Mitos, Historia,
Guerra Civil: la respuesta de la Historia
Temas para el
Debate
Hace
setenta años terminó la Guerra Civil. De ellos,
cuarenta transcurrieron en condiciones anómalas
en la vida española. Tiempo más que suficiente
para que los vencedores elaborasen una compleja
mitografía sobre el significado y desarrollo de
la contienda que habían ganado merced, entre
otros factores, a la inhibición de las
democracias en contra de la República y a la
ayuda que desde el comienzo mismo de la
sublevación les prestaron las potencias del Eje.
Esa
mitografía, que pasaba por historia, no tuvo
demasiado eco fuera de la España franquista.
Desde fecha temprana, la apertura de los
archivos nazis por parte de los aliados empezó a
teñir de dudas las interpretaciones de lo que a
este lado de los Pirineos solía caracterizarse
como "la Cruzada". La historia de la Guerra
Civil pasó a ser el dominio en que se labraron
sus reputaciones algunos autores extranjeros o
españoles que residían más allá de nuestras
fronteras. Ninguno de ellos podía caer bajo la
férula de la censura, aunque sus publicaciones
no siempre tuvieron la divulgación que merecían.
Subsiste como auténtico inventario de los
despropósitos franquistas la fundamental obra de
Herbert R. Southworth sobre el mito de la
cruzada de Franco.
La
elaboración de una auténtica historia de la
Guerra Civil hubo de esperar al fallecimiento
del dictador y a la recuperación de las
libertades democráticas. Fue una ocupación
inmediata que resultó en un diluvio de
publicaciones, en las que se recordaba de dónde
veníamos y lo que los demócratas españoles
hubieron de sufrir. Desde entonces, han
transcurrido casi tantos años como los que tuvo
la dictadura para intentar implantar sus
interpretaciones en las mentes de los niños que
accedieron a la escuela pública o a la privada,
mayoritariamente confesional, a lo largo de los
"años de paz".
Libres
de censura, de los tiernos cuidados de la
Dirección General de Seguridad, de la Brigada
Político Social, o del Tribunal de Orden
Público, lo que los historiadores han ido
poniendo al descubierto no ha dejado incólume ni
una sola de las tesis fundamentales que acuñaron
y propagaron los vencedores. En mayor o menor
medida, todas han ido cayendo una tras otra.
Ninguna ha podido resistir la contrastación
crítica con las fuentes primarias. Lo que
escribieron los "historiadores" del régimen
-policías, soldados, propagandistas y académicos
complacientes- ha resultado ser, salvando
contadísimas excepciones, mera
"historietografía", por utilizar una expresión
que ha hecho fortuna.
Ello
no obstante, de un tiempo a esta parte, a partir
esencialmente de la victoria en las urnas del
Partido Popular en 1996, hemos asistido a una
extraña revitalización de los viejos mitos
franquistas. Es como si los conocimientos
extraídos del penoso análisis de archivos y
documentos de época no hubiesen servido para
nada. El antecedente del actual régimen
democrático que fue la Segunda República se ha
distorsionado hasta la saciedad. Se ha
transmitido, y algunos siguen transmitiendo, una
visión ideologizada y escasamente conectada con
la realidad histórica de lo que fue la primera
ocasión en la que las fuerzas de la izquierda y
del centro-izquierda impulsaron desde el poder
una profunda modernización de España.
La
Iglesia católica, por su lado, ha procedido a
beatificaciones masivas de víctimas de la
violencia republicana, a la vez que ha guardado
un discretísimo silencio sobre su
responsabilidad en la configuración ideológica
de "la Cruzada" y en la violencia franquista,
más aterradora, masiva y duradera que la de sus
oponentes. Su papel en la represión tras la
guerra está empezando a ser desvelado. No es
algo de lo que pueda sentirse orgullosa.
En
definitiva, el pasado se ha reinterpretado a la
luz de las necesidades de la pugna política e
ideológica del presente. Tal vez para hacer
frente no sólo al partido socialista en el poder
sino, más significativamente, para
cortocircuitar el movimiento profundo que en el
seno de la sociedad civil se ha generado de unos
años a esta parte para recuperar la memoria de
los vencidos, poner al descubierto las "fosas
del silencio", identificar los verdugos y sacar
a la luz el dolor diferido de los nietos de las
víctimas de aquellas salvajadas. Ha quedado
claro para sectores cada vez más amplios de la
sociedad española que la figura de Franco no
puede ser intocable, antes al contrario. Su
imagen y la de su régimen sólo se defiende hoy a
través de la acumulación de mensajes
negacionistas respecto a la Guerra Civil.
En
este número de TEMAS hemos convocado a varios
historiadores españoles. Son todos, sin
excepción, profesores de Universidad y
reconocidos investigadores de fuentes primarias.
Les hemos pedido que pongan los puntos sobre las
íes con respecto a algunos de los mitos
franquistas que un vocinglero, aunque pequeño,
grupo de propagandistas ha venido presentando al
público como si fueran el resultado de nuevas
investigaciones, nuevos enfoques, nuevos
planteamientos.
Nuestra intención ha estribado en hacer ver al
lector de buena fe que este revival
está basado en mera ideología, cuando no en
supercherías, en manipulaciones y en
tergiversaciones. No en la confrontación con los
datos y con los documentos.
El
conocimiento de un pasado aherrojado, manipulado
y desvirtuado es condición indispensable para
asentar sobre bases firmes la conciencia
democrática. La Guerra Civil fue una inmensa
fractura de la sociedad española y sus efectos
se harán hacer sentir durante muchos lustros.
Pero España, afortunadamente, no es una
excepción en Europa donde, bien o mal, casi
todos los países han lidiado con los fantasmas y
las fantasías de sus respectivas historias.
Nuestros universitarios y nuestros
investigadores han sabido estar a la altura de
las circunstancias. Hoy, tanto la historia de la
Guerra Civil como del franquismo se hacen
mayoritariamente en España. Es lo lógico.
También en esto hemos dejado de ser una
anomalía. Los que han respondido a la invitación
de han concentrado su atención en los mitos
franquistas más sustanciales. Innecesario es
decir que su selección no es la única posible.
Han quedado en el tintero, faltos de espacio,
muchos otros. Pero los abordados en este número
se caracterizan por tres rasgos esenciales:
surgieron en los tiempos tenebrosos de la Guerra
Civil, se desarrollaron al amparo de una censura
férrea y de una legislación cuasi guerrera
durante el franquismo y han vuelto a surgir en
los últimos años. Es siempre conveniente volver
a divulgar su inanidad. Porque respetamos la
verdad. Porque estamos comprometidos con el
conocimiento. Por amor a la democracia. En
último término, por respeto a quienes lucharon y
sufrieron por ella.
Somos conscientes de que
aún quedan dimensiones
por desvelar. Esperamos
con impaciencia la
anunciada Ley de
Archivos. Confiamos en
que el Ministerio de
Defensa se decida alguna
vez a abrir los archivos
en los que se remansa la
represión sistemática
que desarrolló el
aparato militar de la
dictadura, su más firme
sostén, su brazo
derecho. Del estudio de
los Consejos de Guerra
de la época y de los
veinte años sucesivos se
desprenderán lecciones
que los demócratas
españoles no podremos,
ni deberemos, olvidar.
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