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'El río de la luz'. Javier Reverte, tras las huellas de Jack London por Canadá y Alaska

Isabel Urrutia

El Correo Digital  15 de Octubre de 2009

 

En el fondo es un niño. Basta con mirarle a los ojos y oírle hablar. Se enciende como una bombilla. Es vital, divertido y lleno de sueños por cumplir. «Es verdad, es verdad... Me gusta recuperar aquella época de la infancia, cuando tienes la sensación de que tu vida y el mundo son eternos. Y te digo más: si no pienso demasiado, me lo creo. ¡Cada vez me cuesta menos pensar como un crío!», confiesa Javier Reverte, con un volumen de su nuevo libro encima de la mesa. Tiene 520 páginas y se titula 'El río de la luz, un viaje por Alaska y Canadá' (ed. Plaza & Janés). A pesar de las apariencias, es ligero como las hojas de abedul americano. «Ja, ja, no, no es nada pesado. Es alegre. Alguno habrá que piense que la alegría no es literaria. Pero, oye, ¡me da igual!».

Tras las huellas de Jack London por Canadá y Alaska

Javier Reverte

Después de las amarguras de sus otros viajes y, sobre todo, de la malaria que pescó en la Amazonia, ya tenía ganas de cambiar de aires. «Tanto trópico, tanto sur, tanto bicho y enfermedad... Intuí que me vendría bien el norte». La jugada le salió redonda: los 750 kilómetros de navegación por el río Yukón y el regreso a Europa en un carguero le han cargado las pilas. Sobre todo porque el objetivo de esta odisea, que se alargó tres meses, era revivir las historias de los buscadores de oro de Jack London. Eso redoblaba sus energías.

«Devoré los libros de London a los 13 años. Lo tienen catalogado como de serie B pero ya pueden decir misa. Es un creador de primera magnitud, un excelente ejemplo de la mejor tradición americana», asegura con firmeza. Tiene clarísimo que no se le puede encasillar como escritor juvenil. La soledad, el suicidio y la pobreza forman parte de su temas habituales, «y al igual que Hemingway, Cervantes, Camus, Homero y Shakespeare rebosa pasión por la vida». Eso le encanta.

Salvando las distancias, se considera miembro del club, «alguien que también se lanza a la piscina». Así se explica que no le faltara aliento para remar «trece días» a lo largo del río Yukón. Sin necesidad de cursillos previos, ni entrenamiento, ni dieta especial. «¿Para qué? Todo está en el alma. Si quieres algo, lo consigues». No le pesó tener 61 años. Es más, cumplió 62 al final de la travesía, con el corazón contento y buena compañía: los seis compañeros de la expedición que le acompañaba «tuvieron el detalle de regalarme una gorra de béisbol y hasta soplé una velita».

Le brillan los ojos de sólo recordarlo. Dice que se sentía orgulloso de sí mismo y más cercano que nunca a Jack London. «Pues sí, es que él recaló, a finales del XIX, en una isla cerca de allí, sin oro ni fortuna pero con un montón de historias que le harían rico». Nunca se sabe dónde saltará la liebre. Por eso Reverte siempre está ojo avizor, a la caza de temas y con la libreta en el bolsillo.

-¿Qué queda del escritor que debutó en 1973 con 'La aventura de Ulises?

-Pues todo. Y no pienso cambiar.

 
 

 

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