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No hay que
creer a la televisión
Bayo
Ser Pensador
10 de Agosto de 2009
"Sé
que mi postura es quijotesca, sin embargo, no dejaré de repetir y
repetir que no hay que creerle a la televisión.
Según mi experiencia con la televisión, cada vez me convenzo más de dos
ideas: 1) Que es una poderosa herramienta capaz de hacerle creer
cualquier cosa a la gente. 2) Que, si su objetivo fundamental es el
lucro y no el desarrollo educacional y cultural de la sociedad, puede
empeorar la calidad de vida de las personas y la convivencia y el
respeto entre estas.
A pesar de tener la convicción de que la televisión actual empeora la
calidad de mi vida, tengo la mala costumbre de encenderla; es como una
'orden' instalada en algún lugar de mi cerebro (menos mal que tengo algo
de conciencia sobre las consecuencias de mis actos y, por lo tanto, la
apago casi inmediatamente). Además, como ya lo mencionaba en otra
entrada, también la veo junto con mi familia,
para compartir un rato con ellos. Entonces, como veo algo de televisión,
puedo decir con cierta seguridad, que uno de los temas más recurrentes
que hay, especialmente en los noticiarios y en los programas de
reportajes, es la delincuencia (existen otros temas recurrentes, como la
pobreza y la farándula, pero para respaldar mi 'postura quijotesca',
sólo hablaré de la delincuencia).
Me he percatado que a la televisión no le interesa mostrar a cualquier
delincuente. A la televisión le interesa crear un estereotipo de
delincuente, posiblemente, para crear, de esta manera, un 'enemigo'
fácil de reconocer (los estereotipos simplifican las cosas pero producen
terribles injusticias). El delincuente 'televisivo' es pobre, joven y
flojo. Además, este estereotipo ha hecho que se tienda a vincular
delincuencia con pobreza (otra 'joyita' de la televisión).
La televisión le ha dado tanta importancia al tema de la delincuencia,
que ha impuesto en el 'inconsciente' de la sociedad una idea que según
yo es errónea. Ha impuesto que la delincuencia es uno de los problemas
más significativos de la actualidad; más que la mala educación, más que
la corrupción política, más que falta de ética y conciencia social de
las empresas, más que la aberrante desigualdad de oportunidades, más que
los problemas medioambientales. Con esto, quiero decir que la televisión
ha desviado la atención de la población de los problemas de fondo.
Me ha tocado oír, por ejemplo, que hay que matar a todos los
delincuentes para tener una vida más segura y mejor. —¡Y pobre de mi si
me encuentro en alguna reunión social y comento que hay temas más
importantes que debatir, porque rápidamente soy tratado de grave y
resentido!—. Es decir, la televisión ha hecho que muchos vivan aterrados
(aparentemente, el
miedo hace que las personas sean más
manipulables) y crean que para erradicar la delincuencia haya que matar
a los delincuentes.
Si no me equivoco, la delincuencia es el resultado del sistema en que
vivimos (consumista, individualista, etc.) y que, aunque todos los
delincuentes sean eliminados, el sistema crearía más delincuentes. Es
como querer cambiar el producto, sin cambiar los factores. Por otro
lado, y a pesar del dolor que puedan provocar y de los castigos que
puedan merecer, no puedo dejar de imaginarme las probables vidas
miserables de estos delincuentes 'televisivos' y de pensar, por lo
tanto, que necesitan mucha ayuda y la de todos, o sea, todo lo contrario
a lo que la televisión quiere transmitir.
Quiero finalizar este pensamiento con un extracto magistral del artículo
To face danger without hysteria (1951), del filósofo y
matemático británico Bertrand Russell:
La histeria de masas no es
un fenómeno limitado a los seres humanos. En efecto, puede verse
también en cualquier especie gregaria. En una ocasión vi una
fotografía de una gran manada de elefantes salvajes en Africa
Central que veían un aeroplano por primera vez: todos presentaban un
estado de terror salvaje colectivo. La mayoría de la veces, el
elefante es una bestia tranquila y sagaz, pero este fenómeno sin
precedentes de un animal ruidoso y desconocido en el cielo había
sacado completamente de quicio a la manada entera. Cada uno de los
animales estaba aterrorizado y su terror se transmitía a los otros,
lo que multiplicaba enormemente en pánico. Sin embargo, puesto que
no había periodistas entre ellos, el terror se esfumó cuando el
aeroplano hubo desaparecido.
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Nota:
Mi 'postura quijotesca' no es contra la televisión como herramienta, es
contra los que la controlan y el uso que hacen de ella".
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