Muchos aspectos de la
literatura han sido tratados en el contexto de los géneros, la
temática, los autores o incluso de la historia y teniendo ésta como
marco general. También es cierto que la II República Española, como
contexto de la época más brillante del recorrido histórico de
nuestro país, ha ofrecido una notable oportunidad para el estudio de
los fenómenos literarios, de sus influencias y de su significado
sociológico en el entorno de aquellos años, como también el desastre
que supusieron para la cultura aquella tragedia que el golpe de los
fascistas, asestaría a España sin, hasta hoy, ninguna posibilidad de
atisbo de luz en su recuperación.
Sin embargo, un trabajo
poco común vino hace unos meses a ilustrar el mundo de la literatura
desde diferentes perspectivas, que en realidad responden a la visión
poligonal del conjunto, cuando una labor de décadas llevada a cabo
por varias autoras y autores, encabezad@s por Ana Pelegrín, por fin
pudo plasmarse en la edición y publicación de un muy interesantes
volumen que, en mi opinión, es un imprescindible para comprender un
largo período y un compendio de valores de los que, a lo largo de
décadas, fueron privados los españoles, especialmente los más
jóvenes, y cuya obra de conjunto habría conseguido sin duda,
convertir a este país en la punta de lanza de la cultura y de una
nueva civilización en el mundo occidental.
El texto de Pequeña
Memoria Recobrada. Libros infantiles del exilio del 39,
contiene mucho más de lo que ya, tan sugerente título, puede
proponernos. Comienza el juego con el propio título del libro: como
los juegos de niños, porque esa visión es la que sus editores no
pierden a lo largo del texto. Y esa “pequeña memoria”, de los
pequeños que nunca llegaron a poder tener, porque estaban bajo el
acoso franquista en este confín del mundo, reúne de nuevo, como si
de una cena de antiguos amigos o camaradas se tratase, todo un
compendio de libros que Ana Pelegrín se dedicó a recuperar durante
veinte años, sin importarle que la tarea pudiese ser desbordante,
porque la trascendencia del trabajo sobrepasaba los muros de las
limitaciones y dificultades impuestas por la centrífuga del exilio
cultural español, o por el soterramiento que en la España gris se
convirtió en costumbre sobre todo aquello que pudiera ofrecer algo
nuevo en el mundo de las libertades, de la cultura, de la
creatividad, de la imaginación: que todo es lo mismo y todo es uno.
Dentro de unos días se
cumplirá el aniversario de la desaparición de Ana Pelegrín: a veces,
retener en la memoria ajena a la gente que trató de recuperar la
nuestra, no es tarea fácil. En ocasiones ni siquiera comienza la
tarea si no hay nada que hacer. En este caso, lo que la autora e
investigadora deja como herencia es suficiente como para evocar el
recuerdo, como mínimo, de ese esfuerzo, el de esa pequeña-gran
memoria que Ana y otras personas recogen en el volumen publicado.
Valga la fecha de ese 11 de septiembre para ella o (por qué no) para
un Salvador Allende, que desde otra costa más lejana, permanece en
la memoria de muchos. Así, aproximadamente entre la fecha de hoy y
la de ese 11, trataremos de ir publicando diferentes aspectos de los
recogidos en esta obra que trascenderá a tod@s sus autor@s.
Me avanzaba Alberto
Urdiales, uno de los co-editores del libro, cómo Ana se dedicó a la
búsqueda incansable de esas ediciones que, por todo el mundo, se
hallaban dispersas y tenía que recuperar a través de otras personas,
por los medios que fuese. Cómo cuando le llegaba alguno nuevo se lo
enseñaba casi como un tesoro… o sin el casi. Y cómo él lo veía a
veces como ediciones burdas, a veces nada atractivas, pero que
contenían, y es cierto, cada pedacito de esa historia infantil
robada en esta tierra y, muchas veces, apenas apreciada en tantos
exilios individuales.
Resulta abrumadora la
capacidad de la principal autora de esta ardua tarea y de sus
compañer@s, en cuanto a la dificultad de obtener las fuentes
necesarias para la recopilación: y eso es tan solo el primer paso.
Lo más difícil viene luego: la caza y captura de los ejemplares.
Pero hay mucho más en este
volumen sobre los libros infantiles del exilio, y es que la forma de
tratar y organizar los contenidos es importante. Por eso, pese a
existir una introducción, cuando arranca el primer capítulo del
libro, Ana Pelegrín decide tomar una parte
importante del hilo conductor de la historia, para que no olvidemos
donde está el origen de esos corazones exiliados, así que comienza
la narración en el punto que puede ser más significativo, con el
capítulo La vanguardia y la Edad de Plata y los libros
infantiles (1920-1936), quen nos servirá como una
breve forma de romper el hielo. Sin duda debe continuar tratando
acerca de la cultura y la educación en la II República durante la
guerra y el exilio. Y así, ese exilio exterior (no olvidemos que
también existió el terrible exilio interior tras la guerra), nos
llevará de manera muy específica desde las tierras Argentinas de la
autora pasando por México, y recalando en Puerto Rico y Cuba, con
diversos exiliados, pero también con algunas de las editoriales que
publicaron en su momento o tras la muerte del dictador. Es
interesante ver una vez más, a lo largo de este capítulo del libro,
la importancia de algunos autores clave, pero también de un elemento
como las Misiones Pedagógicas que tan odiadas fueron por los
fascistas durante y tras la República, y que les llevó a tratar de
destruir toda la cultura y las enseñanzas que de ella nacieron y que
en ella se desarrollaron (afortunadamente, sin conseguirlo por
completo).
De este capítulo hay que
detenerse un momento para comprender el exilio de la autora de
Celia, Elena Fortún, con unos textos como Celia en la revolución
escrito durante la guerra y terminado en Buenos Aires, que no pudo
ser editado hasta cuarenta años después, y algunos otros de esta
autora que muestran parte de lo que adultos y niños debieron
enfrentar al partir, muchos de ellos, para siempre. Pero otros dos
pasajes nos tocarán más, como la entrega a Juan Ramón Jiménez en
Cuba de un Platero y yo, que le dedican a su paso por Cuba los niños
que van a su exilio en México. Y por último, esa despedida con
palabras de María Zambrano “no concibo mi vida sin el exilio, ha
sido como mi patria…”
El capítulo de
María García Alonso se acerca de manera más concisa a las
Misiones Pedagógicas, tratando acerca de los libros de estas, bajo
el título Letras para cambiar el mundo, y
se refiere a la selección que las Misiones, bajo la dirección de
Manuel Bartolomé Cossío, hicieron para acercar la lectura al mundo
rural, donde además, tras su paso, se entregaron pequeñas
bibliotecas para generar el germen del que saliese la igualdad del
pueblo y el derecho al acceso a la educación. Ya en alguna ocasión
hemos tenido ocasión de tratar en las páginas de
laRepúblicaCultural.es acerca del gran proyecto que supuso el
impulsado y dirigido por Cossío, pero no dejaré de citar lo que
García Alonso refiere acerca de un documental británico de 1937: “la
España republicana en guerra era una gran escuela: los niños de la
retaguardia jugaban como en un eterno recreo; los jóvenes dejaban a
un lado sus fusiles para aprender a leer y escribían afectuosas
cartas a Jesús Hernández para que supiera que, entre las balas, las
Milicias de la Cultura habían hecho bien su tarea”.
Por otra parte, incide
claramente en que el listado de libros seleccionado por las Misiones
Pedagógicas demuestran un carácter internacionalista en el ámbito de
la cultura: “una nueva manera de mirar, como una ventana hacia otros
mundos que sería complementada con los documentales exhibidos por el
cine ambulante”. La segunda parte del capítulo de María García
Alonso se centrará más en los libros dirigidos a la infancia dentro
de esas Misiones Pedagógicas, lo que desarrolla bajo el título
“escribiendo una nueva España”, donde, entre diferentes citas aporta
la visión y textos de distintos autores como Cernuda, Linacero,
Andrés Cobos… La visión, cómo no, agridulce, de quienes trataron de
cambiar el mundo desde sus raíces y, bien pronto, verían su labor
cercenada por ignorantes de otro calado mayor.
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Prólogo de
Alejandro Tiana Ferrer
Presentación
Una aproximación a los
libros infantiles en el exilio español (1939-1977),
por Ana Pelegrín
Letras para cambiar el
mundo. Los libros para niños en las Misiones Pedagógicas,
por María García Alonso
La imagen exiliada,
por Alberto Urdiales
Tarde de enero de 1923,
por Juan Mata
Memoria de la escena. El
teatro infantil de los exiliados,
por Mª Victoria Sotomayor
De Sanabria a Buenos Aires:
el destierro escénico de Alejandro Casona,
por María Jesús Ruiz
La obra de Anna Muriá,
por Miguel Desclot
Leoi-Kumea: un libro
traducido al euskara para niños del exilio (asombrosa adaptación al
euskara de Le pétit lion de Jacques Prévert por Orixe),
por Juan Kruz Igerabide
Memorias dun neno labrego y
la obra de Xosé Neiras Vilas, por
Blanca Ana Roig Rechou
El exilio interior y la
recuperación de la memoria, por
Nieves Martín Rogero
Catálogo de autores y obras
(401 registros)
Índices
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Pequeña memoria
recobrada, editado por Ana Pelegrín, María Victoria Sotomayor y
Alberto Urdiales,