Diariosur 10 de Octubre de 2009
Esta novela es una clara continuación de las anteriores en las que narró su difícil infancia en el barrio de Lavapiés, su experiencia en la guerra de Marruecos y los sucesos de la Guerra Civil, en la que fue jefe de censura del bando republicano, lo que le permitió relacionarse con escritores como Hemingway y Dos Passos. Novelas autobiográficas, novelas realistas, intensas, novelas de calidad indiscutible.
Barea se exilió en Londres y no es extraño que Antolín Moreno, otro exiliado, regrese a Madrid en septiembre de 1949 desde la capital británica con pasaporte inglés, nacionalidad a la que se ha acogido. Barea es un escritor que se debe incluir en los que consideran una novela como el espejo que recorre el camino, el espejo de Saint-Real que, por error, se atribuye a Standhal. Nos encontramos ante la tradicional teoría del reflejo mimético. Existe una realidad que se puede contar, que está fuera del narrador y este debe adecuar su lenguaje a los hechos que desea presentar a sus lectores de la manera más próxima, más cercana, más sencilla. Esta es la manera más clásica de contar y Barea es un maestro.
En este tipo de novelas los valores simbólicos que puedan tener, y esta los tiene sin duda alguna, se deducen de la acción. En este caso la novela se convierte en novela de tesis, en denuncia de la dictadura franquista, en canto a la libertad desde una posición de equilibrio y de clara opción por los valores democráticos que Inglaterra representa, mucho más después de la Guerra Mundial en la que las libertades se vieron amenazadas por los fascismos. Es coherente que Barea, como lo hizo Galdós y Clarín; o, por mejor decir, como lo han hecho todos los escritores de manera explícita o implícita, utilice la novela para presentar su visión de la política. Lo hace y con arte verdadero, que es lo importante. Todo texto es una propuesta abierta pero debe ser una propuesta artística.
El protagonista vuelve a España, a Madrid, en años de miseria y estraperlo, en años de corrupción y picaresca, en años de represión y de olor a sotanas y a sacristía, años en los que los vencedores afianzan su poder omnímodo construido desde el terror y la arbitrariedad. Barea explora los territorios fronterizos, aquellos en los que se mueve la mayoría de las gentes. ¿A qué viene Antolín? A ajustar cuentas con el pasado, con su mujer y sus tres hijos, no los ve hace años, les ha mandado algo de dinero pero ha preferido rehacer su vida con otra mujer, con otro trabajo y en otro lugar. También, y es lo más importante, vuelve para ajustar cuentas consigo mismo.
Con su habilidad acostumbrada Barea transmite la radiografía de un barrio humilde, de unas casas de habitaciones mal iluminadas, casi corralones, paredes que son papel de fumar, chismes, odios, todo envuelto en hambre y en sudor descompuesto. La familia de Antolín conoció tiempos mejores y mira con superioridad sin dineros a sus vecinos.
Los personajes
La madre, Luisa, amargada, resentida, se ha refugiado en el mundo espiritista y cree que una hija que se le murió le habla en las sesiones que un viejo inofensivo, honrado y muy pobre organiza en su cuartucho. El viejo sólo tienes tres tesoros: recortes de periódicos y viejos libros, una bombilla roja para crear el clima adecuado y una joven guapa, práctica y libre que es su médium. Amelia, la hija, es una histérica en manos de las monjas y de su confesor, vive recluida, imagina éxtasis, siempre dice que está enferma, una fanática que tiene un objetivo, meterse monja; un inconveniente, no tiene dinero para la dote, bueno, no tiene ni para comer.
Los dos hijos son opuestos, Juan, obrero y comunista; Pedro, chulo, bajo capa de falangista, un vividor que bordeó el mundo de la droga y que, tras morir su mentor, desea entrar en el negocio de verdad, no como correo. Antolín se presentará a los ojos de ellos como un mirlo blanco que debe resolver todos los problemas, los económicos, los emocionales, que debe dar felicidad, básicamente en forma de billetes de banco, a todos los deseos, a las aspiraciones de una familia, ¿familia?, insaciable.
La miseria moral es consecuencia de la dictadura política según la lógica que establece la narración. El final es trágico y esperanzado al mismo, entretanto, la convivencia es un infierno, lo era antes pero la presencia del padre y el afán por conquistar su voluntad aumenta los enfrentamientos que llegan hasta la delación de Pedro. La represión afecta a todos. La represión llega al asesinato. El protagonista mantiene en todo momento una dignidad que es la mejor moraleja de un texto excelente.
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