Factor Dios
Público
22 de Noviembre de 2009
En algún lugar de la India. Una fila de piezas de artillería en posición.
Atado a la boca de cada una de ellas hay un hombre. En primer plano de la
fotografía, un oficial británico levanta la espada y va a dar orden de
disparar. No disponemos de imágenes del efecto de los disparos, pero hasta
la más obtusa de las imaginaciones podrá 'ver' cabezas y troncos dispersos
por el campo de tiro, restos sanguinolentos, vísceras, miembros amputados.
Los hombres eran rebeldes. En algún lugar de Angola. Dos soldados
portugueses levantan por los brazos a un negro que quizá no esté muerto,
otro soldado empuña un machete y se prepara para separar la cabeza del
cuerpo. Esta es la primera fotografía. En la segunda, esta vez hay una
segunda fotografía, la cabeza ya ha sido cortada, está clavada en un palo, y
los soldados se ríen. El negro era un guerrillero. En algún lugar de Israel.
Mientras algunos soldados israelíes inmovilizan a un palestino, otro militar
le parte a martillazos los huesos de la mano derecha. El palestino había
tirado piedras. Estados Unidos de América del Norte, ciudad de Nueva York.
Dos aviones comerciales norteamericanos, secuestrados por terroristas
relacionados con el integrismo islámico, se lanzan contra las torres del
World Trade Center y las derriban. Por el mismo procedimiento un tercer
avión causa daños enormes en el edificio del Pentágono, sede del poder
bélico de Estados Unidos. Los muertos, enterrados entre los escombros,
reducidos a migajas, volatilizados, se cuentan por millares.
Las fotografías de India, de Angola y de Israel nos lanzan el horror a la
cara, las víctimas se nos muestran en el mismo momento de la tortura, de la
agónica expectativa, de la muerte abyecta. En Nueva York, todo pareció
irreal al principio, un episodio repetido y sin novedad de una catástrofe
cinematográfica más, realmente arrebatadora por el grado de ilusión
conseguido por el técnico de efectos especiales, pero limpio de estertores,
de chorros de sangre, de carnes aplastadas, de huesos triturados, de mierda.
El horror, escondido como un animal inmundo, esperó a que saliésemos de la
estupefacción para saltarnos a la garganta. El horror dijo por primera vez
'aquí estoy' cuando aquellas personas se lanzaron al vacío como si acabasen
de escoger una muerte que fuese suya. Ahora, el horror aparecerá a cada
instante al remover una piedra, un trozo de pared, una chapa de aluminio
retorcida, y será una cabeza irreconocible, un brazo, una pierna, un abdomen
deshecho, un tórax aplastado. Pero hasta esto mismo es repetitivo y
monótono, en cierto modo ya conocido por las imágenes que nos llegaron de
aquella Ruanda- de-un-millón-de-muertos, de aquel Vietnam cocido a napalm,
de aquellas ejecuciones en estadios llenos de gente, de aquellos
linchamientos y apaleamientos, de aquellos soldados iraquíes sepultados
vivos bajo toneladas de arena, de aquellas bombas atómicas que arrasaron y
calcinaron Hiroshima y Nagasaki, de aquellos crematorios nazis vomitando
cenizas, de aquellos camiones para retirar cadáveres como si se tratase de
basura. Siempre tendremos que morir de algo, pero ya se ha perdido la cuenta
de los seres humanos muertos de las peores maneras que los humanos han sido
capaces de inventar. Una de ellas, la más criminal, la más absurda, la que
más ofende a la simple razón, es aquella que, desde el principio de los
tiempos y de las civilizaciones, manda matar en nombre de Dios. Ya se ha
dicho que las religiones, todas ellas, sin excepción, nunca han servido para
aproximar y congraciar a los hombres; que, por el contrario, han sido y
siguen siendo causa de sufrimientos inenarrables, de matanzas, de
monstruosas violencias físicas y espirituales que constituyen uno de los más
tenebrosos capítulos de la miserable historia humana. Al menos en señal de
respeto por la vida, deberíamos tener el valor de proclamar en todas las
circunstancias esta verdad evidente y demostrable, pero la mayoría de los
creyentes de cualquier religión no sólo fingen ignorarlo, sino que se
yerguen iracundos e intolerantes contra aquellos para quienes Dios no es más
que un nombre, nada más que un nombre, el nombre que, por miedo a morir, le
pusimos un día y que vendría a dificultar nuestro paso a una humanización
real. A cambio nos prometía paraísos y nos amenazaba con infiernos, tan
falsos los unos como los otros, insultos descarados a una inteligencia y a
un sentido común que tanto trabajo nos costó conseguir. Dice Nietzsche que
todo estaría permitido si Dios no existiese, y yo respondo que precisamente
por causa y en nombre de Dios es por lo que se ha permitido y justificado
todo, principalmente lo peor, principalmente lo más horrendo y cruel.
Durante siglos, la Inquisición fue, también, como hoy los talibán, una
organización terrorista dedicada a interpretar perversamente textos sagrados
que deberían merecer el respeto de quien en ellos decía creer, un monstruoso
connubio pactado entre la Religión y el Estado contra la libertad de
conciencia y contra el más humano de los derechos: el derecho a decir no, el
derecho a la herejía, el derecho a escoger otra cosa, que sólo eso es lo que
la palabra herejía significa.
Y, con todo, Dios es inocente. Inocente como algo que no existe, que no ha
existido ni existirá nunca, inocente de haber creado un universo entero para
colocar en él seres capaces de cometer los mayores crímenes para luego
justificarlos diciendo que son celebraciones de su poder y de su gloria,
mientras los muertos se van acumulando, estos de las torres gemelas de Nueva
York, y todos los demás que, en nombre de un Dios convertido en asesino por
la voluntad y por la acción de los hombres, han cubierto e insisten en
cubrir de terror y sangre las páginas de la Historia. Los dioses, pienso yo,
sólo existen en el cerebro humano, prosperan o se deterioran dentro del
mismo universo que los ha inventado, pero el `factor Dios´, ese, está
presente en la vida como si efectivamente fuese dueño y señor de ella. No es
un dios, sino el `factor Dios´ el que se exhibe en los billetes de dólar y
se muestra en los carteles que piden para América (la de Estados Unidos, no
la otra...) la bendición divina. Y fue en el `factor Dios´ en lo que se
transformó el dios islámico que lanzó contra las torres del World Trade
Center los aviones de la revuelta contra los desprecios y de la venganza
contra las humillaciones. Se dirá que un dios se dedicó a sembrar vientos y
que otro dios responde ahora con tempestades. Es posible, y quizá sea
cierto. Pero no han sido ellos, pobres dioses sin culpa, ha sido el `factor
Dios´, ese que es terriblemente igual en todos los seres humanos donde
quiera que estén y sea cual sea la religión que profesen, ese que ha
intoxicado el pensamiento y abierto las puertas a las intolerancias más
sórdidas, ese que no respeta sino aquello en lo que manda creer, el que
después de presumir de haber hecho de la bestia un hombre acabó por hacer
del hombre una bestia.
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