Juan Madrid: "Vivimos en el
engaño más grande que se ha urdido nunca"
Málaga Hoy
El autor
malagueño, periodista clave en la Transición y maestro
de la novela negra, regresó esta semana a su ciudad de
origen con nuevo libro bajo el brazo, 'Bares nocturnos',
y habló sobre melancolía y política
Juan Madrid (Málaga, 1947),
autor de medio centenar de
novelas (algunas, como Días
contados, han sido adaptadas
a la gran pantalla) y de
numerosos guiones, periodista
fundamental durante la
Transición en revistas como
Cambio 16, antiguo militante
del PC y docente en varias
instituciones de Europa y
América, es un conversador
cómplice, de una honestidad
comparable a la de Catulo. Y es
un ser amable, cálido, pródigo
en gestos.
-¿Ha superado ya la melancolía?
-No. Si lo hubiera hecho, sería funcionario. Tengo
escritos 50 libros y no lo he conseguido. Bares
nocturnos, que es anterior al último que salió,
Adiós, princesa, responde precisamente a mi
relación con la melancolía. Uno empieza a darse
cuenta de la melancolía cuando también se da cuenta
de que necesita memoria. Y eso ocurre a partir de
los 32 ó 33 años, cuando descubres que tienes un
pasado. Pero sí, hay una melancolía en todas mis
novelas. Lo que pasa es que en ésta hay una
melancolía especial: los bares nocturnos son una
metáfora de la década prodigiosa que siguió a la
muerte del militar gallego de alta graduación, desde
1975 a 1985, que se vivió de manera asombrosa en
todas las ciudades de este país. Es verdad que
existió una movida en Madrid, pero constaté una
historia similar en Málaga, en Sevilla, en Albacete,
en Cáceres. Como si se hubiera roto el muro de la
presa.
-Pero parece que ahora han vuelto los pantanos.
-Aquel monumento para la ética que fue la
resistencia al franquismo es hoy un perfecto
desconocido. Se perdió. Y ése fue el mecanismo que
me empujó a ser periodista primero y escritor
después: comencé a escribir novelas, de hecho,
cuando comprendí que se había perdido todo. En 1980
publiqué mi primera novela y ya me di cuenta de que
se estaba generando el discurso único que ha
cristalizado ahora sobre la Transición, la
democracia, el rey, el príncipe y las princesas,
todo un cuento de hadas absolutamente falso que se
fue gestando en ese tiempo. Había dos o tres
salidas: hacerse funcionario, unirse al grupo de los
intelectuales orgánicos para aspirar a dirigir
alguna sede del Instituto Cervantes o contar esa
historia. Yo tenía una posición privilegiada porque
había sido periodista. Y lo hice.
-¿Qué unió al primer grupo postfranquista de
escritores?
-De esa primera generación, los que sacamos las
primeras novelas a comienzos de los 80, la mayoría
veníamos de la lucha antifranquista. Habíamos
sufrido la zarpa fascista, no sólo nosotros sino
nuestras familias. Para nosotros, la literatura ha
sido una especie de expiación. Posiblemente dando
testimonio de lo que ha pasado es como se puede
soportar el hecho de que ahora nos quieran la
película de otra forma. Descendiendo a las cloacas.
Casi sin quererlo me he convertido en un cantante de
las cloacas, porque los bajos fondos están muy
conectados con los altos despachos.
-¿Era posible prever entonces todo lo que vino
después?
-No, era imposible presagiar las múltiples
traiciones, la del PC, la del PSOE. La oligarquía
que había tenido el poder durante el franquismo se
encargó de comprar a las personas necesarias para
que todo se hiciera a su manera. A veces, los
actores se salían del papel. Y un hubo un actor
acojonante que hizo de general de la Rovere, que fue
Adolfo Suárez. Interpretó un papel que no era el
suyo y se hizo de la izquierda. Ahí se produjo una
ruptura del guión. Pero lo que ocurrió con el PC
estaba más que previsto por esa oligarquía. Así fue
como sucedió la Transición, por mucho que los
historiadores y periodistas se sigan moviendo en un
mundo falso, en un discurso oficial muy alejado de
la realidad. Por eso, cuando me decidí a escribir
novelas quise contar todo lo que no había podido
contar antes. Todas mis novelas son, en el fondo,
una especie de venganza. Yo no me he educado en el
encanto, sino en el desencanto. Siempre he sabido lo
que era el estalinismo y siempre me he declarado
antiestalinista. Para mí el fin de la Transición no
fue que ganara las elecciones la banda del
sevillano, una gente sin escrúpulos que tomó el país
como en la Cosecha roja de Hammett. Lo
hicieron junto a los otros, que son todavía peores.
-¿Se pensaba, antes de la muerte de Franco, que
España podía convertirse en un caso único cuando ya
no estuviera?
-Ya había constancia del peligro. Siempre,
históricamente, cuando la democracia burguesa ha
utilizado sus recursos habituales, como las
elecciones, en contra del parecer del ejército, éste
ha intervenido. El ejemplo más evidente es el de la
República española. Cuando falla el control
ideológico, actúan las armas. En 1974, cuando Don
Juan de Borbón se unió a la Junta Democrática, en la
que estaban la democracia cristiana, Satrústegui, el
PSOE, el PC y otros, el sistema se vio en una
situación comprometida, porque habían acordado crear
tras la muerte de Franco un gobierno de conciliación
nacional y convocar un referéndum para elegir entre
la república o la monarquía. Había incluso encuestas
que afirmaban que el 70% de la población quería una
república. Así que el franquismo, que ya había
diseñado la Transición entre 1946 y 1947, decidió
buscar a quienes le garantizaran la continuidad del
sistema. Y en Sevilla encontró a una gente que fue
convenientemente pagada y agasajada a cambio del
compromiso de no constituir un Frente Popular,
porque sabían que un Frente Popular ganaría las
elecciones. Yo creo que, incluso aceptando que el
PSOE fuera de izquierdas, eso ocurriría también hoy.
Ante eso, cabe preguntarse si es posible escribir lo
mismo que hemos escrito siempre, como dijo Pratolini
respecto a Auschwitz. Es una decisión ética. Vivimos
en la caverna de Platón, en el engaño más grande y
mejor preparado que se ha urdido nunca. En mi última
ponencia en el PC, en 1979, afirmé que había que
abandonar todos los cargos políticos y contar a la
gente la verdad de lo que había ocurrido. Que
teníamos un régimen corrupto por definición.
-Pero muchos autores sí han seguido escribiendo lo
mismo.
-Sí. Aquí y en Latinoamérica. Como Mario Vargas
Llosa, que es un vendido. Lo que le pasa a Vargas
Llosa es que escribe como los dioses. Mejor que
García Márquez, que es de izquierdas, y que Carlos
Fuentes, que es otro vendido.
-En Bares nocturnos carga contra el buenismo,
en un tono incluso nietzscheano.
-Sí, entre todos mis múltiples defectos tengo el de
haber leído a Nietzsche, aunque no sea mi preferido.
Siempre he creído en la obligación de ser dueño del
propio destino, como en La isla del tesoro,
de Stevenson. El problema es que para conseguirlo
hay que matar al padre. La pena es que después de
Nietzsche nadie recogió el testigo. El capitalismo
ha creado una mediocridad enorme. Todo lo que no sea
una mercancía carece de valor.
-¿Cuando se haya curado la melancolía escribirá un
libro de Historia, en plan científico?
-Lo tengo ya. Es la tesis doctoral que no terminé
sobre cambio político y estructura social, que es
algo muy rimbombante pero trata sobre las luchas
campesinas en Andalucía en el siglo XIX. Ahí cuento
lo de las huelgas generales de Jerez en 1883, que
creo que es la única ocasión en la Historia en que
un grupo de campesinos asalta una ciudad. Lo
llamaron epidemia de hambre. Para justificar la
represión feroz con la que respondió, la Guardia
Civil se inventó un panfleto sobre una organización
revolucionaria dentro de la Primera Internacional
que se llamaba la Mano Negra, que iba a quemar viva
a toda la burguesía. Algo parecido a lo que ocurre
ahora con el terrorismo. Los dictadores antiguos no
necesitaban justificantes, pero la burguesía los ha
necesitado siempre. El libro salió con ese título,
La Mano Negra.
-¿Qué opina de la adhesión de Bergamín y Sastre a la
izquierda abertzale tras la Transición?
-Conozco mucho a Sastre. Le tengo un gran afecto.
Pero no comparto su historia política, por más que
saliéramos de la misma organización. Su defensa de
lo que llama el pueblo vasco, la ETA y todo eso, no
la acepto. Pero no puedo evitar conservar este
cariño. Le conocí cuando yo tenía 17 años y era
botones de Alfaguara. Le llevaba los libros que le
enviaba Camilo José Cela, que era mi jefe. Cela
estaba pagado por el régimen para intentar convencer
a la disidencia, y mandaba libros a Ayala, a Sastre.
Él me ayudó mucho, pero me distancié cuando salió
todo lo de la ETA y su mujer estuvo implicada en un
atentado. Bergamín me ayudó también mucho, sobre
todo a escribir. Cuando le conocí, yo salía con una
brasileña y él no le quitaba el ojo de encima. Murió
arruinado. Creo que la Transición fue muy injusta
con él, sobre todo porque contribuyó mucho a la
cultura desde la universidad. Es una pena, pero la
universidad fue mucho mejor durante el franquismo
que ahora. Sastre y Bergamín son dos escritores como
la copa de un pino. No como Ayala, que es pésimo. El
único mérito que tiene Ayala es haber sido
republicano y haber querido al Rey. Y haberse comido
un cochinillo entero cuando tenía ya 80 años. Yo lo
vi.
-¿Qué queda de su infancia en la Plaza de Biedmas?
-Queda todo. No he salido de esos callejones.
Intelectualmente y emocionalmente. Como decía Ibn
Battuta, 'no he salido nunca de ese patio lleno de
naranjos de mi casa de Granada'. Sigo ahí y a través
de esa ciudad veo la vida.