“Cuando me
entierren / por favor no se olviden / de mi
bolígrafo.” El poema pertenece a Rincón de haikus,
publicado cuando el gran poeta uruguayo promediaba
los 80 y la muerte era una sombra cercana con la que
empezaba a dialogar para que no lo sorprendiera,
para que no lo aplastara con el peso de su
evidencia. Mario Benedetti murió ayer a los 88 años
en su casa. Será velado hoy a partir de las 9 de la
mañana en el Salón de los Pasos Perdidos del Palacio
Legislativo en Montevideo. En Uruguay se ha
decretado duelo nacional. No sólo el Río de la Plata
se despide con una infinita congoja de este hombre
triste y cordial como un legítimo uruguayo, que supo
conjurar el dolor de la finitud y escribió que había
que vivir como si fuéramos inmortales. En cientos,
miles y millones de almas, sin exagerar, garúa
finito. Pocos poetas han sido tan saludablemente
plagiados como Benedetti. Sus poemas de amor fueron
copiados “clandestinamente” por miles de jóvenes que
se atribuyeron la autoría para sorprender a esas
muchachas esquivas o para acortar las distancias e
iniciar un romance. No le molestaba saber de estos
plagios y menos le importaba que sonara cursi. Al
contrario: él mismo contaba anécdotas de parejas que
le confesaban que se habían conocido, por ejemplo,
gracias a Inventario. Quién no habrá repetido o
cantado alguna que otra estrofa de “Te quiero”, “Por
qué cantamos”, “Una mujer desnuda y en lo oscuro” y
tantos otros poemas que popularizaron más de
cuarenta intérpretes. Su apellido se ha convertido
en sinónimo de la poesía hecha canción. La muerte
del autor de La tregua se prolongó durante tres
años. Comenzó en 2006, cuando murió su mujer Luz,
con la que vivió toda la vida. Desde entonces, el
impulso vital del autor de más de 80 libros de
poemas, novelas, relatos, ensayos y teatro, así como
de guiones de cine y crónicas de humor, se fue
apagando. La voz del fiel compañero se apagó,
finalmente, pero quedan sus poemas de amor y de
resistencia.
Sería
arriesgado y tal vez apresurado afirmar que su obra
será inmortal, pero seguramente muchos de sus poemas
ya han adquirido ese estatus porque supo anclar sus
versos y textos en los puertos que inquietan a la
condición humana: el amor, la muerte, el tiempo, la
miseria, la injusticia, la soledad, la esperanza.
Sencillamente, fue el cómplice de varias
generaciones de lectores y de militantes políticos
que, como él, fueron amenazados y tuvieron que
escapar, como pudieron, de la muerte. Desde
comienzos del 2008 la salud de Benedetti se resintió
debido a sus problemas intestinales y a una
enfermedad respiratoria crónica de larga evolución.
Este año estuvo tres veces internado: en enero,
durante casi un mes; luego en marzo, y finalmente en
mayo. El ganador de tan preciados premios como el
Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, nació el 14 de
septiembre de 1920 como Mario Orlando Hamlet Hardy
Brenno Benedetti en Paso de los Toros, departamento
de Tacuarembó. La costumbre italiana disparatada de
adosar tantos nombres –el poeta siempre recordaba
que tuvo un tío que tenía los nombres de todos los
reyes que reinaban el día en que nació– fue la
primera batalla que libró el escritor hasta que
logró suprimir los cuatro nombres restantes en todos
sus documentos. Después de una quiebra de la
farmacia que tuvo su padre, los Benedetti se
trasladaron a Montevideo cuando Mario tenía cuatro
años. El niño que se entretenía de la mano de Emilio
Salgari y Julio Verne comenzó sus estudios primarios
en el colegio Alemán, de donde fue retirado por su
padre en 1933.
Tuvo una
infancia y adolescencia poco amable y llena de
privaciones por los problemas económicos. Vivían en
un ranchito con techo de chapas de zinc; su madre
tuvo que vender la vajilla, los cubiertos y los
regalos del casamiento. A los catorce años Mario
empezó a trabajar vendiendo repuestos para
automóviles en la empresa Will L. Smith. Se ganó la
vida de muchas formas –fue vendedor, taquígrafo de
una editorial, cadete, oficinista, gerente de una
inmobiliaria y periodista, entre otros oficios que
ejerció– hasta que pudo vivir de la literatura. A
los 18, en 1938, se vino a Buenos Aires a ver si
podía torcer la mala racha familiar, mientras su
vocación literaria se afirmaba durante sus lecturas
en un banco de la plaza San Martín. Siempre
recordaba que sus dos primeros libros, ediciones que
las había pagado Benedetti, no vendieron ni un
ejemplar. Su primer módico éxito –módico porque la
tirada era muy limitada– fue Poemas de oficina
(1956), aunque antes había publicado los poemarios
La víspera indeleble (1945) y Sólo mientras tanto
(1950) y los relatos de Esta mañana y otros cuentos
(1949). Le gustaba definirse como un poeta que
además escribía cuentos y novelas. Tenía la mano más
habituada al poema, pero los cuentos lo hacían
sudar. Montevideanos (1959) le llevó dieciocho años
terminarlo. “El cuento no admite fallas, se
construye palabra por palabra, cada una tiene que
tener su rol, y los finales son muy importantes”,
decía el escritor que en 1945 se integró al equipo
del semanario Marcha, hasta 1974, cuando fue
clausurado por la dictadura de Juan María
Bordaberry.
Hacia
fines de los años cuarenta fue miembro del consejo
de redacción de Número, una de las revistas
literarias más destacadas de la época, y participó
en el movimiento contra el Tratado Militar con los
Estados Unidos, su primera acción como militante.
Sus viajes a Cuba fueron consolidando el despertar
de su conciencia política. En 1968 creó y dirigió el
Centro de Investigaciones Literarias de Casa de las
Américas, cargo en el cual se mantendría hasta 1971.
Junto a miembros del Movimiento de Liberación
Nacional Tupamaros, fundó en 1971 el Movimiento de
Independientes 26 de Marzo, una agrupación que pasó
a formar parte de la coalición de izquierdas Frente
Amplio desde sus orígenes. Ese año publicó Crónica
del 71, compuesto de editoriales políticos
publicados en el semanario Marcha en su mayoría, un
poema inédito y tres discursos pronunciados durante
la campaña del Frente Amplio. Después del golpe de
Estado del 27 de junio de 1973 renunció a su cargo
de director del Departamento de Literatura
Hispanoamericana en la Facultad de Humanidades y
Ciencias de la Universidad de la República.
Y llegó el
exilio; lo arrancaron de cuajo de su ciudad. Primero
cruzó el charco y trató de instalarse en Buenos
Aires, en 1973. Fue aquí donde inauguró el “llavero
de la solidaridad”: cuando las cosas comenzaron a
ponerse oscuras acudía a ese manojo que le abría la
puerta de las casas de cinco o seis amigos. Pero la
Triple A le “concedió” un plazo de 48 horas para que
se fuera y se dirigió a Perú. La peste del
terrorismo de Estado y las amenazas parecían
seguirlo. En Lima fue detenido y deportado. Los
brazos de Cuba lo acogieron en 1976, pero
finalmente, Benedetti recalaría en Madrid, donde
estuvo exiliado hasta 1983. Fueron diez largos años
los que vivió alejado de su patria y su esposa,
quien tuvo que permanecer en Uruguay cuidando de las
madres de ambos. En esa década que lo vio luchar
contra el terror de los años ’70, la versión
cinematográfica de su novela La tregua, dirigida por
Sergio Renán, fue nominada al Oscar en 1974, a la
mejor película extranjera (aunque el premio,
finalmente, lo obtuvo la película italiana
Amarcord).
Benedetti
escribía, lo ha dicho, para esclarecer la mente de
un individuo, del ciudadano de a pie. “Las causas en
las que creo y que son derrotadas son las que me
impulsan, porque gracias a que las defiendo puedo
dormir tranquilo. No me siento derrotado en cuanto a
mis creencias ideológicas y voy a seguir luchando
por ellas. Sin éxito, eso sí”, aclaraba el escritor
con los pies en la tierra, pero con la mirada
siempre enfocada hacia ese horizonte de utopías que
abrazó desde joven. “Siempre digo que los tres
grandes utópicos que ha dado este mundo son Jesús,
Freud y Marx; gracias a ellos la humanidad ha dado
pasos positivos. Aunque de cada utopía se realice un
diez por ciento, gracias a ese diez por ciento la
humanidad ha mejorado un poco. Yo soy un optimista
incorregible.” Regresó a Uruguay, en marzo de 1983,
un poco mejor de lo que se había ido, “más ecuánime,
más tolerante, menos radical, pero sin perder mis
obsesiones”. Fue nombrado miembro del Consejo Editor
de la nueva revista Brecha, que sería la continuidad
del proyecto de Marcha, interrumpido en 1974. En
1985 Joan Manuel Serrat grabó el disco El Sur
también existe sobre poemas de Benedetti, contando
con su colaboración personal. Con el “desexilio”
llegan los reconocimientos en todo el mundo.
Las líneas
no alcanzan para repasar la cantidad de títulos que
ha publicado, son más de ochenta en todos los
géneros que frecuentó. Se destacan, por mencionar un
par, las novelas Gracias por el fuego (1965), La
borra del café (1992) y Andamios (1996); los
poemarios Inventario uno (1963), Cuando éramos niños
(1964), Quemar las naves (1969), Letras de
emergencia (1973), Viento del exilio (1981), El
amor, las mujeres y la vida (1995), La vida ese
paréntesis (1998) y Adioses y bienvenidas (2005) y
Testigo de uno mismo (2008); los cuentos de La
muerte y otras sorpresas (1968), Con y sin nostalgia
(1971), Recuerdos olvidados (1988), Buzón de tiempo
(1999) y El porvenir de mi pasado (2003); los
ensayos Peripecia y novela (1946), El escritor
latinoamericano y la revolución posible (1974), La
realidad y la palabra (1991) y Vivir adrede (2007);
y la obra de teatro Pedro y el capitán (1979). En
1999 fue galardonado con el Premio Reina Sofía de
Poesía Iberoamericana; en 2001 recibió el I Premio
Iberoamericano José Martí; en 2002 fue nombrado
Ciudadano Ilustre por la Intendencia de Montevideo;
en 2005 obtuvo el Premio Internacional Menéndez
Pelayo.
Mario, ese
Cupido involuntario que no merece quedar libre de
culpa y cargo por la cantidad de parejas que unió,
sabía que la vida es un paréntesis entre dos nadas.
“Yo soy ateo, no creo en Dios ni nada por el estilo.
Hay gente que tiene sus creencias religiosas y
tiende a sentir que después de la muerte está el
Paraíso, o el Infierno, porque muchos han hecho
mérito para ir al Infierno. Yo creo en un dios
personal, que es la conciencia”, afirmaba el poeta,
que trabajaba en un nuevo libro de poesía cuyo
título provisional es Biografía para encontrarme.
“Muchos de mis poemas son producto de ser hombre de
pueblo, y estar cerca del pueblo siempre ha sido una
máxima para mí. Lo mejor que me pudo haber pasado en
la vida es que lo que escribo le haya tocado el
corazón a esa gente, a ese pueblo, a ese hombre de a
pie.” Las lágrimas, esta vez, no tienen tregua
posible. Y por favor, pensarán muchos ahora que hay
que despedirse del compañero, no se olviden del
bolígrafo de Mario.