Por resumir someramente lo
narrado hasta ahora, diremos que
el panorama que se vivía en el
mundo de la canción de autor a
principios de los años 70 era
sumamente contradictorio: por un
lado, nunca había estado tan de
"moda" protestar (algún camaleón
quiso hacer su agosto
aprovechando el tirón), pero,
por otro lado, estaba
volviéndose una práctica
peligrosa de nuevo. Si bien,
ciertos elementos
gubernamentales podían tolerarla
porque generaba dinero, también
se hacía lo imposible para
taparla: prácticas que iban
desde la incontestable
prohibición gubernamental,
pasando por la vigilancia
policial, hasta enviar a los
matones de Cristo Rey a reventar
el recital: resulta sintomático
que durante la segunda mitad de
los años 70, a pesar de la
aparente liberta de expresión
que había comenzado, la
prohibición de recitales era
enfermizamente usual. Sin
embargo, en radio y en
televisión había llegado una
nueva generación de
profesionales: los Ángel Álvarez
con su caravana (título de su
programa), los Carlos Tena, los
Moncho Alpuente, los Ismael con
su Banda del Mirlitón, e,
incluso, cabría hablar de la
labor de des-sentimentalización,
psicodelización, erotización e
ironización de Valerio Lazarov
como director de TVE. Este
panorama brindaba a muchos
cantautores el poder subir a un
escenario público, ante toda
España: tal fue la muestra del
perdón nacional-popular a Serrat
por negarse a cantar en
Eurovisión si no lo hacía en
catalán: un concierto en el 74
dentro del espacio "A su aire".
Pero si bien comercial,
artística y mediáticamente la
situación era relativamente
buena, no lo era tanto
políticamente. A nivel
internacional, los primeros 4
años de la década habían entrado
con un ruido ensordecedor: la
matanza de los estudiantes de
Kent State, en EE. UU, el golpe
de estado de Pinochet y su
violenta y condenable represión
contra la población civil, la
Revolución de los Claveles
portuguesa... Muchas cosas a la
que el régimen franquista no era
ajeno, y le empezaba a ver las
orejas al lobo, pues, siguiendo
lo ocurrido en Portugal, y en su
manía de no abrirse del todo, el
régimen decidió endurecer sus
últimos años de existencia:
dentro del país sucedían cosas
que parecían presagiar que al
general se le acababa el invento
y que, aunque ya son de vox
populi, siempre conviene
recordar: ya no eran sólo las
huelgas de estudiantes y
trabajadores, ni siquiera eran
solamente los atentados de las
bandas armadas; era incluso algo
más grave: el régimen corría el
riesgo de perder sus dos pilares
fundamenteales: parte del clero
se había declarado en oposición
y en rebeldía contra el régimen,
los curas rojos
,
como se los llamaba -con más o
menos justicia, según casos- y
se les aplicaba el mismo
tratamiento que a los presos
políticos "comunes"; y, por otra
parte, la Revolución de los
Claveles puso en alerta al
régimen, que descubrió elementos
discordantes en el ejército:
procedió a disolver a la UMD
(Unión Militar Democrática) y
encarcelar a sus miembros.
Fue por esos tiempos cuando
sucedieron dos hechos que, de
alguna manera, dignificaron la
canción de autor (aún más). El
primero, un hecho triste, fue el
asesinato de Víctor Jara en
1973: pienso que aquel hecho fue
análogo al asesinato de Federico
García Lorca, pues demostró que
el "cantante social" podía estar
tan en el punto de mira como
cualquier responsable político:
esto quería decir que el
cantante, quisiera no, tenía
cierto protagonismo
político-social. El segundo,
mucho más alegre, fue la
acertada elección por parte de
los militares portugueses de la
canción "Grândola, vila morena",
del cantor portugués José Afonso;
este hecho, demostró a su vez,
que el cantor era capaz de
remover conciencias y -sé que en
mí ya sueña trillado- alimentar
esperanzas. Sin embargo, no fue
por estos hechos únicamente,
aunque contribuyeron, que al
llamado "cantante social" se le
empezara a tomar muy en serio,
con lo de positivo y negativo
que esto conlleva.
Por supuesto, toda esa seriedad
puede llegar a ser insoportable,
sobre todo si se aspira sólo a
hacer canciones: de ahí la feliz
ocurrencia de la canción
satírica, tan eficaz, o incluso
más, que la canción seria o
convencional. Aquí brillaron con
luz propia autores satíricos
como fueron y son Pi de la
Serra, Las Madres del Cordero,
Javier Krahe, Desde Santurce a
Bilbao Blues Band, e incluso
Hilario Camacho, Jesús Munárriz
y Luis Eduardo Aute (de este
tema hablaremos más adelante).
Acababamos el capítulo anterior
con una frase. Una día de
Noviembre -el 20 para más señas-
el presidente del gobierno,
Carlos Arias Navarro, hablaba en
un comunicado especial a los
españoles; en tono compungido
dijo aquella frase que muchos
llevaban esperando: "Españoles,
Franco ha muerto"... Uno ha
leído mucho, visto muchas
películas, documentales, etc.,
sobre aquel día: pero aún así,
ni remotamente puedo sintetizar
o condensar el caudal emocional
que para muchos supuso tan
ansiada noticia: era una
pesadilla que ¿acababa?...
Pudiera parecer que sí, pero
incluso había sus dudas: aunque
el sucesor del caudillo, el
príncipe de Asturias Juan Carlos
había (dicen, yo no juzgo)
mostrado su intención de cambio,
la presidencia de Arias Navarro
pesaba como una losa todavía, y
junto a él los pilares
tradicionales del franquismo.
En 1976 se abrieron algunas
libertades, especialmente de
expresión, aunque los partidos y
sindicatos seguían siendo
ilegales. Pero de nuevo, el
gobierno de Arias Navarro y el
ministro de la gobernación,
Manuel Fraga, daban una de cal y
otra de arena, y parecían
reacios a la apertura
democrática.
Aquellos años 76 y 77 fueron
unos de los más duros:
curiosamente, muerto Franco,
muchos lo recuerdan como un
bienio de especial y masiva
represión, debido a que fue un
año políticamente muy activo, y
más de uno vio la sombra de la
guerra civil planear de nuevo
sobre nuestras cabezas.
Ocurrieron muchos sucesos
desagradables, como los muertos
de la manifestación obrera de
Vitoria y otros casos más que
aún están pendientes. José
Antonio Labordeta recuerda que
el 76 fue uno de los años más
duros de entonces, debido a la
reacción política oficial y
extra-oficial. Los cantautores
vieron como, al contrario de lo
que se esperaba, se les prohibía
subir al escenario, o les
anulaban la actuación a mitad de
recital, al mismo tiempo que
parecían gozar de mucha más
libertad de expresión, aunque
fuera, de nuevo, muy
relativamente. Los conciertos
contaban con fuerte presencia
policial (que no pagaba entrada)
de uniforme y de paisano,
dispuestos a actuar a la menor
provocación -y si no eran los
policías, eran los temidos
grupos de ultraderecha-.
El caso más conocido y claro es
el del propio Raimon: en 1976,
Raimon, tras ocho años de veto
en Madrid, vuelve para dar
cuatro recitales. Al primer
recital acuden gentes de la
política y sindicalistas (Felipe
González, Santiago Álvarez,
Marcelino Camacho…), de la
cultura (Gabriel Celaya,
visiblemente conmovido ante la
ovación que recibe a su entrada)
y todo un abanico de gente:
estudiantes, trabajadores, amas
de casa, ancianos, niños… Raimon
cuenta como, de no haber sido
por la sangre fría de su esposa,
el responsable policial hubiera
gaseado a todo el pabellón de
deporte del Real Madrid, porque
al policía al cargo le pareció
que el público se estaba
pasando; Raimon, fríamente le
espetó: “Yo he hablado con el
gobernador, y sé hasta dónde
puedo llegar”. La conclusión de
todo esto es que, a pesar de que
el recital pudo acabar en la más
perfecta y ejemplar normalidad,
el ministro Fraga, leyendo el
informe, decide suspender los
recitales restantes.
Por
supuesto, los cantantes tampoco
se podían dar muchos "lujos", ya
que, fuera directa o indirecta
su responsabilidad, la multa la
abonaban ellos. Por esa razón,
la gobernación civil y el
Ministro de la Gobernación (un
tal Fraga, no sé si os suena)
prohibían dichos espectáculos:
no era de extrañar, pues se
trataban de espectáculos en los
que los gritos de "Amnistía y
libertad" eran una constante; si
bien había sido así ya antes,
los recitales se convirtieron en
auténticas manifestaciones
políticas, regionalistas muchas
veces, y antifranquistas todas.
Aun así, se multiplicaban los
recitales en beneficio de los
partidos, los sindicatos, los
presos políticos: por ejemplo,
el recital conjunto que dieron
Bibiano y Benedicto en beneficio
de Santiago Álvarez, dirigente
comunista que estaba preso por
entonces, y que se grabó y
distribuyó en cassette
clandestinamente. Empezaron a
prodigarse los recitales
multitudinarios, que consistían
en contar con la actuación de al
menos un cantautor por región
(incluido Sáhara) y artistas
invitados de Latinoamérica y
Portugal. Muchos de ellos no
llegaron a celebrarse por la
presencia de banderas ilegales:
dichas banderas no eran más que
la ikurrina vasca y la senyera
catalana entre otras banderas
hoy oficiales y legales, por
ende: eso fue lo que le ocurrió
a "La trobada dels Pobles" en
Valencia, por poner un ejemplo.
Mucho más humilde, pero igual de
bonito, eran los recitales de
barrio: a finales de los 70,
España no fue una excepción a la
crisis económica, propiciada por
una crisis energética derivada
de la guerra árabe-israelí, y,
quienes más sufrieron las
consecuencias (sin que esto
constituya novedad alguna)
fueron los barrios populares de
Madrid, Barcelona, Bilbao... En
Madrid -caso que conozco más
cercanamente- la miseria estaba
sumiendo a barrios como Vallecas,
San Blas y otros en la
marginalidad; los vecinos,
entonces, se organizaron para
cuidar el barrio con diversas
actividades: una de ellas
consistió en los recitales que
Luis Pastor, Suburbano y otros
dieron por aquellos barrios: en
el caso de Pastor, por Vallecas,
por supuesto.
Por poner ejemplos de lo que se
cantaba en esos cuatro años
desde la muerte del dictador:
"...por mucho que le llaméis no
saldrá del agujero..." ("Están
cambiando los tiempos", Luis
Pastor), "...y ya he visto a más
de uno ir a rezar a ver si el
Señor en su infinita bondad les
resucita al general." ("Todos
naufragan", Patxi Andión)...
Sobran comentarios. Sin embargo,
a pesar de todo, un espíritu de
esperanza latía en la garganta
de los cantores. En canciones y
discos como "Están cambiando los
tiempos"; de Luis Pastor, "Pola
unión", de Benedicto sobre un
poema de Curros Enríquez; "Canto
a la unidad de verdad"; "Irabazi
dugu" (ganamos) de Urko; o en
los títulos de LPs como Estamos
chegando ó mar (Bibiano), Está
despuntando el alba (Los
Juglares), Y todavía respiramos
(Los Lobos), Presagi (Ramón
Muntaner) Con la ayuda de todos
(Joaquín Carbonell) en 1976, y
¡Choca la mano! (Elisa Serna),
Despegando (Enrique Morente),
... Y a cada paso que demos (La
Fanega), Nacimos para ser libres
(Luis Pastor), Alianza del
pueblo nuevo (Manuel Gerena),
Pola unión (Benedicto) o Ara és
demà (Coses) en el 77 dejan
entrever un nuevo espíritu de
esperanza, de ansia de libertad,
pero a la vez de gran
solidaridad entre todos.
Y era necesario ese espíritu, ya
que a pesar de entrar de lleno
en la transición democrática (o
segunda restauración borbónica),
las fuerzas del estado esgrimían
todo el potencial represivo del
que disponían; a veces, las
órdenes no venían de arriba,
sino de un intermediario
confuso: así, a lo largo de
aquellos años convulsos, se
siguieron practicando
detenciones aleatorias, se
siguieron haciendo juicios
arbitrarios y se siguió matando
gente... Los sucesos de San
Fermín de 1978 o de Vitoria de
1976 son sólo dos ejemplos:
estos por parte de la policía;
por parte de Guerrilleros de
Cristo Rey, la triple A y otros
ultras sumaríamos unos cuantos
más. En el otro extremo los
atentados de bandas armadas de
extrema-izquierda como GRAPO y
ETA pondrían en peligro todo
aquello. Aun así, la amnistía
general y la legalización de
todos los partidos y sindicatos,
permitió a todos regresar a
España.
Entre los años 76 y 77 se
produjo un fenómeno de lo más
curioso que, en parte,
contribuyó a enterrar a la
canción social o
antroplógica. Como en otras
ocasiones he contado, fuera por
el gusto por lo prohibido o por
lo que fuera, la canción
protesta estuvo bastante de
moda, incluso se hicieron
canciones reaccionarias
siguiendo esquemas de la canción
protesta básica, el problema era
la falta de libertad. Pues una
vez muerto el dictador ese
problema pareció desaparecer, y
las grandes multinacionales
discográficas empiezan a fichar
a cantautores, incluso a
aquellos que habían estado
prohibidos en extremo (por
ejemplo, Imanol). Hay muchos que
dicen que la muerte del general
descubrió a los auténticos de
los farsantes entre los
cantautores: extremo éste, en mi
opinión, bastante falso (incluso
creo que muchos que eran buenos
cayeron heridos en el camino por
este fenómeno de
comercialización), pues es
precisamente gracias a este
fenómeno cuando la producción de
discos de canción de autor y de
protesta se duplica. González
Lucini, en su libro Crónicas de
los silencios rotos nos muestra
un gráfico en el que se muestra
como entre los años comprendidos
entre 1963 y 1981 la producción
de este genero alcanza su punto
álgido en los años 75, 76 y 77.
La explicación es simple: las
grandes discográficas se
esforzaban en buscar al nuevo
Serrat o al nuevo Aute; el
resultado fue bueno, en el caso
de muchos cantantes y grupos que
llevaban años intentando subir
al escenario, pero en otros
casos resultaron ser cantantes
sin demasiada sustancia, de
consignas, podríamos decir
(NOTA: no conozco a ninguno de
esos, todos los que pongo aquí
se tienen bien ganado el
puesto), e incluso, grandes
oportunistas y farsantes, como
Juan Pardo, un cantante correcto
que descubrió que, muerto
Franco, él también era un
galleguista anti-franquista y
editó Galicia. Miña nai dos dous
mares en un ejercicio de
-reconozcámoslo- buena música,
pero también, de hipocresía y
oportunismo exacerbado (aunque
tal vez "cabronada", como dicen
Miro y Benedicto, se ajuste
más): Juan Pardo simplemente
decidió subirse a un carro del
que pensó podría sacar tajada (y
lo hizo, sin duda), pero en
desprestigio de los auténticos
cantautores gallegos que tanto
habían sufrido por subir al
escenario (recordemos que, por
ejemplo, Xerardo estaba
exiliado). Hay más casos (María
Jiménez, Camilo Sesto), pero
éste fue el más sonado.
Después, el ir cada vez más
pregonando la normalización y la
democracia hizo el resto contra
algunos de los que podríamos
llamar "cantautores meramente
políticos": una especie de
"casi-reacción" que casi logra
incluso destruir a un cantautor
tan bueno y prolífico como
Víctor Manuel debido a la, según
quienes, excesiva politización
de sus textos en la 2ª mitad de
los años setenta. El entierro
político se produciría tras el
23-F; después se podría ver a
algunos en recitales contra la
OTAN, contra el servicio militar
obligatorio, contra las
centrales nucleares y lacras así
que aún pervivían o perviven,
junto a los nuevos valores de la
canción de autor e, incluso, los
grupos de rock duro.
Fue un largo camino, con
altibajos, con difamaciones,
persecuciones, prisión, exilio,
pero siempre con poesías y con
melodías, que eso eran, al fin y
al cabo. Se podría decir que fue
en la 2ª mitad de los 70 cuando
alcanzan gran protagonismo y
reconocimiento, pero también
cuando se produjo la gran
traición: después de haber
cantado por ellos, algunos de
los grupos políticos de
izquierda, como el PSOE
principalmente, les dio la
espalda y condenó al ostracismo
a muchos: quizás eran incómodos
hasta para ellos, o quizás ya no
les eran necesarios: en
definitiva, según ellos, en
España ya se respiraba libertad.
De cualquier manera, muchos
siguieron, y otros ahí están, y
también los hay nuevos. Sea como
fuere, su bonito legado ahí ha
quedado, para todos, inmortal e
intemporal, como las grandes
obras de arte: y quien niegue
esto, pues ya sabe de qué pie
cojea.
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ENLACES DE INTERÉS SOBRE EL
TEMA:
Recital por Santiago Álvarez de
Bibiano y Benedicto:
http://www.ghastaspista.com/historia/directo76.php
Oír/ descargar el Recital de
Bibiano e Benedicto:
http://www.aregueifa.net/benedictoebibiano.htm
Trobada dels Pobles y otros
recitales prohibidos:
http://www.luispastor.com/prensa.htm
Festival de los Pueblos
Ibéricos:
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