Aniversario de Maquiavelo
Víctor Orozco
UCR
30 de
Julio de 2009
El 21 de junio de 1527 falleció Nicolás Maquiavelo, el famoso
historiador y teórico de la política nacido en Florencia 58 años antes.
Más conocido en el mundo por El Príncipe, el breve libro en el
que condensa las reglas para la adquisición y conservación del poder, es
autor sin embargo de al menos otros dos textos de historia y política de
una enorme relevancia: los Discursos sobre la primera década de Tito
Livio y su Historia de Florencia.
La
mala nombradía del florentino, que le ha perseguido por centurias, le
viene de su asociación con la idea de que en política el fin justifica
los medios. Así, cada estadista –como le llamaríamos en términos
modernos al príncipe, sin olvidar que fue el propio Maquiavelo quien
acuñó el término de Estado, para referirse a la organización política
que ejerce el poder- estaría justificado en el empleo del crimen, la
mentira, el perjurio, la deslealtad, si con tales recursos es capaz de
mantener el dominio o de conquistarlo. Y no faltan razones para
considerar a este hombre del Renacimiento absolutamente amoral cuando se
refiere a los hechos y actos políticos. Basta leer sus múltiples y
reiteradas alusiones a la ruina que aguarda a quienes se han dejado
llevar por sentimientos nobles en sus actuar político, en lugar de poner
atención a los hechos descarnados y al carácter implacable de las luchas
por el poder. El problema es discernir si Maquiavelo estaba haciendo
prescripciones o, más bien se interesó en mostrar cómo ha sido la
política a lo largo de la historia, valiéndose de experiencias
personales adquiridas en su oficio de diplomático y estratega militar o
bien de infinidad de ejemplos tomados de aquí y allá en el curso de los
siglos. Su posición, me parece, es similar a la de un frío científico
que describe el comportamiento de los fenómenos físicos o químicos. En
su caso, dice cuáles y cómo han sido las conductas y prácticas exitosas
en las carreras de los hombres de estado, sin consideración alguna hacia
cualquier otro valor ajeno a la política. No en balde elige como
arquetipos a dos de ellos, distinguidos en sus días por la crueldad, la
maldad, la astucia y la falta total de escrúpulos morales con las que
orientaron sus vidas públicas: Cesar Borgia –el poderoso hijo del Papa
Alejandro VI- y Fernando de Aragón, convertido en rey de España y
conocido como El Católico.
En otras palabras, lo que Maquiavelo escribió,
había venido pasando desde siempre, pero nunca había sido puntualizado
con el rigor, la frialdad y la franqueza impresos en sus palabras.
Fijémonos en una de sus máximas: “El
príncipe nunca carece de razones legítimas para romper su promesa”.
De ella, se derivarán muchas
consecuentes, hasta llegar a la famosa “razón de Estado”, también
de cuño maquiaveliano y que tienen como sustrato o elemento común, la
sobreposición del príncipe-estadista a reglas u órdenes normativos,
cualquiera que éstos sean. Pero, de nuevo, no fue el florentino quien
inventó la autolegitimización del detentador del poder. Cuatro siglos y
medio antes que él, un anónimo castellano puso en boca de un cortesano
del rey Alfonso, a quien el Cid Campeador le conminaba a jurar que no
había tomado parte en la muerte de su hermano, éstas célebres y
meridianas palabras: “Haced la jura, buen rey, no tengáis de eso
cuidado, que nunca fue rey traidor, ni papa descomulgado”.
Paradójicamente, toda la obra de Maquiavelo estaba animada por un
principio que tardaría en “cuajar” históricamente, sobre todo en su
propia tierra, es decir, el de las patrias o las naciones, a las cuales
les deberían lealtad todos sus miembros. Cuando éstas emergieron,
consolidaron sus propios órganos, dividieron el poder y pusieron normas
escritas, fue posible consignar a los reyes y a los estadistas como
traidores y no sólo eso, deponerlos y a veces, cortarles la cabeza.
Desde entonces, es que han tenido cuidado de hacer la jura. Quizá
vendrán tiempos en los cuáles a los papas también se les despierte ese
temor, al menos, de ser “descomulgados”.
Este principio es el que late en el último capítulo de El Príncipe
titulado: “Exhortación a liberar a Italia de los “bárbaros”,
extranjeros (franceses, austriacos, españoles, suizos) apoderados de su
territorio. Llenas de paradojas, la vida y la obra de este hombre han
sido difíciles de comprender: abomina de los tiranos, pues éstos niegan
a la república, al final su forma de gobierno predilecta, igual es su
repulsa al poder absoluto del Papa, por cuanto es uno de los principales
obstáculos para la emancipación y la unidad italianas, pero en ambos
casos ha de cortejarlos y alabarlos –aún cuando usa con frecuencia la
sorna o la ironía para dirigirse a ellos- pues entiende que en su
momento no hay manera de sustituirlos.
¿Cómo debemos asumir la herencia de Maquiavelo? ¿Es un desvergonzado
autor de consejos infames para los políticos? ¿Es un genio temerario que
se atrevió a correr el manto de la hipocresía bajo el cual se han
ocultado siempre los poderosos? ¿Es un genuino patriota a quien no
detienen las dudas para proponer cualquier medio útil en el propósito de
liberar a su suelo natal? ¿Es un genial historiador que, entre los
primeros, se propuso descubrir a las fuerzas sociales cuyo efecto
trasciende y traspasa a las generaciones?.
Ya se sabe que muchos entre los mayores cínicos del quehacer político
abrevan en las malas artes detalladas con abundancia por Maquiavelo
(Sólo recuérdese en el México actual a dos de estos ejemplares, tipos
diáfanamente maquiavelianos: Carlos Salinas y Diego Fernández de
Ceballos). Sin embargo, su mérito está por supuesto en otra parte: está
en el dotarnos de una visión que nos permite advertir el descarnado
espectáculo de la disputa por el poder, tras las piadosas túnicas y
vestidos talares, las bandas presidenciales, los crucifijos o las
tiaras, las invocaciones a la grandeza de Alá, las bellas coronas, los
imponentes uniformes e insignias, los juramentos sagrados.
Tan vasta y penetrante ha sido la influencia de este italiano
desencantado, que nadie entre quienes le sucedieron en la reflexión
sobre la filosofía de la historia, la política, las técnicas del poder,
han dejado de citarlo y tomar una posición ante la helada lógica de sus
argumentos. Es hombre de una época que nos entregó el descubrimiento de
la brújula, de la imprenta, del telescopio, de la circulación de la
sangre, el reconocimiento del cuerpo humano, el despliegue de las
lenguas nacionales y de las naciones modernas, del Derecho
internacional, la relectura de los clásicos griegos y latinos, así como
de los juristas romanos, el prodigioso encuentro entre las
civilizaciones del viejo y el nuevo mundo, la reforma religiosa, el
despertar del gusto por el arte y por la vida. Entre toda esta vorágine
de novedades, Maquiavelo nos legó otro descubrimiento: el de la política
como ciencia.
No podemos inscribir en su tumba el tradicional epitafio: ¨descanse en
paz¨, porque desde el infierno, donde es seguro que se encuentra,
seguirá burlándose de dogmas o pasiones y observando las luchas por el
poder…si no puede intervenir en ellas.