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.Matisse,
bajo el sol de Niza
El
Viejo Topo
18 de Diciembre de 2009
Matisse tiene 48 años cuando llega a Niza en 1917,
en plena catástrofe de la gran guerra: es ya
un hombre maduro, con una importante obra detrás, y
cuya fama empieza a traspasar fronteras. Hasta
entonces, el pintor trabajaba en su estudio de Issy-les-Moulineaux,
cerca de París, a donde se había trasladado a vivir
desde su pueblo natal, Le Cateau-Cambrésis, fr la
región del Nord-Pas-de-Calais. Ese año sirve
de frontera convencional a los estudiosos de su obra
para dar paso a la que se considera su etapa de
plenitud (aunque no necesariamente la más valorada),
que llega hasta 1941. Es el criterio utilizado en la
exposición organizada por el Museo Thyssen-Bornemisza
(titulada así Matisse 1917-1941), que aborda
ese período de Niza y muestra muchas pinturas que
nunca se habían visto en España, cedidas por decenas
de museos y colecciones privadas.
Conocemos la evolución personal de Matisse, su búsqueda
artística y sus temores (¡la ceguera!), gracias a la
monumental biografía de Hilary Spurling, que se añade a
la visión de otros autores: Louis Aragon, por ejemplo,
que recogió en su obra Henri Matisse, roman, un
conjunto de textos escritos a lo largo de casi treinta
años, desde que conoció al pintor durante la Segunda
Guerra Mundial hasta el final de los sesenta; y Francis
Carco, que nos dejó sus impresiones en un pequeño
volumen, L'ami des peintres; y también a la
correspondencia de Matisse con Bonnard. Se ha insistido
en que, frente a sus inicios y sus últimos años, ese
cuarto de siglo que va de una guerra a otra es la etapa
menos conocida del pintor, aunque muchas de sus obras
resultan familiares incluso para el gran público. Como
si fuera un mensaje del destino, de esas dos fechas tan
importantes para él, 1917 llega con el despertar de la
revolución bolchevique, y, para Matisse, un artista del
frío norte de Francia, con la alegría del sur, de la
luz, de una nueva vida; y, un cuarto de siglo después,
1941 se anuncia con la agresión nazi a la Unión
Soviética que marca el inicio de las grandes operaciones
militares de la Segunda Guerra Mundial y, de hecho, de
la guerra de verdad, por comparación con la guerra
boba de los meses anteriores, en el mismo año en que
el pintor se somete a una operación quirúrgica por un
cáncer de duodeno que lo sitúa a las puertas de la
muerte, como el país de los sóviets ante Hitler.
Matisse había estudiado en el taller de Gustave Moreau,
en la última década del siglo XIX (aunque al viejo
simbolista le gustaba más el alumno Rouault), y
evolucionó con los restos del impresionismo, pero
también le influyeron, además del simbolismo, Turner,
Van Gogh, Seurat y Signac, el arte oriental, y, por
supuesto, Cézanne. Lujo, calma y voluptuosidad,
de 1904-5 (título tomado de un verso de Baudelaire y
realizado en la estela de Signac), marca el final de su
etapa neoimpresionista, antes de participar en la
ruptura del fauvismo. También le influye la
estética oriental (con la obra de Katsushika Hokusai,
por ejemplo), aunque no fue el primero en interesarse
por el arte japonés y oriental: Van Gogh había llegado a
copiar estampas de Hiroshige, como la famosa
reproducción de su Kameido. El jardín de los ciruelos,
que hizo en 1887, cuando Matisse ni siquiera había
ingresado aún en la École des Beaux-Arts de
París. En esos años, estudia el Louvre, desde Chardin y
Corot hasta el barroco holandés, y, a los veinticinco
años, tiene una hija, Marguerite, con Amélie Parayre, de
quien tendrá dos hijos más antes de que termine el siglo
XIX.
Su amistad con Derain, con quien colaborará en el grupo
fauve, su relación con Marquet (a quien llegó a
calificar como “nuestro Hokusai”), con Vlaminck, y su
participación en el movimiento fauvista son
trascendentales, puesto que marcan el paso del
neoimpresionismo a las vanguardias del nuevo siglo, en
medio de un frenesí de búsquedas alrededor del color,
del equilibrio y de la noción de volumen legada por
Cézanne. Matisse persigue después la simplicidad, con
colores planos, y una pintura que quiere plasmar dos
dimensiones deliberadamente, alejándose de la
perspectiva renacentista, y su relación con Picasso, con
quien coincidió en las veladas de Gertrude Stein,
influirá en la adopción de algunos rasgos del cubismo.
Es uno de los primeros artistas en interesarse por el
arte negro, aunque Carco insiste en que fue Vlaminck
el primero que llevó una escultura negra a casa de
Derain. Esa inclinación por la negritud atrapa a
Picasso, Modigliani, Kirchner, Léger, Brancusi y tantos
otros. A principios de siglo, Matisse visita el norte de
África, como había hecho Delacroix, y como harán Klee y
Macke, y su atracción por el orientalismo aumenta; un
orientalismo hecho de rasgos islámicos y japoneses, y en
donde también encontramos a Ingres. En 1901 pinta a su
mujer vestida de japonesa, (como hizo Monet, y también
Renoir, que había pintado una odalisca en 1870: Mujer
de Argel) y su atracción por Kitagawa Utamaro o por
el chino Cheng Hsieh (transcrito en pinyin como
Zhèng Xiè) transforman su mirada. Renoir, a quien
Matisse conocerá en 1917, poco antes de la muerte del
viejo impresionista, le impresiona. Lo encuentra, con
setenta y seis años, en un estado decrépito, casi
incapaz de sujetar los pinceles; tiene mucho en común
con él: capturar la alegría de vivir los une a
través de décadas de distancia. Allí, en Cagnes-sur-Mer,
en la casa de Pierre-Auguste, toman esa fotografía de
1918 que nos dice tantas cosas: en ella, vemos a Claude
Renoir, Greta Prozor, Matisse y Pierre Renoir, que están
junto al viejo impresionista, tocado con gorra de
visera. Poco antes, en 1916, Matisse había querido
conocer a Monet, a quien irá a ver en Giverny, el lugar
donde éste pasó casi medio siglo.
Desde el inicio de la nueva centuria, Matisse se había
distanciado de la corriente impresionista, que juzga
irrelevante para capturar la esencia de la realidad, y
su evolución culmina momentáneamente en La danza II,
de 1909-10, aunque no por ello desdeñará sus enseñanzas:
casi un cuarto de siglo después, en 1930, Matisse
reconoce la influencia en su pintura de los
impresionistas, de los neoimpresionistas, de Cézanne y
de los artistas orientales. También de los maestros que
observaba en el Louvre, antes de la gran guerra.
La gran ruptura del fauvismo, con su apuesta por
el color, y la adopción de un lenguaje cercano al
cubismo picassiano, llenan sus años de preguerra, que no
se abordan en la muestra del Thyssen.
Cuando llega a Niza, tiene problemas: el gobierno
revolucionario bolchevique confisca en 1918 las
colecciones de arte de Sergei Ivánovich Shchukin (para
cuyo palacete en Moscú, Matisse pintó La danza,
de 1910) y de Iván Morosov, que eran compradores
habituales de la obra del pintor. De hecho, Shchukin era
el principal cliente de Matisse. A partir de ese
momento, vive solo en Niza, sin su mujer, Amélie, ni sus
hijos, pero la alegría y la vitalidad que encuentra en
la costa mediterránea le dan nuevas energías. Sigue
indagando en las corrientes orientalistas que venían de
Delacroix, de Ingres, y continúa interesado en la
aportación de Cézanne, que juzga trascendental. Se da
cuenta de que empieza otra etapa de su vida: termina el
desarrollo de su “pintura decorativa”, como la había
denominado, y se dispone a adaptarse a unos tiempos
distintos, donde vendería formatos más pequeños. Pinta
entonces sus célebres odaliscas, que algunos verán
después como un retroceso de su pintura en relación al
período anterior, y pretende dar volumen a sus figuras y
sus escenas sin utilizar los procedimientos
tradicionales de la perspectiva. Dedicará también mucha
atención a la escultura —estudiando a Miguel Ángel,
utilizando incluso algunos de sus modelos escultóricos
para sus propias obras—, hasta el punto de que al
Grand nu assis le dedica casi siete años de trabajo.
Las modelos a las que pinta en Niza (Antoinette,
Laurette, Lydia, y otras, como esa recatada Wilma Jabor
a quien Matisse, con aspecto más de médico que de
pintor, bosqueja con su lápiz en París, en 1939, en el
estudio de la escultora norteamericana Mary Callery,
durante los meses en que Matisse vive en el Hotel
Lutétia), son, según sus palabras, “el tema principal de
mi trabajo”. Mary Callery tuvo gran amistad con Teeny
Duchamp, casada entonces con Pierre Matisse, hijo del
pintor, y que, después, fue esposa de Marcel Duchamp, y
eso explica la presencia del pintor. También utiliza
como modelos a su familia, a su mujer y sus hijos: a
Pierre, a quien ya había representado en La lección
de piano y quiso capturar en El violinista en la
ventana, aunque, al final, Matisse se representase
en él a sí mismo. Cuando termina la década, pinta a su
hija Marguerite y, después a Antoinette Arnoud, y
empieza a trabajar, en 1919, en los escenarios y el
vestuario para el ballet Le Chant du rossignol,
por encargo de Stravinski y Diaghilev.
Viaja a París, a Londres. En los años veinte, pinta
odaliscas, donde es perceptible la huella de Courbet, y
colabora con la modelo Henriette Darricarrère. Captura
los desfiles de Niza, el carnaval y la fiesta de las
flores, vistos desde el hotel Méditerranée.
Consigue obras notables: Interior en Niza, de
1918, con la ventana, el mar azul, el sillón y las
cortinas, en una peculiar visión de la vida cotidiana. O
Interior con funda de violín, de 1918-19, donde
vemos otra vez la ventana, el mar, una mesita tocador,
el sillón con la valija del instrumento; y Mujer en
un sofá, de 1920-21, donde se aprecia a la señora
recostada, compuesta con gran economía de medios: cuatro
trazos, y el rostro con dos puntos y un par de líneas.
En Conversación bajo los olivos, de 1921, vemos a
dos mujeres (que son Henriette Darricarrère y
Marguerite), una ataviada con un parasol, conversando
ambas junto a unos grandes olivos; llevan flores en el
pelo y chales, parecen vagamente japonesas y recuerdan
también a Fragonard. El biombo moruno, de 1921,
muestra a dos mujeres en un ambiente oriental,
una sentada al lado de una mesita, ante el bastidor: es
un lienzo barroco, recargado, lleno de color; al fondo,
se encuentra la funda del violín. La lectora
distraída, de 1919, parece un óleo inacabado: la
mujer apoya la cabeza en su mano, junto al tocador con
un búcaro con flores; y Lectora y velador, de
1921, donde la vemos leer en la mesita, con una vasija
con flores y un espejo de mano.
En 1922, Matisse es fotografiado por Man Ray en su
estudio de París: lo descubrimos con sus gafas redondas,
serio, incluso severo, en un momento en que parece
desconfiar del futuro. Tiene el aspecto de un burgués,
de un hombre de orden, poco inclinado a mezclarse en las
inquietudes políticas del momento. El año anterior había
participado en una exposición de “impresionistas y
neoimpresionistas” en el Metropolitan de Nueva York y es
ya una celebridad. De esos años son Pianista y
jugadores de damas, de 1924, donde el pintor compone
una habitación muy recargada, con el suelo y una pared
de color rojo, de inspiración árabe; también la alfombra
es roja; en un armario, cuelgan dos violines, junto a
una escultura de Miguel Ángel, a quien Matisse siempre
tuvo muy presente. Es una escena familiar: la pianista
es Henriette Darricarrère que tiene a su espalda a sus
hermanos jugando a las damas. El cuadro ha sido
relacionado con una de las más célebres telas de
Matisse, anterior a su etapa de Niza, La familia del
pintor, de 1911, donde su hija Marguerite, ataviada
con un severo vestido negro, parece observar a sus
hermanos que juegan a las damas, mientras al fondo
aparece la madre, Amélie, bordando.
Al año siguiente, viaja a Italia, es nombrado caballero
de la Legión de Honor y sigue ocupándose con litografías
de odaliscas. En esos años veinte, trabaja con el
orientalismo, deliberadamente decorativo, aunque próximo
a Cézanne en el tratamiento del volumen. Odalisca con
pandereta, de 1925-26, muestra a la mujer,
abandonada, sobre un sillón verde y dorado, y un suelo
rojo, en una composición de difícil armonía con la
pierna de la odalisca, que parece colgar, en primer
término, desequilibrando el conjunto. En la famosa tela
Odalisca y butaca turca, de 1927-28, el fondo de
la escena parece inadecuado, y es muy parecido al de
Dos odaliscas, una desnuda, con fondo ornamental y
damero, de 1928, otro conocido óleo, de título
descriptivo, un poco estrafalario. Sin embargo, son
cuadros que atraen poderosamente la atención. Estos dos
óleos, de pequeño formato, los vemos colgados en las
paredes del comedor del apartamento de la plaza
Charles-Félix, en Niza, en una fotografía que recoge al
matrimonio Matisse en 1929; el pintor mantiene el gesto
adusto de la imagen tomada años atrás por Ray, tal vez
está preocupado por la evolución de su pintura: desde
ese 1929 del crack no vuelve a pintar con
regularidad hasta cinco años después, aunque reflexiona
y trabaja sobre la danza para el encargo del doctor
Barnes y diseña las ilustraciones para el Ulises
de Joyce.
En marzo de 1930, en plena crisis económica, Matisse
llega al puerto de Nueva York. La ciudad lo estimula;
viaja después a Chicago y, en una sorprendente decisión,
a San Francisco, donde, el 21 de marzo, embarca con
destino a Tahití: allí pasará dos meses y medio viajando
entre las islas. La atracción de los mares del sur.
Además de Gauguin, que había viajado allí cuarenta años
atrás, también otros, como Nolde o Paul Eluard, van a
buscar la autenticidad de lo primitivo. Vuelve a
Marsella a finales de julio, pasando por Panamá y
Martinica y, tras descansar en Niza, se embarca de nuevo
hacia Nueva York, a mediados de septiembre, para una
corta estancia: a primeros de octubre vuelve en barco a
Francia y se dirige otra vez a Niza. Todavía hará un
tercer viaje a Estados Unidos a finales de noviembre de
1930, con objeto de planificar el encargo que le han
hecho en Merion, Pennsylvania, para lo que sería la
Barnes Foundation, creada por el doctor Albert C.
Barnes, a quien Matisse había conocido en casa de
Gertrude Stein. Hacia 1935, Lydia Delectorskaya, que le
había ayudado en el trabajo para Barnes, se convierte en
su modelo. En esos años, prepara exposiciones en París,
en San Francisco, en Nueva York, con una precaria salud
que le obliga incluso a ingresar en un hospital
parisino. En 1939, su intermitente matrimonio, trufado
de separaciones constantes, se rompe definitivamente.
En los primeros años en Niza, Matisse frecuentó a
Bonnard, y desarrolló lo que denominaba “pintura de
intimidad”, con volumen y juego de perspectiva, en
oposición al recurso de jugar con dos dimensiones que
había utilizado anteriormente, y estudia a Cézanne, cuya
obra Tres bañistas, realizada entre 1879 y 1882,
perteneció a Matisse durante treinta y siete años, y
que, según sus palabras, lo acompañó mucho y le sirvió
de apoyo en los momentos críticos. Las pinturas de la
exposición del Thyssen juegan con las aberturas de los
edificios: “Las ventanas siempre me han interesado
porque son pasajes entre el interior y el exterior”,
escribió el propio Matisse en 1952, poco antes de su
muerte. La convención del cuadro como si fuera una
ventana, que tiene antecedentes ya en el arte
renacentista europeo, es quebrada por Matisse
representando a veces la balconada, como en los cuadros
que recogen las escenas festivas de Niza, de forma que
incluye el propio lugar desde donde mira el artista,
algo que lleva al espectador a pensar en la pintura
romana, recordando el famoso fresco, un jardín, de la
casa de Livia, en el Palatino de Roma, por ejemplo,
aunque éste tenga otra perspectiva, o a reparar en el
“estilo arquitectónico”, donde ya aparecen ventanas.
Carnaval en Niza, de 1921, está realizada desde el
hotel que mira a la Promenade des Anglais, el
paseo marítimo que Matisse no frecuentaba demasiado. En
Niza, vivió en el Hotel Beau-Rivage, en el de la
Méditerranée (donde coincide con Francis Carco) y en el
Régina del barrio de Cimiez, además de en algún otro de
forma breve y en los apartamentos que alquiló.
En 1929, Matisse afirma: “Mi propósito es expresar mi
emoción”. Es el año de El sombrero amarillo,
donde una misteriosa mujer, de vestido lila, severa,
lleva un gran tocado que casi no recuerda el color de la
retama. También se encontraban en la muestra El
vestido azul reflejado en el espejo, de 1937, (que
se encuentra en Kyoto), y los bocetos y estudios a lápiz
para La danza, realizados entre 1930 y 1933. En
1938, Matisse trabaja para un encargo que le hace Nelson
Rockefeller para su casa neoyorquina, pero los
acontecimientos empiezan a precipitarse en Europa. La
república española es ahogada en sangre, y Matisse, en
el verano de 1939, viaja a Ginebra para ver las obras
del Museo del Prado expuestas en el Musée d’Art et
d’Histoire, que habían sido enviadas allí por el
gobierno de Negrín. La guerra está a punto de estallar,
y, aunque nadie sepa cómo y cuándo llegará, la inquietud
y el temor hacen que Matisse vuelva precipitadamente a
París desde Ginebra. Desde octubre de 1939, permanece en
Niza, donde vive los meses de la guerra boba. En
la primavera de 1940, duda sobre realizar un viaje a
Brasil, aunque finalmente se va con Lydia Delectorskaya
a Burdeos y Ciboure (la patria de Ravel, en el país
vasco francés), donde se entera de la caída de París en
manos de los nazis. En 1940, pinta Naturaleza muerta
con mujer dormida: allí está el jarrón chino, y la
blusa rumana, que tanto utilizó como motivo. Los últimos
meses de Niza son difíciles para él: su mujer y su hija
son detenidas por la Gestapo, por su participación en la
resistencia, y torturadas. Él está viejo: tiene más de
setenta años, y, con Francia ocupada por Hitler, rechaza
la posibilidad que se le ha presentado de trasladarse a
Estados Unidos. Además, su salud se ha quebrado, duerme
mal, y le asaltan constantes temores a quedarse ciego.
Matisse ha
visto pasar su vida en Niza. La guerra acaba, llevándose
el viejo mundo, y ya nada será igual. Francia había
transitado desde una vida encuadrada para muchos en la
visión de Husserl y de Bergson (que muere en 1941,
rechazando a Vichy, precisamente cuando acaba la etapa
de Niza para Matisse) y en la fortaleza de los imperios
británico y francés, a otro mundo distinto que emerge
tras la Segunda Guerra Mundial, con Estados Unidos y la
Unión Soviética como grandes potencias, y Sartre y
Merleau-Ponty como intérpretes de la nueva existencia.
Hasta la abstracción artística cambiará, aunque Matisse
nunca se preocupó por ella, pese a que, tras su obsesivo
trabajo para Barnes en La danza, el pintor
adoptará un lenguaje que se va aproximando a una cierta
abstración, y que, de hecho, emergerá con un nuevo
código, del que el Desnudo rosa, de 1935, es una
muestra. Según las palabras de Aragon, a quien Matisse
conoce en ese 1941, el pintor estuvo siempre
“obsesionado con Mallarmé y Baudalaire”, hasta el punto
de que dedicaría un gran esfuerzo en sus últimos años a
ilustrar Las flores del mal. La posguerra traerá
a Europa el aparato propagandístico norteamericano, de
influencia casi mundial, que proclamará a Pollock como
el artista más relevante de todo el arte moderno,
relegando a Picasso y al propio Matisse a la condición
de segundones (aunque otro expresionista abstracto,
Rothko, rendirá después homenaje a Matisse), e
impulsando, además, un preciso programa para acabar con
París como la capital del arte occidental, en un momento
en que Picasso tiene relevancia mundial y su militancia
comunista brilla frente a la moderación de Matisse, cuya
estrella se va apagando: es ya un hombre de otra época
y, además, no está preocupado por las convulsiones
políticas de posguerra, ni le atrae reflejar en su obra
los duros enfrentamientos sociales que vive Francia y el
resto del continente, aunque no por ello dejará de
trabajar: construye durante cuatro años la capilla del
Rosario de Vence, una pequeña población cercana a Niza,
donde diseña vidrieras, coro, vestuario religioso,
objetos litúrgicos; y recorta papeles de colores, los
famosos gouaches découpées.
En 1953, poco antes de la muerte de Matisse, Picasso
trabajará ya con su recuerdo: pinta La sombra sobre
la mujer, donde la odalisca, sobre la que se
proyecta una sombra (que es el mismo Picasso) está bajo
una ventana. La ventana de Matisse, bajo el sol de Niza.
Y el mismo año pinta también La sombra, donde el
español juega con la tela de Matisse, El violinista
en la ventana, de 1918, sabiendo que su viejo
compañero es, también, una sombra. Está enfermo, pero
con sus papeles recortados consigue obras que expresan
una gran alegría de vivir, aunque ya no le quede tiempo.
Sus obras eran su existencia. “Mis dibujos y mis
telas son trozos de mí mismo. Su conjunto constituye
Henri Matisse”, afirmó, cuando ya todo se desvanecía. |