¿Cómo construir una
literatura del proletariado, un arte de los oprimidos, una
estética de la resistencia? ¿cómo escribir sobre la experiencia
revolucionaria, sin traicionarla al atenerse a las formas
narrativas heredadas de la burguesía? En Weiss hayamos la
naturaleza social y política de una realidad que la ideología al
uso presenta como simples asuntos “humanos”: el impulso
revolucionario frente al dejarse llevar por las circunstancias,
la violencia de una forma de dominio social que conduce a los
campos de exterminio, o la total deshumanización de las
sociedades organizadas y burocratizadas del siglo XX.
La
editorial Hiru se ha caracterizado desde su fundación por
la publicación de textos que, por el posicionamiento social o
político desde el que están escritos y a pesar de su indudable
calidad, no habrían encontrado de otro modo un hueco digno en un
“mercado” editorial cada vez más claramente reducido a la
categoría de negocio. Así, la actividad de Hiru nos
permite leer una buena cantidad de obras que, de otro modo, no
serían accesibles en castellano. Este es, quizá más que nunca,
el caso de la obra de Weiss publicada con un pequeño pero jugoso
prólogo de Alfonso Sastre: un total de 1085 páginas que
recogen en un sólo volumen los tres tomos de La estética
de la resistencia , la obra en la que Peter Weiss
trabajó los últimos años de su vida, que fue originariamente
publicada entre 1975 y 1981, y que constituye sin lugar a dudas
una de las mejores novelas alemanas del siglo XX o, si se quiere
cambiar el lugar de la mirada, una de las mejores novelas
generadas desde la resistencia a la dominación: resistencia
al fascismo y también a la idiotización ideológica.
Peter Weiss es fundamentalmente conocido como autor teatral
y, en ese ámbito, cualquiera lector-espectador recuerda sus
obras como textos en los que la forma dramática se construye
para mostrar, de manera casi “documental”, la determinación
social y política de ámbitos de la realidad que la ideología al
uso suele presentar como simples asuntos “humanos”: el impulso
revolucionario frente al dejarse llevar por las circunstancias
(el Marat-Sade o el Hölderlin), la violencia intrínseca de una
forma de dominio social que conduce a los campos de
concentración (La indagación), la epopeya de los movimientos de
descolonización (el Canto del fantoche lusitano), o la total
deshumanización de las sociedades organizadas y burocratizadas
de nuestro siglo (El nuevo proceso).
La estética de la resistencia es también, como las demás
obras de Weiss, un texto construido desde la militancia o, por
decirlo de forma más dulce, desde la toma de postura:
posicionamiento político y, al menos en la misma medida,
estético. Tanto la temática como la perspectiva en que es
abordada, tanto la elección del objeto como la forma en que es
construido su relato, así, son en esta novela otros tantos
elementos de un proceso que viene a romper con la supuesta
transparencia y naturalidad de la obra literaria, que viene a
afirmar el carácter eminentemente constructor de sentidos y
forjador de modos de la mirada que la práctica de la escritura
comporta necesariamente, que viene, en fin, a construir una
literatura explícitamente política. Una literatura
explícitamente política y, aún siéndolo (o quizá por serlo,
precisamente), con una fuerza dramática impresionante: es esa
una de las grandezas de Weiss, haber sabido integrar la
investigación sobre las formas narrativas más pegadas a la
realidad y, por tanto, menos “fantasiosas”, con un cuidado
extremo por los efectos literarios generados; haber sabido
escapar, dicho de otro modo, de los moldes propios de una
literatura de la subjetividad y de la sentimentalidad, sin por
ello olvidar la importancia de los efectos de reconocimiento
subjetivo- ideológico o los efectos emotivos que pueden inducir
el posicionamiento ante una realidad que puede y debe ser
cambiada. El principal personaje de la obra (una especie de
alter-ego del propio Weiss), se pregunta en una ocasión, “si
pudiésemos llegar a captar algo de la realidad política en la
que vivíamos, cómo se podría trasladar este material diluido y
escaso...a una imagen escrita con la aspiración de continuidad”:
y esa es la clave para entender el sentido de la obra; ¿cómo
construir una literatura del proletariado, un arte de los
oprimidos, una estética de la resistencia? ¿cómo escribir sobre
la experiencia revolucionaria, sin traicionarla al atenerse a
las formas narrativas heredadas de la burguesía? Esa es la
cuestión que Weiss se plantea y, como en sus obras teatrales, la
que resuelve con una inhabitual destreza que aúna la
proliferación de datos y la atención a los efectos “emocionales”
de su “montaje literario”.
Pero si La estética de la resistencia es toda una lección
formal (el propio Sastre, en el prefacio a la obra, se pregunta
si estamos ante una “novela”, un “ensayo”, una “nivola” o una
“ensayela”, sin decidirse a dar a la cosa su nombre: práctica
revolucionaria en/de la escritura), es también una lección de
memoria histórica y de compromiso político: en sus páginas se
narra la peripecia de unos personajes a través de los cuales (en
sus preocupaciones y en sus seguridades, en sus acciones y en
sus omisiones) se despliega la historia de todo el movimiento
obrero en nuestro siglo y de la inconclusa aspiración a una vida
digna (una “sociedad libre de hombres libres”, tal el
comunismo), en un movimiento que, en el recuerdo de la
Comuna y de la revolución de octubre, recorre los
enfrentamientos entre socialdemócratas y comunistas, y las
distintas perspectivas que adoptan ante la revolución y que
tienen su punto culminante en el asesinato de los líderes
espartaquistas, que se adentra en las tensiones por lograr (sin
conseguirla más que parcialmente) una política de “frente común”
frente al capital y, en la década de los 30, frente al fascismo,
que recorre la revolución española, la derrota, la guerra contra
los nazis..., y que lo hace, además, con un rigor del que
podrían aprender algunos historiadores al uso.
La
gran novela de Weiss, la que escribió durante su última década
de vida, la que terminó un año antes de su muerte, la que
alternó con gestos inequívocos de libertad frente al aparato de
dominio político e ideológico de los que se llamaron “países
socialistas”, cuya redacción coincidió además con obras de tanto
calado crítico como El nuevo proceso, es, así, un archivo
para la memoria tanto como una proclama contra el conformismo.
Peter Weiss en estado puro.
Estética de la Resistencia. Hondarribia, Hiru, 1999 (1.085
páginas)
El
sumario
Peter Weiss
(fragmento)
" Juez:
¡Acusado Stark! ¿Por cuántas personas estaban formados los
grupos que llevaba usted a la muerte?
Acusado 12: Alrededor de 150 a 200 personas.
Juez: ¿Había entre ellos mujeres y niños?
Acusado 12: Sí. Detenían a clanes completos.
Juez: ¿Nunca le asaltaron dudas sobre la culpabilidad de
esas mujeres y de esos niños?
Acusado 12: Se nos había dicho que participaban en el
envenenamiento de las aguas, en la voladura de los puentes y en
otros actos de sabotaje.
Fiscal: ¿Qué razón se les dio para el fusilamiento de los
prisioneros de guerra?
Acusado 12: Se trataba de aniquilar una ideología. Con su
fanática actitud política, estos prisioneros amenazaban la
seguridad del campo de concentración.
Fiscal: ¿No se negó usted nunca a tomar parte en los
fusilamientos?
Acusado 12: Era una orden. Tenía que actuar como soldado.
Juez: ¡Acusado Stark! Cuando usted realizó sus estudios
¿no le asaltó nunca duda alguna sobre este tipo de actos?
Acusado 12: Señor Presidente, quiero aclararlo de una vez
por todas: Ya desde la escuela elemental una de cada tres
palabras que se nos decía, hablaba de que ellos tenían la culpa
de todo y de que debían ser eliminados. Se nos inculcó
repetidamente que esto era lo mejor para nuestra nación. En la
Escuela de Oficiales aprendimos, ante todo, a aceptarlo todo en
silencio. Cuando, a pesar de todo, alguien preguntaba algo, se
le decía: «Todo lo que se hace está dentro de la ley». De nada
nos sirve, pues, que las leyes hayan cambiado. Se nos dijo:
«Tenéis que aprender; la escuela es más importante que el pan de
cada día». Señor Presidente, nos impedían pensar; otros lo
hacían por nosotros. (Risa del acusado a modo de confirmación de
lo dicho). "