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Pequeña memoria recobrada. Los libros infantiles del exilio del ’39 (I)

Julio Castro

laRepúblicaCultural.es

 

Pequeña memoria recobrada.  Portada del libro.
Edición de Ana Pelegrín, Mª Victoria Sotomayor y Alberto Urdiales
Editorial: Ministerio de Educación y Cultura
Páginas: 310
Encuadernación: Rústica
Medidas: 24 cm. Idioma: Español
ISBN(13): 9788436945928

Muchos aspectos de la literatura han sido tratados en el contexto de los géneros, la temática, los autores o incluso de la historia y teniendo ésta como marco general. También es cierto que la II República Española, como contexto de la época más brillante del recorrido histórico de nuestro país, ha ofrecido una notable oportunidad para el estudio de los fenómenos literarios, de sus influencias y de su significado sociológico en el entorno de aquellos años, como también el desastre que supusieron para la cultura aquella tragedia que el golpe de los fascistas, asestaría a España sin, hasta hoy, ninguna posibilidad de atisbo de luz en su recuperación.

Sin embargo, un trabajo poco común vino hace unos meses a ilustrar el mundo de la literatura desde diferentes perspectivas, que en realidad responden a la visión poligonal del conjunto, cuando una labor de décadas llevada a cabo por varias autoras y autores, encabezad@s por Ana Pelegrín, por fin pudo plasmarse en la edición y publicación de un muy interesantes volumen que, en mi opinión, es un imprescindible para comprender un largo período y un compendio de valores de los que, a lo largo de décadas, fueron privados los españoles, especialmente los más jóvenes, y cuya obra de conjunto habría conseguido sin duda, convertir a este país en la punta de lanza de la cultura y de una nueva civilización en el mundo occidental.

El texto de Pequeña Memoria Recobrada. Libros infantiles del exilio del 39, contiene mucho más de lo que ya, tan sugerente título, puede proponernos. Comienza el juego con el propio título del libro: como los juegos de niños, porque esa visión es la que sus editores no pierden a lo largo del texto. Y esa “pequeña memoria”, de los pequeños que nunca llegaron a poder tener, porque estaban bajo el acoso franquista en este confín del mundo, reúne de nuevo, como si de una cena de antiguos amigos o camaradas se tratase, todo un compendio de libros que Ana Pelegrín se dedicó a recuperar durante veinte años, sin importarle que la tarea pudiese ser desbordante, porque la trascendencia del trabajo sobrepasaba los muros de las limitaciones y dificultades impuestas por la centrífuga del exilio cultural español, o por el soterramiento que en la España gris se convirtió en costumbre sobre todo aquello que pudiera ofrecer algo nuevo en el mundo de las libertades, de la cultura, de la creatividad, de la imaginación: que todo es lo mismo y todo es uno.

Dentro de unos días se cumplirá el aniversario de la desaparición de Ana Pelegrín: a veces, retener en la memoria ajena a la gente que trató de recuperar la nuestra, no es tarea fácil. En ocasiones ni siquiera comienza la tarea si no hay nada que hacer. En este caso, lo que la autora e investigadora deja como herencia es suficiente como para evocar el recuerdo, como mínimo, de ese esfuerzo, el de esa pequeña-gran memoria que Ana y otras personas recogen en el volumen publicado. Valga la fecha de ese 11 de septiembre para ella o (por qué no) para un Salvador Allende, que desde otra costa más lejana, permanece en la memoria de muchos. Así, aproximadamente entre la fecha de hoy y la de ese 11, trataremos de ir publicando diferentes aspectos de los recogidos en esta obra que trascenderá a tod@s sus autor@s.

Me avanzaba Alberto Urdiales, uno de los co-editores del libro, cómo Ana se dedicó a la búsqueda incansable de esas ediciones que, por todo el mundo, se hallaban dispersas y tenía que recuperar a través de otras personas, por los medios que fuese. Cómo cuando le llegaba alguno nuevo se lo enseñaba casi como un tesoro… o sin el casi. Y cómo él lo veía a veces como ediciones burdas, a veces nada atractivas, pero que contenían, y es cierto, cada pedacito de esa historia infantil robada en esta tierra y, muchas veces, apenas apreciada en tantos exilios individuales.

Resulta abrumadora la capacidad de la principal autora de esta ardua tarea y de sus compañer@s, en cuanto a la dificultad de obtener las fuentes necesarias para la recopilación: y eso es tan solo el primer paso. Lo más difícil viene luego: la caza y captura de los ejemplares.

Pero hay mucho más en este volumen sobre los libros infantiles del exilio, y es que la forma de tratar y organizar los contenidos es importante. Por eso, pese a existir una introducción, cuando arranca el primer capítulo del libro, Ana Pelegrín decide tomar una parte importante del hilo conductor de la historia, para que no olvidemos donde está el origen de esos corazones exiliados, así que comienza la narración en el punto que puede ser más significativo, con el capítulo La vanguardia y la Edad de Plata y los libros infantiles (1920-1936), quen nos servirá como una breve forma de romper el hielo. Sin duda debe continuar tratando acerca de la cultura y la educación en la II República durante la guerra y el exilio. Y así, ese exilio exterior (no olvidemos que también existió el terrible exilio interior tras la guerra), nos llevará de manera muy específica desde las tierras Argentinas de la autora pasando por México, y recalando en Puerto Rico y Cuba, con diversos exiliados, pero también con algunas de las editoriales que publicaron en su momento o tras la muerte del dictador. Es interesante ver una vez más, a lo largo de este capítulo del libro, la importancia de algunos autores clave, pero también de un elemento como las Misiones Pedagógicas que tan odiadas fueron por los fascistas durante y tras la República, y que les llevó a tratar de destruir toda la cultura y las enseñanzas que de ella nacieron y que en ella se desarrollaron (afortunadamente, sin conseguirlo por completo).

De este capítulo hay que detenerse un momento para comprender el exilio de la autora de Celia, Elena Fortún, con unos textos como Celia en la revolución escrito durante la guerra y terminado en Buenos Aires, que no pudo ser editado hasta cuarenta años después, y algunos otros de esta autora que muestran parte de lo que adultos y niños debieron enfrentar al partir, muchos de ellos, para siempre. Pero otros dos pasajes nos tocarán más, como la entrega a Juan Ramón Jiménez en Cuba de un Platero y yo, que le dedican a su paso por Cuba los niños que van a su exilio en México. Y por último, esa despedida con palabras de María Zambrano “no concibo mi vida sin el exilio, ha sido como mi patria…

El capítulo de María García Alonso se acerca de manera más concisa a las Misiones Pedagógicas, tratando acerca de los libros de estas, bajo el título Letras para cambiar el mundo, y se refiere a la selección que las Misiones, bajo la dirección de Manuel Bartolomé Cossío, hicieron para acercar la lectura al mundo rural, donde además, tras su paso, se entregaron pequeñas bibliotecas para generar el germen del que saliese la igualdad del pueblo y el derecho al acceso a la educación. Ya en alguna ocasión hemos tenido ocasión de tratar en las páginas de laRepúblicaCultural.es acerca del gran proyecto que supuso el impulsado y dirigido por Cossío, pero no dejaré de citar lo que García Alonso refiere acerca de un documental británico de 1937: “la España republicana en guerra era una gran escuela: los niños de la retaguardia jugaban como en un eterno recreo; los jóvenes dejaban a un lado sus fusiles para aprender a leer y escribían afectuosas cartas a Jesús Hernández para que supiera que, entre las balas, las Milicias de la Cultura habían hecho bien su tarea”.

Por otra parte, incide claramente en que el listado de libros seleccionado por las Misiones Pedagógicas demuestran un carácter internacionalista en el ámbito de la cultura: “una nueva manera de mirar, como una ventana hacia otros mundos que sería complementada con los documentales exhibidos por el cine ambulante”. La segunda parte del capítulo de María García Alonso se centrará más en los libros dirigidos a la infancia dentro de esas Misiones Pedagógicas, lo que desarrolla bajo el título “escribiendo una nueva España”, donde, entre diferentes citas aporta la visión y textos de distintos autores como Cernuda, Linacero, Andrés Cobos… La visión, cómo no, agridulce, de quienes trataron de cambiar el mundo desde sus raíces y, bien pronto, verían su labor cercenada por ignorantes de otro calado mayor.

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Prólogo de Alejandro Tiana Ferrer

Presentación

Una aproximación a los libros infantiles en el exilio español (1939-1977), por Ana Pelegrín

Letras para cambiar el mundo. Los libros para niños en las Misiones Pedagógicas, por María García Alonso

La imagen exiliada, por Alberto Urdiales

Tarde de enero de 1923, por Juan Mata

Memoria de la escena. El teatro infantil de los exiliados, por Mª Victoria Sotomayor

De Sanabria a Buenos Aires: el destierro escénico de Alejandro Casona, por María Jesús Ruiz

La obra de Anna Muriá, por Miguel Desclot

Leoi-Kumea: un libro traducido al euskara para niños del exilio (asombrosa adaptación al euskara de Le pétit lion de Jacques Prévert por Orixe), por Juan Kruz Igerabide

Memorias dun neno labrego y la obra de Xosé Neiras Vilas, por Blanca Ana Roig Rechou

El exilio interior y la recuperación de la memoria, por Nieves Martín Rogero

Catálogo de autores y obras (401 registros)

Índices

 

 

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Pequeña memoria recobrada, editado por Ana Pelegrín, María Victoria Sotomayor y Alberto Urdiales,

 

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