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Nicolás
Guillén en la ruptura vanguardista
Denia García
Ronda
La Jiribilla
5
de Agosto de 2009
Como se
conoce, ha habido —y sigue habiendo— distintos criterios
sobre el concepto de Vanguardia o vanguardismo, algunos de
ellos polares. Por ejemplo, Guillermo de Torre defiende un
concepto inmanente: estudia postulados estéticos comunes a
los diversos “ismos” europeos, sin aludir a las relaciones
que tiene su aparición con otras ramas de la sociedad, ni a
las especificidades nacionales. Esos “ismos” serían el
canon: si se coincide con ellos, habrá vanguardia, si no, no
la hubo. José Carlos Mariátegui, al contrario, lo aborda con
un criterio sociológico: explica el fenómeno dentro de la
crisis del sistema capitalista mundial y las circunstancias
de cada país, especialmente de América Latina.
En el caso
cubano, habría que tener en cuenta tanto el canon, como las
circunstancias. El primero porque, efectivamente, la
experimentación vanguardista no se produce hasta que algunos
críticos (entre ellos, sobre todo, Alejo Carpentier)
empiezan a estudiar y a divulgar las características de las
diferentes poéticas europeas que genéricamente se conocen
como vanguardia, y a dar a conocer a poetas, manifiestos,
etc., incluidos en ella. Publicaciones como Revista de
Avance, Atuei, Aventura en Mal tiempo (de
Santiago de Cuba), Orto (de Manzanillo), Antena
(de Camagüey), entre otras, serán las voceras de las nuevas
tendencias.
Lo segundo
porque la emergencia de la producción vanguardista cubana
—no solo en la poesía, pero en especial en ella— coincide
con una época (la década de los años 20) de convulsiones
sociales y de cambios en la mentalidad sociopolítica de
buena parte de la intelectualidad cubana. No es extraño
entonces que mucha de la primera poesía vanguardista cubana
(alguna de muy mala calidad) esté relacionada con lo social
y con las circunstancias políticas cubanas de esa década,
sobre todo a partir de 1927.
Casi todos
los críticos perciben dos momentos en el vanguardismo
poético cubano. Roberto Fernández Retamar llama “vanguardia”
a mucho de lo producido antes de 1930 con intenciones
renovadoras respecto del modernismo, (y que generalmente se
ha considerado sin importancia estética) y posvanguardia a
la poesía que se realiza "después" de esa “alharaca
vanguardista”. Cintio Vitier, por su parte, considera que la
verdadera vanguardia es lo que Retamar llama posvanguardia,
y que el primer momento era un puro disparate. Sin embargo,
ese “primer momento” de la vanguardia poética cubana,
considerado del “disparate puro”, “alharaca vanguardista”,
“de estridencia y pirueta”, o como quieran llamarle, no
está, en mi criterio, suficientemente estudiado. No creo que
sus practicantes puedan ser analizados en un solo bloque, ni
organizada la tendencia de manera cerradamente cronológica.
Si hay casos —como los de Enrique de la Osa, Ramón Guirao, o
Mariblanca Sabas Alomá— que se aferran a un futurismo
superficial e intrascendente, cuya intención contestataria
es más política que poética, hay otros (entre ellos Nicolás
Guillén), que pertenecen, como los anteriores, a lo que me
gusta llamar “ruptura vanguardista”, pero que hacen una
poesía, si bien transicional hacia su mejor voz, con valores
poéticos nada despreciables. Esa ruptura, según mi opinión,
se produce entre los años 1927 a 1930.
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Por otra
parte, estos autores —Ballagas, Guillén, Eugenio Florit,
Félix Pita Rodríguez, Ramón Breá, Regino Boti (con
Kodak-ensueño y Kindergarten), e incluso Alejo
Carpentier, entre otros— están escribiendo casi al unísono
con los que han sido considerados dentro de la verdadera
vanguardia, posvanguardismo, “líneas derivadas de la
vanguardia”, etc. Mariano Brull, por ejemplo, publica su
primer libro de poesía pura en 1928, y Regino Pedroso —al
que estimo participante, por derecho propio, de la ruptura—
escribe, en 1927, “Salutación fraterna al taller mecánico”,
considerado como iniciador, según casi todos los críticos,
de la vertiente proletaria en la poesía social de
vanguardia, una de las tres variantes que se le atribuyen a
la tendencia en la poesía cubana. Surco, de Manuel
Navarro Luna, uno de los pocos libros rupturistas publicados
—los otros son Kodak-ensueño (1929), y
Kindergarten (1930) de Regino Boti y hasta cierto punto,
32 poemas breves, de Eugenio Florit—, es de 1928, y
también es incluido en la lista de la “verdadera
vanguardia”.
No es el
momento de comentar mis criterios sobre la usual
clasificación de esa “verdadera vanguardia” en poesía pura,
social y negra; pero sí puedo apuntar que me parece
necesario un nuevo análisis de ella, tal como ya ha sido
sugerido por algunos críticos. Porque, ¿hasta qué punto la
poesía negra de Nicolás Guillén y aun la de Ballagas, no es
también social?, ¿hasta qué punto se puede identificar
Júbilo y fuga, de este último, con los postulados
puristas que asumió Mariano Brull, y hasta dónde la poesía
pura no es una negación de la vanguardia? ¿La poesía social
es solo la que trata de obreros y campesinos? Pero esto lo
dejaremos para otra ocasión.
Aunque,
como se sabe, desde principios de siglo XX están llegando a
Cuba, mediante reseñas y críticas a obras europeas, algunos
aires vanguardistas, su práctica en la Isla fue bastante
tardía, incluso en relación con el área hispanoamericana,
donde ultraísmo, creacionismo y estridentismo ya habían
sentado cátedra desde mucho antes. Quizá la conjunción de la
situación mundial de la primera posguerra, con la nacional
de la “década puente”, contribuyó a su asimilación. No hay
que olvidar que desde por lo menos el año 1923, los
intelectuales estaban propugnando un cambio no solo en la
conciencia social, sino también, coherentemente, en las
manifestaciones de la cultura artístico-literaria, y una
revisión de las formas de su expresión, recogidas en el
último manifiesto del Grupo minorista. En el caso de la
poesía, esto se manifiesta en las diversas variantes que
asumió el posmodernismo —que también, en muchos casos, fue
coetáneo de la ruptura. Algunas de esas variantes, como la
llamada “ironía sentimental” —en especial en la obra de José
Zacarías Tallet— y como el poemario La zafra, de
Agustín Acosta, se consideran, con justicia, antecedentes
válidos de la vanguardia poética cubana.
Quizá fue
ese doble condicionamiento artístico y social lo que hizo
que las tendencias más socorridas —aunque no ortodoxamente
asumidas— fueran el futurismo, y, en menor medida, el
surrealismo, las que les daban a los poetas más
oportunidades para el cuestionamiento de aspectos de la
problemática social, especialmente en lo relacionado con el
campesino y el obrero, como se ve en algunos poemas de
Guirao y De la Osa, y en el ya citado de Regino Pedroso,
quien asume los postulados estéticos e ideológicos de la
vanguardia en sus distintas manifestaciones para conformar
el poema al taller mecánico, e incluso utiliza las
denominaciones vanguardistas para el trabajo tropológico. El
taller de Pedroso es un organismo vivo, aparentemente
aplastante, pero en definitiva solidario con los obreros y,
como tal, debe luchar con ellos por sus reivindicaciones.
No fue,
sin embargo, ese aferramiento a lo social inmanente lo que
caracteriza a todos los que pueden ser ubicados en la
ruptura vanguardista. Hubo otros, como el santiaguero Juan
Ramón Breá, de filiación surrealista, que tratan en sus
poemas otras problemáticas. Breá, por ejemplo, refleja en su
poesía su complejo y angustiado mundo interior, a pesar de
que en su actuación social fue un activo luchador, tanto
contra el machadato, como contra la dictadura de Trujillo.
Breá lideró el Grupo H que trabajó, desde una voluntad
vanguardista, por renovar la cultura de Santiago de Cuba,
antes de trasladarse a París y vincularse a los círculos
surrealistas europeos y adherir el trotskismo.
Otro
ejemplo sería Regino Boti quien, sobre la base de elementos
de comparación no tratados por la poesía tradicional, enfoca
la vida moderna en su complejidad. Continuando la línea
trazada por El mar y la montaña, en sus poemarios
vanguardistas organiza pequeños cuadros en movimiento, con
escasos trazos, que en este caso remiten al cubismo y al
lenguaje cinematográfico. Su último libro publicado —Kindergarten—
de 1930, es un poemario de caricaturas, de sátiras y
burlas, a veces contra su propia obra.
Como
sucede en todo el desarrollo de la literatura cubana, esta
ruptura, y en general nuestro vanguardismo poético, no
renuncia totalmente a lo anterior, sino que lo asimila de
manera diferente de acuerdo con las nuevas tendencias.
Varios de los autores que considero dentro de este momento
vanguardista “humanizan” los objetos desde su propia
subjetividad, al contrario de la fórmula maquinista del
futurismo canónico, donde muchas veces los sentimientos, y
hasta las funciones biológicas de los seres humanos, tienen
como base metafórica o metonímica la máquina o, en general,
el mundo material, y cuando, por el contrario, se pretende
la personificación de elementos inanimados, generalmente
pertenecientes a la industria o la técnica modernas, el
trabajo tropológico se fundamenta en lo físico, lo
biológico, y no en las funciones psíquicas.
Lo dicho
también puede aplicarse a lo que algunos críticos consideran
“desafueros o estridencias” del primer vanguardismo. Si
algunos, como Félix Pita Rodríguez y Navarro Luna, gustan de
jugar con la tipografía, construyendo escaleras o círculos,
y otros practican asociaciones imprevistas o alteran la
sintaxis, o simplemente organizan un discurso objetivista,
sin tensión poética, hay otros, como Ballagas y el propio
Guillén, que no renuncian a la emoción lírica.
En resumidas
cuentas, lo que une a los poetas de la ruptura es la
asimilación de determinados procedimientos de los “ismos”
europeos, en diferentes niveles, de acuerdo con la intención
del poeta, para conformar una poesía superadora del
posmodernismo. En conjunto, fue un toque de queda estético
(como lo ha llamado Nancy Morejón), que preparó el camino a
un quehacer artístico más actualizado; constituyó un nuevo
paso en el trayecto —iniciado por cierta zona del
posmodernismo— hacia la puesta al día de la poesía cubana en
relación con Europa y otros países de América, y una nueva
actitud, desprejuiciada, audaz y desmitificadora, ante la
poesía.
Las diferencias en
cuanto a calidad o tensión poética no niegan estas
comunidades, pero sí ofrecen un punto válido para no
discriminar todo lo que pudo ofrecer ese primer momento
vanguardista.
Antes de
detenerme en Nicolás Guillén, escogeré para ejemplificar
someramente este momento rupturista de la poesía cubana,
además de los ya mencionados Breá, Boti, y Pedroso, a Emilio
Ballagas, Manuel Navarro Luna, Félix Pita Rodríguez y Alejo
Carpentier, sin desconocer la labor de otros poetas, como
Tallet con “La rumba” y Guirao con “Bailadora de rumba”, que
inician la vanguardia poética de tema negro en Cuba.
En el caso
de Emilio Ballagas su relación con el vanguardismo comienza
con algunos poemas aparecidos en Antena, publicación
de su natal Camagüey. Salvo algunos escasos poemas
anteriores a 1927, su obra poética —por lo menos la
publicada— se inicia justo bajo la influencia de la ruptura
vanguardista.
Como casi
todos los que incursionaron en este primer asalto de la
vanguardia, Ballagas se dejó tentar, sobre todo, por los
modos futuristas y, en menor medida, surrealistas, varios de
cuyos recursos formales aceptó, como el uso de imágenes
hasta entonces ajenas al decir poético, casi siempre
relacionadas con los adelantos técnicos del siglo XX —el
cine, el automóvil, la aviación, la electricidad—, la
utilización de la i latina como conjunción, la renuncia al
metaforismo tradicional, la despreocupación por la rima. Sin
embargo, en sus poemas “rupturales” (disculpen el
neologismo), ya se aprecia lo que sería una distinción
poética en Ballagas: su irrenunciable acento lírico que se
manifiesta muchas veces por la ternura en el tratamiento de
su objeto poético. Aunque no utiliza el léxico del
postmodernismo, ni su metaforismo, y toma como base
elementos de la vida moderna, hay una contenida emoción,
distante de la considerada “frialdad” vanguardista, como se
aprecia en poemas como “Bajo mis pies” (Antena,
noviembre de 1928), donde hay una interrelación afectiva
entre sujeto y objeto en el poema; o como “Close up” —quizás
el que más se acerca a los procedimientos usuales en la
poesía del momento— que juega con los recursos
cinematográficos, no solo los técnicos, sino con los
procedimientos de puesta en pantalla.
Aunque en
los poemas de Antena todavía no se vislumbra el
hedonismo, la fruición de Júbilo y fuga como
manifestaciones de búsqueda espiritual, entre ellos y su
primer poemario hay indudables puntos de contacto; no solo
porque en este último se encuentran imágenes que recuerdan
la audacia anterior (“La noche/ como la sombra de un perro/
mueve la cola del viento”, o “Un timbre: suelta bandadas
eléctricas/ de pajaritos metálicos”), sino porque los poemas
ballaguianos de la ruptura ya muestran rasgos del intimismo,
el candor, el tono travieso, la ternura, que tendrían su
completa expresión a partir de Júbilo y fuga.
Manuel
Navarro Luna fue de los primeros poetas cubanos que,
superando una primera etapa posmodernista, rompen con los
moldes formales anteriores e inician la vanguardia poética
en Cuba. Su primer libro, Surco (1928), es
representativo de ese primer momento vanguardista,
caracterizado por la experimentación y los intentos de
adecuación cubana de las nuevas corrientes europeas; y del
interés por los problemas sociales. En tal experimentación,
Navarro trabaja —más que en la búsqueda de imágenes
desaforadas, la rebeldía ante la sintaxis o el interés en
determinados hallazgos fónicos— en la estructura tipográfica
del poema y en recursos como el encabalgamiento prosaísta,
los puntos suspensivos, el matiz exclamativo. En cuanto al
léxico, si bien utiliza ciertas palabras nuevas que iban
siendo comunes en el lenguaje diario, continúa con el
instrumental metafórico con fuente en lo natural.
En cuanto
a Félix Pita Rodríguez, habiendo sido uno de los iniciadores
de la ruptura vanguardista, y quizás el que con mayor
asiduidad la practicó entre los años 1927 y 1930, nunca
recogió en libro los poemas que conforman esta tendencia en
su obra, y que fueron publicados, entre otros, en el
Suplemento literario de Diario de la Marina, Atuei,
Revista de Avance y Aventura en Mal Tiempo, de
Santiago de Cuba.
Esos
poemas demuestran que Félix Pita asumió, con todas sus
implicaciones, las propuestas de las nuevas corrientes
poéticas: desde los temas novedosos y rebeldes hasta la
renuncia al sistema de puntuación al uso, la tipografía y la
estructuración estrófica tradicionales. Sin embargo, no se
trata de una poesía “deshumanizada”, sino que en ocasiones
incluso toca lo romántico (como en los poemas sobre
Hernando). No hay, por otra parte, una total renuncia, de
sesgo parricida, a la rima ni al metaforismo sensorial, lo
que no lo separa completamente de la poesía anterior, a
pesar de sus audacias vanguardistas.
Alejo
Carpentier, por su parte, además de las letras para
composiciones musicales —entre ellas una ópera—, que se
pueden considerar como parte de la ruptura, escribió algunos
poemas vanguardistas cercanos al surrealismo, que fueron
publicados en revistas y periódicos, pero nunca recogidos
por él en libro. Estos poemas tienden más hacia el tema
negro, tanto mediante la estructura del spiritual
norteamericano, como buscando la sonoridad de los cantos de
los panteones negros cubanos, en especial el arará. En otros
—como “Edición de la mañana”— el objetivo del sujeto lírico
parece ser describir surrealistamente el mundo moderno en su
cotidianidad. Sobre todo en sus poemas negristas, le
interesa el ritmo que puede lograrse con ciertas palabras y
derivaciones de estas, y utiliza además aliteraciones y
otras combinaciones que destacan el valor fónico de la
frase.
Entre
estos, y otros poetas de la ruptura, Nicolás Guillén tiene
su propia voz y un modo personal de asumir los nuevos aires
de la poesía. Como se conoce, a su regreso a La Habana, en
1926, desde su natal Camagüey, Guillén —estimulado por los
nuevos aires que estaba trayendo el vanguardismo por esos
años— también regresa a la poesía, que había abandonado unos
años atrás.
Según
Ángel Augier, biógrafo de Guillén, este ya conocía, desde
1923, los distintos “ismos” que se imponían en Europa a
partir de la segunda década del siglo XX; no obstante, ello
no lo lleva a practicar la tendencia desde ese momento,
quizás porque —como pasó con otros poetas— todavía no
encontraba un ambiente propicio para asumirla, mientras que,
por otra parte, el postmodernismo se iba haciendo cada vez
más obsoleto. Sea esta la razón o no, Guillén estuvo alejado
de la poesía desde 1922 hasta justamente el año insignia del
vanguardismo poético cubano: 1927. En ese año, cuando, según
propia confesión, lo “sacaron de quicio” el Suplemento
Literario de Diario de la Marina y Revista de
Avance, comienza a escribir unos poemas que ya tenían
poco que ver con los de Cerebro y corazón, y que,
como generalidad, fueron publicados en la revista Orto
de Manzanillo, porque “a causa de la “lija” que se daban
los respectivos editores” no pudo colaborar en aquellas dos
publicaciones habaneras.
Los poemas
rupturistas de Guillén no se afilian completamente a ninguna
de las tendencias que recibieron el nombre genérico de
vanguardia. Solo en el poema “El puente” hay un cierto matiz
surrealista. En su caso, la asonada vanguardista del 27 al
30 sirvió, más bien, para remover su dormida conciencia
poética ofreciéndole nuevas posibilidades expresivas, más
cercanas a la vida real. No se van a encontrar en estos
poemas desafueros tipográficos ni estridencias metafóricas.
Abordarán, sí, los temas nuevos —adelantos técnicos,
velocidad—, pero tratados con una actitud no distanciada,
conservando la subjetividad del sujeto lírico, mediante un
lenguaje cercano al prosaísmo. Lo mismo puede decirse de las
imágenes que logra y el léxico que utiliza.
En una
especie de arte poética, Guillén renuncia a su
postmodernismo anterior, pero también toma distancia de un
exteriorismo de tinte futurista. En “A la nueva musa” dice:
Antes, el
poeta era un músico
que frente a la orquesta daba saltos
e imantaba con su batuta
los suspiros de la flauta,
el violín pedigüeño,
los bajos, roncos como unos abuelos,
y hasta el tambor inmodesto.
El poeta se embriagaba
en medio del estruendo.
Ahora el poeta se mete dentro de sí mismo
Y allá dentro, dirige su orquesta.
Es
precisamente la liberación de los rígidos moldes estróficos
y versales, y de “la horchatería para señoritas” del
postmodernismo, la ganancia máxima de Guillén cuando vuelve
a la poesía. Es, como dijo en una carta a un amigo
camagüeyano, “el ansia de encontrar un modo nuevo de
expresión que, desposeyendo a la poesía de su propio ropaje
postizo, lacrimoso como un mendigo con tracoma, pueda dar a
conocer el ansia del poeta en una forma más sincera”. Ese
“viaje interior”, como tituló otro de sus poemas de
entonces, no significa, por tanto, un intimismo a ultranza,
sino la libertad de expresarse sin ataduras formales, ni
seguimiento de escuelas prestigiadas por grandes nombres,
pero ya insuficientes para expresar lo nuevo.
Uno de los
temas más reiterados y el que, según mi criterio, refiere
mejor esa combinación de objetividad y subjetividad es el
relacionado con el tiempo, tanto el mensurable en horas y
minutos, como el que tiene que ver con mundos por venir y la
temporalidad del propio. Este último se ejemplifica en “El
aeroplano” en el que, además de aludir al futuro se plantea
la probable desaparición total de la civilización, y el
avión —uno de los símbolos de esta— pierde su jerarquía de
líder de la técnica sigloveintista para convertirse en un
objeto desconocido e incomprensible para el hombre del
mañana.
Cuando pase esta época
Y se queme en la llama de los siglos
toda nuestra documentación humana;
cuando no exista ya la clave
de nuestro progreso actual,
y con la paciencia del que no sabe
el hombre tenga que volver a empezar,
entonces aparecerán
rasgos de nuestra muerta civilización.
¿Qué
dirán los naturalistas del futuro
ante una armazón de aeroplano,
desenterrada en cualquier llanura,
o en la cumbre de una montaña,
mohosa, fosilizada,
monumental, incomprensible, extraña?
De seguro que harán
muchísimos aspavientos,
y clasificarán el aeroplano
entre los ejemplares de una fauna extinguida.
Como se
puede apreciar, dentro de la ligereza e incluso humorismo de
las proposiciones, hay una reflexión sobre cuestiones que
van desde la temporalidad de las civilizaciones hasta las
actitudes humanas ante fenómenos desconocidos, pasando por
una suerte de descalificación satírica del cacareado
progreso tecnológico del siglo XX.
El futuro
también se aborda en el poema de este nombre y donde también
el aeroplano sirve de símbolo de la civilización actual.
Aunque todavía con cierta ingenuidad, “Futuro” es, como ha
aludido Augier, el primer poema antimperialista de Guillén.
En él, los nuevos conquistadores —“más poderosos, más
resueltos”— ejercen sobre los norteamericanos la misma
explotación y desprecio que ellos utilizan contra otros
pueblos.
¡Quisiera
ver a los americanos!
Ellos, que nos humillan con su fuerza,
modernos incas, nuevos aztecas, ¿qué harán?
Como los viejos indios trabajarían
en las minas para el nuevo español,
sin pershing y sin lindbergh,
y hasta sin nueva york,
comiendo sanduinches con los conquistadores
y empujándolos en sus rolls-royces.
También
relativo al tiempo es “Reloj”, donde se demuestra la
subjetividad y el sentido reflexivo de que hablaba antes. Si
en la primera estrofa la intención poética está más cerca de
lo emotivo,
Me gustan
ciertas horas, como las 3 menos cuarto,
porque el reloj parece que tiene
una actitud fraterna, acogedora,
como si fuera a darnos un abrazo.
la segunda
es una concepción sobre el tiempo, por muy poética, y por
tanto sintética, que esta sea:
El tiempo,
así, es un Cristo en agonía
Que por la herida del costado
Va desangrándose sutilmente
Entre el Futuro y el Pasado.
A mi modo
de ver, es este uno de los mejores poemas del período
rupturista de Guillén. Y todo hace indicar que el tema le
era caro, porque lo retoma en El gran zoo, aunque en
este último caso —de acuerdo con el propósito ideotemático
del poemario—, reitera solo la parte afectiva del poema de
1927 y no la reflexión conceptual sobre el tiempo.
Hay en
este grupo de textos, varios que se acercan de alguna manera
a los que en esos mismos años hacían Emilio Ballagas y
Regino Boti, en cuanto a tomar un objeto, un accidente
geográfico, un momento del día, como fuente para el poema,
humanizándolo y, en muchos casos, estableciendo una relación
afectiva con él. En el caso de Guillén, se pueden incluir,
entre otros, “Sol de lluvia” —en el que el “astro rey” es
solo un borrachín tirado en medio de la calle, maltratado
por perros y gallinas— y “Lluvia” donde al sujeto lírico, en
medio de una inundación, le “sobresalta la odisea de esta
hormiga/ ahogada en una rosa”. También pudieran añadirse las
“Odas mínimas”, especie de haikús, escritos ya en 1930.
Finalmente, quiero llamar la atención sobre un poema de amor
(más bien de desamor), uno de los dos que desarrollan ese
asunto en el grupo de textos guilleneanos que se estudia. El
otro es “Tu recuerdo” en el que la imagen de la amada se va
despegando de la memoria “como una vieja estampa”; va
perdiendo pedazos como si fuera un cuerpo.
El poema
que quiero comentar se trata de un soneto, lo que provoca,
de entrada, sorpresa en el lector. ¿Un soneto cuando se
intenta renovar drásticamente la poesía? “2 semanas”, sin
embargo, es una sátira a la parafernalia modernista —de la
que el propio autor fue partícipe—, y que no se separa
demasiado de una de las zonas del posmodernismo
latinoamericano. De ahí la utilización de esa estructura
estrófica, y de un léxico ad hoc que se deslegitima
de inmediato. Por ejemplo:
Era una
muchacha de carne perfumada
con agua de colonia y jabón de Castilla
[…]
Recuerdo que al decirle por primer vez amada,
enrojeció un instante su pálida mejilla
y apoyando la mano vulgar en una silla
se miró los zapatos y no me dijo nada.
Como es
bien sabido, Guillén volvió al soneto varias veces en su
evolución poética. No es esta clásica estructura la que
satiriza, sino su utilización por lo que ya se había
convertido en una “amalgama cursi”, como expresó el propio
poeta.
También a
los “motivos” modernistas renuncia Guillén. Aunque publicado
en 1931, “Elegía moderna del motivo cursi” se escribió,
según la autorizada opinión de Ángel Augier, antes de
Motivos de son, que es de 1930, como se sabe. En esta
“elegía” —despedida, en definitiva, de toda una época
literaria del autor— se utiliza igualmente una estructura
cara al modernismo: cuartetos alejandrinos con rima cruzada,
para afiliarse a una “musa” de a pie, más coherente con el
mundo contemporáneo:
Por lo
pronto mi musa ya está hecha a mi modo.
Fuma. Baila. Se ríe. Sabe algo de derecho,
Es múltiple en la triste comunidad del lecho
Y dulce cuando grito, blasfemo o me incomodo.
Aunque la
concepción de Motivos de son —el poemario que pone
definitivamente a Nicolás Guillén en las primeras páginas de
la historia de la poesía cubana— no puede ser achacada solo
a lo logrado en sus poemas rupturistas, creo que sin ese
tránsito esto no hubiera sido posible. Ellos demuestran la
liquidación de una etapa lírica que no le hubiera permitido
dar un salto tan enorme hacia la voz de su primer poemario
publicado.
La nueva
actitud lírica que se manifiesta en estos poemas
transicionales era, a mi modo de ver, necesaria para asumir
el tema, el tono, y aun la estructura y el sentido de los
Motivos... y, por tanto, de toda su poesía posterior.
Fue un medio para entrenar, y estrenar, su propia voz. Ello
constituye la mayor ganancia de Nicolás Guillén en estos
poemas, en coherencia con la libertad formal de que dispone,
la cual le permite despreocuparse de moldes métricos y
rimáticos, y del metaforismo tradicional. Hay en ellos,
además, antecedentes de recursos que serán característicos
de la poesía posterior guilleneana, como el humor, la
sátira, la expresión desembarazada, lo conversacional, etc.
Por otra parte, la publicación de estos poemas en Orto
y posteriormente en Social, la página “Ideales de
una raza” de Diario de la Marina, y otros, lograron
poner a su autor en la mira de lectores y críticos. Jorge
Mañach los elogia en una de los famosas “Glosas”, Regino
Pedroso le dedica una semblanza en la página de Urrutia, y
lo considera “batiendo un récord de altura en el dornier de
la sensibilidad nueva”. Estaba, pues, el mulato camagüeyano
listo para oír, en entresueños, una voz que repetía: “Negro
bembón, negro bembón”, y que lo llamaba para llevarlo a las
cimas de la poesía cubana de todos los tiempos.
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