La innegable e
importante labor de la Fundación Antonio Gades (FAG) se ha
visto reforzada por el más que ambicioso proyecto levantado
por la compañía dependiente de la misma. Es su cuarto
montaje desde que, muerto el bailarín y coreógrafo de Elda,
se reconstituyó la agrupación con la idea de mantener en
activo y sobre los escenarios el ya de por sí magro catálogo
de coreografías. Tras Carmen, Bodas de sangre
y Suite de flamenco, ha llegado la hora de
Fuenteovejuna, verdadero testamento estético del
alicantino, estrenado en el Teatro de la Ópera Carlo Felice
de Génova (con música de Antón García Abril y diseños de
Pedro Moreno) el 20 de diciembre de 1994 y compendio tanto
estilístico como coréutico de su carrera. La compañía de la
FAG la reestrenó en el Teatro Romano de Verona el 20 de
agosto de 2008. Recientemente, una función en Valladolid dio
pie a un más que justificado homenaje al ex bailarín,
maestro y empresario de danza Boris Trailine (Lemmos,
Grecia, 1921), amigo personal de Gades y su representante en
muchas gestas por todo el mundo a lo largo de más de 30
años. Trailine tomó como un empeño personal que Antonio
terminara Fuenteovejuna y gestionó aquel histórico
estreno genovés.
Fuenteovejuna
existía ya en el ballet clásico soviético. En 1939, y en
pleno apogeo del realismo socialista, el coreógrafo
georgiano Vajtang Chaboukiani junto al compositor Alexander
Krein crearon Laurencia en el Teatro Kirov de
Leningrado, basado en el drama de Lope de Vega. Fue un éxito
de ballet narrativo de inspiración española, que retomaba el
testigo formal del Don Quijote (1869) de Petipa y de
La taberna española (1918) de Petrov, que enseguida
pasó al repertorio del Bolshói de Moscú, encontrando en Maya
Plisétskaia una Laurencia para la historia. Gades tenía su
cuenta pendiente, y así lo confesaba, con Don Quijote;
durante años meditó hacer un ballet inspirado por la novela
cervantina, pero siempre lo pospuso en ese ámbito de
meditación y trabajo lento que lo caracterizaba, un tipo de
rigor ante el acto creador que explica de manera diáfana que
sus obras tengan la unidad que ostentan, otra peculiaridad
distintiva dentro del corpus del ballet español y flamenco
del siglo XX.
En el
Fuenteovejuna de Gades están contenidos sus otros
ballets: la manera explícita de narrar, la creación de la
tensión o dramaturgia, los movimientos de grupo, la
estructuración de grandes diagonales masivas que se vuelven
lectura, la manera casi quirúrgica de acudir al folclore
respetuosamente y con una distancia en el gusto y la
dinámica hasta conseguir una imbricación tan moderna como
eficaz (escena de la boda; la vaquilla; las lavanderas en el
río). No desdeñaba Gades la experiencia coral del ballet
académico, la solución y desarrollo del dúo como eje o la
estructuración dramática in crescendo. El guión de
Fuenteovejuna (hecho por Gades al alimón con José Manuel
Caballero Bonald) da una lectura clara de la pieza y ésa es
parte de su genialidad, de su empaque y de sus calidades.
Gades entendía la
importancia de generar un repertorio estable para una
supervivencia saludable del ballet español. De hecho, cuando
dirigió en su etapa fundacional el Ballet Nacional de
España, llamó a los grandes, entre ellos, Mariemma y su
maestra Pilar López, y les pidió coreografías para la
institución. Ni siquiera tuvo la tentación de recargar la
oferta con obras propias, y eso es hoy todavía un ejemplo
diáfano. La nueva Compañía de la FAG cumple, en este caso,
con una deuda implícita.