Cine: Los girasoles ciegos (2008)
Jesús Dapena Botero
Argenpress
Cultural
22 de Agosto de 2009
No deja de resultar impresionante,
para un retornado a la Galicia paterna, asistir a una película que tiene lugar
en la vecina Orense, y que nos lleva, sin escrúpulos, a un universo encerrante,
como aquél que servía de contexto a los sujetos que habitaban a una España,
metida en una loca guerra, como lo son todas, en una situación, en la cual somos
marionetas de un Poder y de unas Ideologías que nos exceden, muchas veces.
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Ver una
película de éstas en la propia terra do pái, en la tierra del padre,
para decirlo en buen galego, nos deja con el corazón en la mano y, si, a
la vez, se es colombiano, no puede uno dejar de pensar en aquella
querida patria, que parece no cansarse, de tanta, tanta guerra.
Asistimos allí, a la confesión sincera de un viejo soldado, que
asesinaba a sus enemigos, mientras cerraba los ojos para no ver
aquellos, bien abiertos, que clamaban misericordia o lanzaban miradas de
odio contra el adversario; también él, como los perpetradores del crimen
de Granada, no osaba mirar a la cara a sus víctimas, como a los villanos
que mataron a Federico, el del Romancero Gitano, ese que cantara los
sentimientos de un pueblo desgarrado, del que, a lo mejor, había que
decir que había muerto virgen, como lo ordenara esa Bernarda Alba,
indigna representante del autoritarismo, que de ninguna manera puede
dignificarse. |
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Ese
diácono asesino, que había sido putero como ninguno, según comenta
su camarada de guerra, en algún momento de la película, por más de
que se lo convierta en maestro de párvulos, para darle un lenitivo a
su alma, arrepentida de tanto, tanto crimen, no deja de ser un
hombre aguijoneado por los apetitos carnales, que lo hacen desear a
aquella hermosa mujer, sensual por naturaleza, comprometida con su
marido, hasta, el absurdo que impone la guerra, a quien esconde a
conciencia, para que no sea acribillado por aquellos que lanzan
gritos de victoria y vinculan lo profano con lo sagrado, el Poder y
la Gloria, para usar una expresión del católico Graham Green, pero
que yo retomo para señalar esa confusión entre el Reino de Dios y el
Poder temporal, que por tantos años, ha conducido a la Iglesia a ser
cómplice de los más atrabiliarios y reaccionarios actos del ser
humano.
Ella sabe del dolor, de la pena, que le ocasiona la partida de su
hija hacia el exilio, embarazada de un poeta, que ha decidido hacer
una lírica política, a la manera de Miguel Hernández; ella sabe del
dolor, de ver a su brillante esposo, convertido en un rehén
voluntario, en su propia casa, ya que mostrarse es condenarse a
muerte; ella sabe de las contradicciones y mentiras piadosas, que su
hijito, Lorenzo, ha de decir para enfrentar un Poder establecido y
victorioso, por gentes, que proponen como mandamiento el no mentir y
el no matar, pero a su vez obligan a mentir para mantener la vida,
en un mundo que grita como Millán Astray en Salamanca: ¡Viva la
muerte! ¡Y abajo la inteligencia!, como tantas veces se ha gritado
en el país colombiano y bástenos recordar el sacrificio inútil de
nuestro maestro Héctor Abad Gómez y tantos otros, porque, donde
reina la barbarie, se exilia los hombres de la talla de don Miguel
de Unamuno o de don Antonio Machado, presente en la película, con su
sabia advertencia de que en amor, locura es lo sensato, o
simplemente se los condena a muerte, como ocurriera con Federico
García Lorca y Miguel Hernández.
Salvador, el pichón de sacerdote, a pesar de sus pecados de lesa
humanidad, no deja de producirnos compasión, pues pareciera ser el
portavoz de una tragedia, que nos mueve al terror y la piedad; ese
cuerpo deseante, anhelante de amor, debe someterse a los efectos de
una represión opresora, restrictora de la libertad, por la que ha
luchado Ricardo, el marido de Elena, y, por ello, ha de recurrir al
vicio solitario, para utilizar el término mismo de sus cofrades, y
reventarse, partirse en dos, a la manera del doctor Jekyll, para
actuar a la vez de cura y militar, ya que no puede hacerse
responsable de un deseo, que proyecta en el cuerpo erótico, en el
mejor de los sentidos, de la amorosa Elena, acudir a la denuncia más
vil, y ser el inductor de la muerte de su imaginario rival, un
Ricardo, que no encuentra otra opción, que lanzarse por la ventana,
culpa que el pobre cura ha de arrastrar consigo por el resto de sus
días, ya que si no nos asumimos responsables, hemos de cargar con un
ominoso sentimiento de culpabilidad, así podamos asumir que somos
víctimas de las circunstancias, ya que no es tan fácil despojarse de
las ideologías, que se nos imponen de una u otra manera, así sea
gracias a las candorosas velitas, que arden en los santuarios para
ofrecernos acceder a la Ciudad de Dios, tantas veces utilizada como
utopía por Poderes corruptos, abusadores de la buena fe de los
creyentes.
¡Qué hermosa cinta nos regala José Luis Cuerda, sobre esa España de
El Pardo y sacristía, de espíritu rezandero y oscurantista, que,
afortunadamente, ha tenido su mármol y su día, para que cese su
virulenta violencia! ¡Viva esta cinta!, basada en la novela de
Alberto Méndez, ese narrador de historias de posguerra, casi con voz
en off, como un susurro, que habla de las consecuencias
irreparables, que quedan como saldo de la guerra, para dar cuenta
del miedo, que opera como una angustia sorda, que acompasa la
tragedia, y da cuenta del imperio de la muerte, para, a la manera de
Santayana, señalarnos que bien vale la pena recordar la Historia
para no repetirla, ya que, en contextos bélicos, todos somos los
perdedores, así podamos hacernos la ilusión de ser los vencedores.
No puedo dejar de expresar mi gratitud, al director de La lengua de
las mariposas y de La educación de las hadas, quien parece ir en la
misma línea del primer filme al que aludo, para dar cuenta del
terror impuesto por ideologías que se oponen al pensamiento y la
conductas libres de los seres humanos, a ese gesto espontáneo que es
la vida misma, la que no debemos ahorrarnos para ir en pos de otra
ultraterrena, que si viene, bienvenida sea.
También he de dar las gracias a Maribel Verdú, por representar a esa
buenaza de Elena, toda amor, sensualidad y compromiso, a Javier
Cámara por ese personaje bondadoso, que sufre la opresión de todo un
sistema, a Martín Rivas e Irene Escobar, por el papel que hacen para
interpretar a la joven pareja, que sueña con una vida posible, que
nunca encuentran, a Roger Princep, por su Lorenzo, evocador del niño
de La lengua de las mariposas, sin tener que acudir, de una manera
tan dolorosa, a la traición del querido maestro y a Raúl Arévalo por
hacer el papel de un villano, que nos mueve a la piedad y a la
compasión, pues su grado de conciencia y de libertad no era tanto
como para ponerse a la altura de las circunstancias y, es obvio, a
Rafael Azcona, el guionista, allá en la trasescena, quien si bien
puede hacernos desternillar de risa con películas antibélicas como
La vaquilla de García Berlanga, o llevarnos a los dramáticos
universos de La Belle Epoque y La niña de tus ojos, también puede
hacernos vivir el dolor de la guerra cuando de la mano de José Luis
Cuerda nos conduce a mirar, con los ojos abiertos, testimonios una
historia, que los seres humanos, no debemos olvidar, si algún día
queremos dar, con Sábato, el grito de: ¡Nunca más!
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Jesús Dapena
Botero es colombiano residente en España.
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