresos psiquiatricos, y la
teoría del “virus marxista” se hundió, fueron dejando de
propagarlo de tan inverosímil como resultaba. Ante el
aumento constante e imparable de los ingresos de presos
políticos, mendigos, vagabundos, familias sin casa ni
porvenir, y gentes que se trastornaban a consecuencia del
estado al que dieron lugar, crearon el consultorio privado,
abandonando a quienes por desgracia caían en los “manicomios
públicos”; las eminencias falangistas y católicas hicieron
un negocio con la locura que surgía en las familias
pudientes, dando a esos enfermos un trato más considerado en
base a su postulado católico: “Allí donde falta la fe, donde
hay una ausencia de Gracia, no puede haber solución; es
decir, conformidad y consuelo”. Desde tal principio negaban
toda responsabilidad y se burlaban de los avances de la
psiquiatría en Francia o Inglaterra entre otras cosas con la
vida fuera del psiquiatrico, declarando, como López Ibor en
1955, que aquí la familia (¿?) asistía a los enfermos y por
tanto esos casos estaban resueltos.
Antes de concluir
es necesario que señale cómo a lo largo del libro, dedicado
en una primera parte al análisis de las circunstancias
históricas de las y los defensores de la República tras el
golpe de Estado y en el desarrollo de la guerra, González
Duro explica, y hace aportaciones muy significativas,
algunos conceptos utilizados por los asesinos de Lesa
Humanidad como aquel con el que tildaban a los republicanos:
“rebeldes”; cuál es la operación mental que emplean en ello,
su posicionamiento histórico y el por qué de la llamada
reeducación del pueblo bajo los preceptos que ya se han
expuesto.
Finalmente,
González Duro homenajea a los republicanos que padecieron y
murieron bajo el franquismo a manos de estos criminales, y
nos recuerda la importancia, para la Historia y la Memoria
Democrática, de la recuperación de todos los datos posibles
de ese periodo nefasto para liberar la inteligencia, y cómo,
sólo así romperemos el silencio hecho de miedo e ignorancia
bajo el que católicos y falangistas, han enterrado los
Derechos Humanos, y afirma que con ello crecerá la
perspectiva republicana.
Un libro
impactante, magnífico, que impulsa la necesaria ampliación
de la conciencia social del lector.
-------------------------------