Guy Debord.
El hombre que hizo bailar París
Tipos
Infames *
Soitu.es
30 de Agosto de 2009
En
ocasiones uno tiene la impresión de que el
recuerdo de lo sucedido en París hace más de
cuarenta años no se decide a abandonarnos
(tranquilícense: éste no es otro artículo sobre
mayo del 68, pueden seguir leyendo...). Lo digo
por la persistencia que aquellas fechas han
logrado alcanzar en el imaginario político de
nuestros dirigentes. A la declaración de los
testigos me limito:
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Testigo 1:
Hace unos días
Joaquín Almunia
(¿se acuerdan de él?) nos
sorprendía declarando su
regreso a los autores que
abogan por "la destrucción
creativa del capitalismo".
¿Se imaginan al
Comisario europeo de Asuntos
Económicos y Monetarios
haciendo pintadas
situacionistas en los
retretes de la Eurocámara e
irrumpiendo desnudo en un
pleno al grito de "¡Viva la
revolución libertaria!"?
Yo tampoco.
Testigo 2:
Al llegar al Elíseo
Nicolás Sarkozy
apostó por "liquidar la
nociva herencia del 68".
Cabría preguntarse a qué
herencia se refiere
Monsieur le Président...
Para el filósofo José Luis
Pardo es precisamente la
derecha quien transita hoy
por muchos de los caminos
abiertos por aquellos
jóvenes: la animadversión
por la disciplina jurídica,
el desprecio por todo lo que
huela a regulación estatal,
la melena al viento de José
María Aznar... provienen de
aquellos polvos (y de ahí
estos lodos). |

Al pobre le tocó el 68. |
Testigo 3:
Para
Mario Vargas Llosa
aquel mayo francés está en el origen del actual
desprestigio de la docencia al dinamitar el
concepto de autoridad defendido por el peruano
(¿autoridad? ¿no se estará refiriendo por
casualidad a la Academia sueca don Mario?). No
sólo eso, sino que la creciente brecha
social que separa a los que pueden costearse una
educación exclusiva y de pago frente a "las
pequeñas satrapías de matones y pequeños
delincuentes" que pueblan la escuela pública es
culpa de pensadores como Michel Foucault.
¡Vaya! Y yo que creía que la falta de
oportunidades, la marginación de los inmigrantes
o la carencia de recursos educativos tendrían
algo que ver en el asunto y resulta que es culpa
del jodido Foucault... ¡qué merecido tenía ser
calvo!
¿Pero qué demonios ocurrió
en el 68? ¿Por qué todo el mundo se llena la
boca con ese número? Y lo más importante... ¿Han
vuelto los Infames a darle al pacharán? Bueno,
como les había prometido que éste no sería un
artículo más sobre aquellos sucesos me limitaré
(si es que son posible los límites en este tema)
a hablarles de
Guy Debord,
el escritor que más contribuyó a
escanciar aceite sobre aquel incendio que se
desató en París y que sin duda ocupa un lugar
especial en la lista negra de Vargas Llosa.
Puede que Debord sea en la actualidad uno los
autores más citados y menos leídos del siglo
pasado, pero su libro
'La sociedad del
espectáculo'
estaba repleto de hallazgos e intuiciones que a
todos nos han logrado sorprender en alguna
ocasión: la posibilidad de experimentar la vida
como algo propio y no como un espectáculo ajeno
en el que sólo se nos reserva el papel de
consumidores pasivos, el atrevimiento de
ejecutar el programa que se escondía detrás de
la poesía moderna, la llamada a romper con la
insoportable alteridad que nos hace sentirnos
extraños en nuestro propio cuerpo...
A mediados de los 80 la
historia de los situacionistas, aquel grupo de
estetas revolucionarios, yacía en el suelo,
rota. Debord se arrodilló y con ellos construyó
'Panegírico',
una suerte de autorretrato de la margen
izquierda del río, de aquel barrio donde lo
negativo estableció su corte: "En el barrio de
perdición al que llegó mi juventud, como para
acabar de instruirse, se diría que se habían
dado cita los signos precursores de un próximo
hundimiento de todo el edificio de la
civilización. Allí siempre había personas a las
que sólo era posible definir negativamente, por
la sencilla razón de que carecían de oficio
alguno, no realizaban ningún estudio y no
practicaban ningún arte" (podría estar hablando
de los Infames, pero no, nosotros no andábamos
por allí).
|
Leyéndolo, a veces
tenemos la impresión de estar ante una
suerte de criptograma. ¿Qué decir del
autor de una autobiografía refractaria
en continua fuga? Parece que
Debord se divierta escribiendo,
emborronando cuartillas como un calamar.
No busquen una obra al uso. No la
encontrarán aquí. Ahora
Acuarela&Antonio Machado nos acercan por
primera vez en castellano la edición
conjunta de los dos primeros tomos de
este 'Panegírico' (el tercer tomo que
debía cerrar la serie fue quemado por
expreso deseo de su autor la misma noche
en que éste se descerrajó un tiro en el
corazón que sonó como un trágico punto
final). Para hacer más atractiva si cabe
esta publicación los editores han
recuperado un texto de Greil Marcus, el
autor del fundamental 'Rastros de
carmín' (Anagrama)
que todos ustedes, gente con gusto,
deberían leer si no lo han hecho ya. |

El mismísimo Debord. |
Pero abramos el libro: "En toda mi vida no he
visto más que tiempos de desorden, desgarros
extremos en la sociedad e inmensas
destrucciones". Vaya, es un inicio que nada
tiene que envidiar al
'Aullido'
de Allen Ginsberg. Leyendo esta obra
—hay que apurarla del tirón— nos quedan claras
dos cosas: que Debord vivió (y bebió) mucho y
que fue un extraordinario escritor secreto más
allá de sus tesis sobre la sociedad del
espectáculo capaz de hablar brillantemente sobre
las campañas napoleónicas, el mezcal, Baltasar
Gracián y por supuesto... de París.
El
segundo tomo está compuesto a base de fotos e
ilustraciones que iluminan lo apuntado en el
primero de ellos: fachadas desconchadas que se
dejan acariciar por un nuevo día, imágenes
desenfocadas de conjurados altivos y desafiantes
posando mientras apuran un cigarrillo, antiguos
mapas de ciudades que no conducen a ninguna
parte... instantes suspendidos que esconden la
posibilidad de escapar de una vida degradada. Y
entonces todo sería posible...
PD: Si quieren saber más,
los amigos de
Acuarela&Antonio Machado
cuentan también en su catálogo con los muy
recomendables 'Los situacionistas' de Mario
Perniola y 'Mayo del 68 y sus vidas posteriores'
de Kristin Ross.
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*Alfonso Tordesillas,
Gonzalo Queipo y Francisco Llorca forman el
colectivo literario
'Tipos Infames'.