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García Márquez inmerso en el general
Bolívar
Luis Eduardo Saavedra Salazar
ArgenPresss
7
de Diciembre de 2009
Aun hoy, experimentamos el asombro del horror.
Cuando se pensaba que era imposible encontrar otro
límite a la infamia, una nueva atrocidad irrumpía
ampliando al infinito ese límite del terror, en
medio de otro estupor y otro escándalo. La patria
anegada en sangre y lágrimas, camino de la paz. Es
como si fuera un requisito ineluctable de la
historia: recorrer el camino que conduce a la
felicidad a sangre y fuego. Otros ya lo hicieron y
alcanzaron, por lo menos, una relativa estabilidad,
luego de desencadenar en el siglo pasado las mayores
matanzas de la historia. Hoy, son nuestros mayores,
se abisman de esta barbarie y nos miran con cierta
compasión. “Con el infantilismo de los abuelos que
olvidaron las locuras fructíferas de su juventud”,
olvidando que “la búsqueda de la identidad propia es
tan ardua y sangrienta para nosotros como lo fue
para ellos”, decía García Márquez en su discurso de
Estocolmo.
En El General en su laberinto, el Nobel retoma esta
vieja controversia con los europeos, esa incapacidad
de interpretarnos que los define, y frente a la cual
la buena fe de sus consejos y esfuerzos solidarios
se diluyen en un mar de palabrería vacua y actos de
tal torpeza e inocuidad que sólo dejan un sabor de
resentimiento en tanto latinoamericano que, lejos de
su tierra, y por esta misma razón, padecen con mayor
rigor su impotencia ante la incertidumbre de la
patria.
En boca de Bolívar y Diocles Atlantique (personaje
de El General en su laberinto), García Márquez
recrea una de las tantas disputas que debió sostener
en Europa sobre el destino de América Latina. Al
francés lo caracteriza por su enciclopedismo
farragoso y la insoportable propiedad con que
plantea que todo lo bueno para los europeos es bueno
para el resto del mundo. El aspecto central de su
discusión de Estocolmo, no sólo lo inserta sino que
lo amplía.
Había dicho García Márquez en Estocolmo que “tal vez
la Europa venerable sería más comprensiva si tratara
de vernos en su propio pasado. Si recordara que
Londres necesitó 300 años para construirse su propia
muralla y otros 300 para tener un Obispo, que Roma
se debatía en las tinieblas de la incertidumbre
durante 20 siglos antes de que un rey etrusco la
implantara en la historia, y que aun en el siglo XVI
los pacíficos suizos de hoy, que nos deleitan con
sus quesos mansos y sus relojes impávidos,
ensangrentaron a Europa como soldados de fortuna.
Aun en el apogeo del renacimiento, doce mil
ladquenets a sueldo de los ejércitos imperiales
saquearon y devastaron a Roma, y pasaron a cuchillo
a ocho mil de sus habitantes”.
Ahora, Bolívar le espeta a Atlantique: “Si una
historia está anegada de sangre, de indignidades, de
injusticias, esa es la historia de Europa (...) La
noche de san Bartolomé, el número de muertos pasó de
dos mil en diez horas. En el esplendor del
Renacimiento doce mil mercenarios a sueldo de los
ejércitos imperiales saquearon y devastaron a Roma y
pasaron a cuchillo a ocho mil de sus habitantes
(...) Así que no nos hagan el favor de decirnos lo
que debemos hacer. No traten de enseñarnos cómo
debemos ser, no traten de que seamos iguales a
ustedes, no pretendan que hagamos bien en veinte
años lo que ustedes han hecho tan mal en dos mil.”
Y eso que García Márquez no podía poner en boca del
General lo que aconteció en el siglo XX: dos
conflagraciones mundiales desatadas por la Europa
venerable. El genocidio atroz de Hiroshima y
Nagasaki: la liquidación en masa de centenares de
miles de hombres, mujeres y niños con los primeros
rudimentos de la energía nuclear para entronizar un
nuevo rey del mundo en un continente que se había
autodestruido en pleno siglo XX, no sin antes
contaminar con los peores vicios del fascismo a
estas tierras vírgenes, cuya barbarie era edénica,
si de confrontaciones se trata, y que nos costaron
otros centenares de miles de vidas en muy pocos años
a través de crímenes que se siguen repitiendo con
una similitud siniestra.
Decía Cortázar que los escritores, si lo son
verdaderamente, son como los caracoles que llevan la
casita a cuestas. Esto le sirvió para que en su obra
hasta los franceses hablaran en argentino. Y es
difícil encontrar otro argentino que amara tanto a
su país y, a su vez, haya dado tanto testimonio de
ello. Sino que le pasó lo de Bolívar: por ampliar
hasta la desmesura las fronteras de su patria se
quedó desarraigado, como un fantasma trashumante por
entre los confines de su América Latina, rumiando
una nostalgia pavorosa.
Se puede estar anclado en París, pero no más. Se
termina siendo un ciudadano de América Latina que
añora los baños de cariaquito morado, que ceba el
mate en las oficinas de la Unesco o que se tortura
evocando la fragancia de la guayaba podrida para
sustraer de la memoria el olor de su tierra. No es
sino ver al Bolívar/García Márquez: “Se apoyó de
espaldas al muro, sorprendido por el olor de las
guayabas expuestas en una totuma sobre el alféizar
de la ventana, y cuya fragancia viciosa saturaba por
completo el ámbito del dormitorio. Permaneció así,
con los ojos cerrados, aspirando el zahumerio de
vivencias antiguas que le desgarraban el alma, hasta
que se le acabó el aliento”.
Pero no bastaba olerlas, era preciso engullirlas,
asimilarlas al torrente sanguíneo, poseerlas en un
acto lento, sacramental: “Cedió a la tentación de
coger una guayaba de las muchas que estaban en la
totuma. Se embriagó un instante con el olor, le dio
un mordisco ávido, masticó la pulpa con un deleite
infantil, la saboreó por todos los lados y se la
tragó poco a poco con un largo suspiro de la
memoria”. No es un párrafo para tomarlo a la ligera,
es una imagen desgarradora, de una sensualidad
dolorosa: una alegoría de amor desesperado por la
patria. Si la nostalgia toma esos ribetes, es
comprensible lo que García Márquez le atribuye al
sobrino de Bolívar: “El destino le deparó la inmensa
fortuna de perder la memoria”. Así, no tendría que
estar ansiando a nadie ni a nada, ni a su Caribe
entrañable ni a su páramo remoto, con el que sostuvo
una pugna pueril, ni tendría que sentirse muerto por
ser un forastero en todas partes, cuando sabe que su
patria es la misma de El Libertador: el corazón de
cada colombiano.
Uno quisiera, finalmente, que el acento parisino de
la rue Vivienne, que el autor le asigna a Bolívar,
fuese una velada alusión a Cortázar, a la Galerie
Vivienne de su cuento “El otro cielo”, el mejor
acabado, según el mismo García Márquez. En los
alrededores de la Galerie Vivienne vivía Lautréamont
(“El otro cielo” entraña una especie de paralelo o,
mejor, de reflejo especular de Lautréamont y
Cortázar. Cortázar nació en Bruselas de padres
diplomáticos argentinos, Lautréamont nació en
Montevideo de padres diplomáticos franceses, etc.).
Ya, en Cien años de soledad, había introducido a
Rocamadour (personaje entrañable de Rayuela). Y no
era gratuito. Cuando Cortázar murió, el Nobel
escribió: “Me resisto a participar en los lamentos y
elegías por Julio Cortázar. Prefiero seguir pensando
en él como sin duda él lo quería, con el júbilo
inmenso de que haya existido, con la alegría
entrañable de haberlo conocido y la gratitud de que
nos haya dejado una obra tal vez inconclusa, pero
tan bella e indestructible como su recuerdo”.
El 16 de Agosto de 1.970, desde Saignon, Cortázar, a
modo de presentación, le escribía a Fernández
Retamar: “García Márquez me dijo ayer,
espontáneamente, y sin la menor referencia de mi
parte, que a partir de fin de año nada le gustaría
más que visitar a Cuba. Su problema es de orden
personal, de carácter; Gabo tiene horror a las
conferencias, las reuniones multitudinarias (...)
pienso que la Casa (de las Américas) debería
ayudarlo un poco a vencer esa timidez enfermiza
(...) Gabo no tiene problemas de tiempo, y si
ustedes lo quisieran podría quedarse tres meses”.
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