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García Lorca: un abanico de sueños
Daniela Saidman
Diario de Guayana
22 de Junio de
2009
Era la
noche arrancada de versos, estaba allí, parado, alumbrando con sus ojos
la oscuridad, en sus manos un abanico de sueños caía rendido a sus pies.
Armado de todo lo humano, con sus poemas y sus credos, miraba al pelotón
que abriría su corazón a tiros. Y luego, su voz infinita recordándonos
para siempre, la vida. Era la madrugada del 18 de agosto de 1936.
Federico García Lorca (Granada, 5 de junio de 1898) está vivo en todos
los poemas y obras de teatro que nos legó para recordarlo, y recordarnos
lo más y mejor del ser humano. Creyente de todas las libertades, de los
vuelos del alma y de las almas en vuelo, sus ojos y sus manos se asoman
en las lecturas que estas otras y otros que somos hacemos a través del
tiempo. Con él y a través de él es posible reanudar los ires y venires
que cantando cantan los paisajes de la tierra.
Él le escribió al amor en todas sus formas, en las imaginables y en las
que habrán de ser, con su Granada de fondo dando testimonio de los pasos
y sus gentes.
“Verde que te quiero verde. / Verde viento. Verdes ramas. / El barco
sobre la mar
y el caballo en la montaña. / Con la sombra en la cintura / ella sueña
en su baranda / verde carne, pelo verde, / con ojos de fría plata. /
Verde que te quiero verde. / Bajo la luna gitana, / las cosas la están
mirando / y ella no puede mirarlas”.
(Fragmento de Romance sonámbulo)
Reconocido como uno de los poetas más importantes del siglo XX español,
miembro de la Generación del 27, García Lorca escribió romanzas y poemas
a su Granada, a su cultura salpicada de cantos, a la Alhambra y al
imaginario gitano que puebla aún Andalucía. Sus versos son cantos para
la noche alumbrada por los sueños y las voces que tienen todavía tanto
que contar.
“Por el olivar venían, / bronce y sueño, los gitanos. / Las cabezas
levantadas / y los ojos entornados. / Cómo canta la zumaya, / ¡ay, cómo
canta en el árbol! / Por el cielo va la luna / con un niño de la mano. /
Dentro de la fragua lloran, / dando gritos, los gitanos. / El aire la
vela, vela. / El aire la está velando”.
(Fragmento del Romance de la luna, luna)
Sin más fronteras que las de la humana capacidad de verse reflejado en
las otredades, el poeta acunó entre las hojas el sentir de las mujeres y
hombres que a su paso se iban revelando mudos de miedo y opresiones. Su
voz de camino, anduvo desatando las pasiones para saberse uno más, para
encontrarse encontrándonos, para buscar las velas abiertas y surcar las
aguas.
“No, no, no, no; yo denuncio. / Yo denuncio la conjura / de estas
desiertas oficinas / que no radian las agonías, / que borran los
programas de la selva, / y me ofrezco a ser comido / por las vacas
estrujadas / cuando sus gritos llenan el valle / donde el Hudson se
emborracha con aceite”.
(Fragmento de Vuelta a la ciudad Nueva York de Poeta en Nueva York)
Y después de haber visto el odio, de haber hallado el grito desgarrado,
de haber sentido como suya el hambre, el “poeta llega a La Habana”. Sus
sueños son los sueños de todas y todos. Y allí también se reconoce y
esboza en el aire el tiempo que habrá de ser.
“Pero el dos no ha sido nunca un número / porque es una angustia y su
sombra, / porque es la guitarra donde el amor se desespera, / porque es
la demostración de otro infinito que no es suyo / y es las murallas del
muerto / y el castigo de la nueva resurrección sin finales”.
(Fragmento de El poeta llega a la Habana, Pequeño poema infinito,
de Poeta en Nueva York)
García Lorca cayó esa madrugada de agosto, con sus ojos mirando el cielo
despeñado de estrellas, pero aunque intentaron no pudieron fusilarlo,
sus versos siguen diciendo la vida.
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