Reseña de "Los
grandes cementerios bajo la luna"
Georges Bernanos.
El monárquico y
fascista que denunció los crímenes de sus colegas y espera que se haga
justicia
UCR
23 de Agosto de 2009
“Los grandes
cementerios bajo la luna”: se acaba de editar una nueva traducción que
mejora las anteriores, de 1939 y 1986, el autor de ella es Juan Vivanco.
“los grandes cementerios bajo la luna” es el ensayo en el que Georges
Bernanos, escritor católico que muere en 1948, dejó aparecer su repudio de
lo que había visto y oído entre los franquistas tras el golpe contra la
República y durante la guerra contra los trabajadores. Si ese ha sido el
aspecto más conocido del libro -el repudio que le causó ver los actos
criminales que llevaron a cabo, y lo oído a esos mismos colegas suyos- es
muy importante lo que presentaba como su concepción del mundo, aquella de
la que participaba, y las contradicciones que le llevaron a escribir.
Empecemos por su manera de entender la vida.
Bernanos era
monárquico, y se presentaba como miembro “de la clase alta”; también se
denominaba patriota de la Francia Imperial, católico, y argumentaba su
discurso con versículos de la Biblia , y con ella explicaba y defendía la
vida del mito de Cristo; vinculado a Falange por identificación con su
dirigente, encuadró a su hijo de 17 años en las filas de ésta; además
defendía a ultranza el estado social preindustrial, en él los monárquicos
gobernaban estableciendo un orden bajo el cual la única división era la
separación entre la clase alta, monárquicos, y el pueblo, y ese pueblo
debería obedecer absolutamente la Ley y el Orden establecidos.
Para Bernanos
la Mallorca en la que vivió hasta el golpe era una isla de pacíficos
labriegos, respetuosos con los de su clase, y habitantes de su propio mundo
sin estridencias. El golpe fascista lo trastocó todo, pero teniendo que
tomar partido él sabía cual era su lugar. Lo que ocurrió es que la barbarie
de sus acólitos le superó y en pro de su creencia, superado por los
acontecimientos escribió “Los grandes cementerios bajo la luna”.
Comienza su
libro diciendo: “La ira de los imbéciles siempre me dio tristeza, pero hoy
más bien me espantaría. En todo el mundo retumba esa ira. …El imbécil, de
entrada es un ser de costumbres e ideas preconcebidas.” “Vuestro profundo
error es creer que la tontería es inofensiva, o por lo menos que hay formas
inofensivas de tontería. La tontería … cuando se pone en movimiento arrambla
con todo. ¿Cómo es posible, si ninguno de vosotros ignora de lo que es capaz
el odio paciente y vigilante de los mediocres, que disperséis su semilla a
los cuatro vientos?” “… ellos (los imbéciles) no inventaron el hierro, ni el
fuego, ni los gases,, pero utilizan a la perfección todo lo que les evita el
único esfuerzo del que son realmente incapaces, el de pensar por sí mismos.
¡Prefieren matar a tener que pensar, eso es lo malo!” “Si no es así ¿cómo me
explicáis por qué arte de magia se ha vuelto tan fácil convertir a un
tendero, un pasante de agente de bolsa, un abogado o un cura en un
soldado?”.
Parece sonar
a denuncia progresista ¿verdad?, pero cuidado con el lenguaje, Bernanos se
refiere a que antes, el “antes” está indicando el medievo, se formaban como
soldados, no la infantería, que eran gentes cuyo beneficio de la guerra se
hallaba en el saqueo, él se refiere diciendo “soldados” a quienes tenían
formación y mando militar y/o religiosa, caballeros cruzados y otras
sociedades militares a las que accedían individuos de sectores reducidos de
la sociedad medieval. De ahí su odio a esos sectores pequeñoburgueses que
conforman la nueva sociedad que deja atrás la sociedad antigua. Pero
continua así: “ … el mundo conoció un tiempo en que la vocación militar era
la más respetada después de la del sacerdote, y apenas le iba a la zaga en
dignidad. Vuestra civilización capitalista (y aquí Bernanos pisa a fondo) no
se distingue precisamente por alentar el sacrificio, da prioridad absoluta a
lo económico; y no deja de ser extraño que, en estas condiciones, disponga
de tantos hombres de guerra como uniformes puedan proveer sus fábricas…”
Bernanos añora la etapa anterior al capitalismo y desprecia el mundo
producido por éste, no conoce, no comprende, no pasan por su conciencia los
cambios históricos, la dialéctica de la historia, de ahí su estatismo, su
falta de receptividad de las nuevas condiciones sociales, por eso generaliza
en su discurso. Sostiene que el capitalismo es un derivado del marxismo,
tesis falangista. Volvemos a leer: “Pero el mundo conoció un tiempo en que
la vocación militar era la más respetada después de la de sacerdote, y
apenas le iba a la zaga en dignidad.” “Ellos no inventaron el hierro, ni el
fuego, ni los gases,…” con lo que indica que sólo considera trabajo la
aportación excepcional, y la laboriosidad de los siervos no está para ser
considerada.
Pero en su
pensamiento católico juega un papel determinante la caridad y la existencia
de los pobres; la limosna y la piedad son un distintivo de su clase y a la
vez son escalones que llevan en “la otra vida” a cierto estatus. El peligro
lo ve en el capitalismo, que reemplaza la sociedad que el defiende y lo
convierte todo en comercio y beneficio, y lo rechaza dibujándolo con la
anécdota siguiente: un periodista que acaba de visitar la fábrica pregunta
al empresario norteamericano: “-¿Dónde demonios mete usted a los obreros
viejos? Ninguno de los que he visto parecía tener más de cincuenta años…
El otro
vacila un momento, apura su copa y dice:
-
Coja un puro, vamos a dar una vuelta por el
cementerio mientras echamos una calada.”
La frivolidad
y la tragedia van juntas. Desde esa anécdota se lanza a argumentar contra el
valor del capitalismo: “… el honor del dinero sería poca cosa sin vuestra
complicidad” “… los hombres del dinero a menudo han disfrutado de los
beneficios del poder, éste poder nunca le ha parecido legítimo a nadie.
Nunca hubo, nunca habrá legitimidad del Dinero. En cuanto le preguntan se
esconde, se agazapa, desaparece bajo tierra” “Hace poco Roosvelt recordaba
que la cuarta parte de la fortuna estadounidense está en manos de sesenta
familias, que en realidad, por el juego de las alianzas, se reducen a
veinte”. Desprecia a los nuevos ricos y su capacidad para dañar y, a su vez,
evitar exponerse “ni siquiera a una leve sanción”. En su discurso son
constantes los términos amplios, indeterminados, con explicaciones desde la
moral cristiana, apartando siempre la concreción del carácter de clase de
los demás estatus sociales, por eso se refiere, cuando lo hace, al pueblo en
general. Construye frases, párrafos que aislados llaman la atención por su
ironía crítica que recuerda a Quevedo, leemos: “Admiro a los idiotas cultos,
henchidos de cultura, devorados por los libros como los piojos, quienes
afirman, levantando el meñique, que no pasa nada nuevo, que ya se ha visto
todo”. Aunque al continuar leyendo encontramos un lamento de aquel pasado al
que se siente ligado, sigue el párrafo: “¿Qué sabrán ellos? El advenimiento
de Cristo fue un hecho nuevo. La descristianización del mundo sería otro. Es
evidente que nadie ha observado el segundo fenómeno ni puede hacerse una
idea de sus consecuencias” “Los hombres de la Edad Media no eran lo bastante
virtuosos como para despreciar el dinero, pero despreciaban a los hombres
del dinero”; con “los hombres del dinero” denomina a los entonces judíos
negociantes, no a quienes son poseedores por lo que el llamaría “derecho
natural”. Y sigue en otro párrafo: “A falta de abolir el sistema, se cubría
de infamia. Una cosa es tolerar la prostitución y otra endiosar a las
prostitutas, como hizo muchas veces la canalla mediterránea, cuya industria
nacional fue siempre la venta de ganado perfumado. Es evidente que cuando
unos niños armados de tronchos de col, podían correr hasta la entrada del
gueto al capitalista más opulento, marcado por la insignia amarilla, el
Dinero carecía de prestigio moral necesario para cumplir sus designios”.
Fijaos en la crítica, no se detiene a observar las causas sociales, las
condiciones que producen la prostitución y cómo añade la metáfora “ganado
perfumado”. Después habla de los capitalistas que vivían en el “gueto”,
luego se refiere a los judíos, otra vez, y ese racismo le lleva exponer la
persecución de los “niños”, sin mencionar a los nazis ni sus propósitos de
eliminación de ideologías y razas diferentes, más la eliminación de todo
resistente y el mantenimiento clasista extremo del nazismo.
Como vemos,
lo que en apariencia es crítico resulta que alienta una especie de trágico
despecho y un lamento por la falta de implantación de una sociedad que no
ofrezca fisuras por las que se desvirtúe su visión católica medieval, en
términos cristianos: ricos y pobres. Pero eso lo compagina con las palabras
puestas en boca de un solemne imbécil, de esos imbéciles a quienes empezaba
describiendo: “Señores, ha llegado el momento de reaccionar. En nombre de
las clases dirigentes claudicantes, a las que tengo el honor de representar,
empezad inmediatamente una sonora campaña a favor del general Franco, que
hace exactamente lo que dicen que queremos hacer nosotros”.
Bernanos,
antes de que le salten a la cara sus contradicciones, despreciaba la
democracia alegando que disuelve las clases y favorece “a los charlatanes.
El que charla en el tajo es un holgazán”. Así estaba de seguro antes de
encontrarse con la implantación de su pensamiento; después reconocerá: “… en
principio no tenía nada que objetar a un golpe de estado falangista o
requeté”. ¿Y cómo llegó la contradicción a su vida para que se viese
necesitado de escribir “Los grandes cementerios…”, y en él, mostrar, en
medio de tanta declaración fascista, lo que le horrorizó de su aplicación.
Sus palabras al respecto son claras: “Allá en Mallorca vi pasar por la
Rambla unos camiones repletos de hombres … los sacaban todas las noches de
los caseríos perdidos, cuando volvían del campo; partían para su último
viaje, con la camisa pegada a los hombros por el sudor, los brazos aún
cargados del trabajo del día, dejando la sopa servida en la mesa…” “… nunca
me cansaré de repetir que esas personas no habían matado ni herido a nadie.”
“… acababan de tenerla, su república -¡viva la República!-, que todavía la
noche del 18 de julio de 1936, era el régimen legal reconocido por todos.”
“En Mallorca,
como no hubo actos criminales, solo pudo ser una depuración selectiva, un
exterminio sistemático de sospechosos” “… habían sacado de la cama en medio
de la noche a doscientos vecinos de este pueblo cercano a Manacor,
considerados sospechosos, les habían llevado por hornadas al cementerio, les
habían ejecutado con un tiro en la cabeza y habían quemados los montones de
cadáveres cerca de allí. El … obispo había mandado al lugar a uno de sus
curas que, chapoteando entre la sangre, impartía absoluciones entre descarga
y descarga.” “Cuando ya casi había terminado la depuración casa por casa,
hubo que pensar en las cárceles. Estaban llenas, imaginaos. Llenos también
los campos de concentración. Llenos los barcos desarmados, los siniestros
pontones vigilados día y noche, sobre los que, por exceso de precaución, al
caer la noche, pasaba una y otra vez el lúgubre pincel de un foco que yo
veía, ay, desde mi cama. Entonces empezó la segunda fase, la depuración de
las cárceles” “A primeros de marzo de 1937, al cabo de siete meses de guerra
civil, estos asesinatos ascendían a tres mil. Siete meses son doscientos
diez días, es decir, un promedio de quince ejecuciones diarias. Me permito
recordar que la islita se puede recorrer fácilmente en un par de horas, de
punta a punta.”
Bernanos se
remueve en su cama sabiendo que el foco criminal repasa a los inocentes
prisioneros, y una vez sensibilizado , sin renunciar a sus creencias, conoce
con horror las denuncias de, él mismo dice, “beatas”; otras personas le
comunican las detenciones de gentes de su misma condición; cuenta casos en
los que delatores y responsables de fusilamientos regalan los objetos más
íntimos de los fusilados; le enteran del engaño a los que hacen salir de la
cárcel diciéndoles que son puestos en libertad, y…; señala como una de las
causas para tales asesinatos la no asistencia a los oficios religiosos; y
cuenta al lector, él que está en ese ambiente lo ha sabido, los datos
finales obtenidos en una reunión de párrocos con el obispo: “sólo el 14% de
los habitantes de la isla asistían a misa”. Entonces, de acuerdo con los
fascistas “se hizo un censo de fieles. A cada persona en edad de cumplir con
su deber pascual se le dio un formulario”; la obligación que impusieron fue
la de entregarlo al párroco que le correspondiese habiéndose escrito en él
los datos personales, y poniendo a qué parroquia se ha asistido.
Desde el día
siguiente las iglesias se llenaron, y en los confesionarios los sacerdotes
se hacían cargo de las delaciones. Para la persona que fuese detenida
quedaba la comparecencia ante el “tribunal militar”, la burla fascista de el
concepto Justicia, y Bernanos, escandalizado, cuenta al respecto lo que le
dijo un miembro de esos autodenominados tribunales: “Al salir de la Academia
Militar nos destinan a Artillería, Caballería o Infantería … Ahora nos meten
en la Justicia. Desde luego, como arma es un poco rara, pero mientras la
cosa quede entre nosotros, no se pierde mucho.” ¿Puede el gobierno dar por
válidas las sentencias de semejantes tribunales?
El escritor
que se sentía y era de la clase en el poder, que había celebrado el golpe de
estado fascista, se vio desbordado, su conciencia no pudo soportar tanto
crimen, tanto atropello, tanta barbarie, y decidió marcharse de Mallorca. Ya
en Francia dio a conocer por medio de éste libro lo que había visto, lo que
había sabido. Se pregunta en algún momento si tanta injusticia se juzgará
alguna vez, si se reconocerá la memoria de los republicanos a los que los
golpistas y sus colaboradores les quitaron la vida.
Expresándose
entre contradicciones ideológicas, su denuncia choca hoy con los postulados
de quienes haciéndose pasar por contrarios al fascismo, ante la
responsabilidad histórica que les toca, trabajan para dar por intocable el
pasado cubriendo el expediente con una Ley de la Memoria con la que
pretenden disolver la historia del régimen criminal como un azucarillo en
agua, que no se vea aunque ahí esté, Ley de la Memoria con la que pretenden
hacer de cada republicano fusilado, de cada republicano encarcelado, hasta
los últimos días de la muerte de Franco y aún después, hacer, decía, un caso
particular, separado de los demás, de cada republicano asesinado y
encarcelado, como si fuese un asunto personal y el golpe militar no hubiese
interferido en el curso de la Historia, como si la reposición del
capitalismo fascista y de la monarquía no hubiese sido forzada a sangre y
fuego, como si no hubiesen forzado las condiciones de vida de los
trabajadores y el curso de la Historia, como si no hubiesen asesinado la
legalidad e impuesto un régimen de opresión que hasta el mismo Bernanos
esperaba se juzgase algún día.
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Título:
Los grandes cementerios bajo la luna.
Autor:
Georges Bernanos.
Traductor: Juan Vivanco.
Editorial: Lumen.